AVISO PARA LECTORES: Esto es un blog de desahogo personal y en ningún caso las opiniones aquí vertidas se corresponden con la postura oficial del Vaticano. Leónidas Kowalski de Arimatea es un personaje ficticio, y los gatos que escriben sus textos no comparten necesariamente su comida. Los autores no tienen nada contra las mujeres, y por lo que a ellos respecta pueden seguir constituyendo asociaciones feministas para dar pena y mendigar subvenciones.

miércoles, 28 de febrero de 2007

Esas señoritas

(Entrada publicada originalmente en Spaces, el 7 de Octubre de 2006).


Las he conocido guapas y feas, flacas y gordas, jóvenes y entradas en años. Las he conocido en ejercicio y retiradas. Fuera y dentro de los prostíbulos.

Las odio y me asquean.

Normalmente también hago que me odien si tengo la oportunidad.

Ninguna me ha dado lo que en ellas quise buscar alguna vez. Lo entiendo, no están para eso.

Olvídense de una vez de esa idea romántica o poética que algunos se empeñan en ver en las putas. Las putas son lo que son y no pueden ser otra cosa.

Las putas son, simplemente, mujeres que se alquilan e incluso se venden. Mercancía. Y no me vengan con el rollo de que lo hacen contra su voluntad, las mafias, las pobrecillas no tienen otra salida y demás tonterías. No. A lo mejor eso pasa por ahí, en lugares lejanos de nuestro aséptico e hipócrita mundo rico. Lo que aquí pasa es bien distinto, y es lo siguiente:

- Una chica de 21 años, limpiando escaleras, ocho horas diarias: 700 € mensuales.

- Una chica de 21 años, cuerpazo, tetas prietas, grandes, bien puestas, abriéndose de piernas durante cinco o seis horas diarias: 3600 € mensuales, no declarables, limpios. (Datos de 1997. Fuente: una brasileña cuyo nombre no recuerdo).

Eso es lo que pasa, y no hay más historia. La puta quiere un par de zapatos de 300 € y para eso pone el coño, no le importa. Y me parece muy bien. Lo que no me parece tan bien es que luego me salgan con la tontería de "ay, pobrecillas, qué mal lo pasan...", y otras sandeces.

No sé ustedes, pero yo no me podría permitir un chalet con una amplia parcela de terreno, un pony, y el mantenimiento del chalet y del puñetero pony. Pues ahí va otro caso real, intento recrear lo que queda en mi memoria del discurso de una de estas profesionales, esta vez gaditana:

"Mi hijo tiene seis años y le he dejado claro que su madre es puta. En su cumpleaños quiso un pony, pues yo le he regalado un pony. Ahora sus amigos vienen a nuestro chalet a jugar con el pony. Mi hijo me ha dicho que sus amigos le preguntan cómo tenemos tanto dinero, y yo le he dicho que les responda: `Esto lo gana mi madre con el coño´".

Recuerden que el pequeño hijo de puta tiene sólo seis años. Muy bien, campeona. A eso se le llama educación progresista. Como se entere Zapatero la hace ministra.

Pero es que encima suelen tratar al cliente con desprecio, como si de un ser inferior se tratara. Junto con los funcionarios y los empleados de banca debe de ser la única profesión que maltrata a quien le paga. No todas, por supuesto, que también en esto hay buenas y malas profesionales, pero vamos, que ocurre, y mucho.

Una puta, no lo olvidemos, es alguien sin escrúpulos, que folla por dinero. Y si folla por 40 € ... ¿qué no haría por mil? ¿O por diez mil? Una puta igual nos la chupa que nos apuñala, todo depende de cuánto dinero haya por medio y de quién lo pague. Yo lo tengo claro, si alguna vez quisiera pagar a alguien para que me ventile a un enemigo incómodo recurriría a una puta. Puede que no lo haga bien, por eso de no ser el artículo que trabaja habitualmente, pero seguro que me va a salir más barata que un sicario.

Luego están las otras, las que no se declaran profesionales del sexo, pero que a su manera también viven de ello. Son las putas amateurs, las hay más de lo que creemos, y en muchas ocasiones bajo una apariencia muy respetable, pero eso es otra historia que da juego para otra entrada y ahora no me apetece.

Pues eso, que me da la risa floja cuando alguien me sale con la tontunita de que las putas son unas pobres desgraciadas.

Menudas hijas de puta están hechas.



(
Otro punto de vista, demasiado políticamente correcto y poco comprometido para mi gusto).




Hay que joderse (y III)

Última parte del cuento "Hay que joderse", correspondiente a dos entradas publicadas originalmente en Spaces los días 5 y 6 de Octubre de 2006).

Ahora recuerdo que antes de la ducha dejé el reloj sobre la repisa de cristal que hay bajo el espejo del lavabo, junto con la espuma de afeitar, la loción para después del afeitado, el cepillo dental, el gel fijador, y el libro que siempre tengo ahí para esos tiempos muertos en el váter. Siempre tengo ahí un libro, pero no siempre el mismo, entiéndase. Ahora se trata de La Carta Esférica, del ínclito Pérez-Reverte. Acabo d eempezarlo y posiblemente -muy probablemente, me temo- ya nunca sepa si Tánger encuentra el pecio o si consigue tirársela Coy. Bien, he dejado el reloj boca abajo, y dado que los relojes no tienen boca será preciso aclarar esto; la pantalla descansa en toda su superficie sobre la repisa, y digo pantalla en lugar de esfera porque se trata de un Casio con pantalla de cristal líquido, y basta ya de explicaciones, que parece que hablo para oligofrénicos. Si hubiese sabido que iba a palmar y que posteriormente iba a tener curiosidad por conocer la hora lo hubiera dejado en otra posición, aunque... ¡Sí, funciona! Puedo ver la hora desde debajo de la repisa gracias a que ésta es de cristal transparente. Empieza a gustarme esto de ser ente incorpóreo, espíritu puro, vaporoso espectro o simple fastasmón. ¡Coño, las diez y diez! Tal vez Virginia ya se haya marchado, una chica como ella no tiene por qué tolerar ni un solo segundo de retraso, o quizá siga esperando. Pues que espere, que espere una eternidad. Ja ja, qué cachondo me he vuelto desde que me he muerto, oye.

Oigo música que me llega del otro lado de pared. Se trata de una radio a todo volumen. Creo que es del vecino del tercero B. Ahora se oye la voz del locutor:

- Con vosotros y hasta las tres de la madrugada, vuestro amigo Pepe Rodrigo. ¡Es la noche del sábado y quiero ver movimiento en esos cuerpos!

Pepe, macho, pues a mí se me pasó el momento de mover el body, es que, ¿sabes?, te vas a reír, tío, pero me parece que estoy muerto.

Intento desplazarme, salir del baño, pero no hay manera, o al menos yo no la encuentro. Puedo ver mi cuerpo y todo cuanto lo rodea, puedo acercarme y distinguir sus más nimios detalles, pero no puedo salir del baño. Ignoro si es porque estoy retenido a mi cuerpo con una especie de límite del cual no me puedo alejar o si es por la barrera física que constituyen las puertas y las paredes, aunque esto último no cuadra muy bien con la idea que todos nos hacemos sobre los espíritus. A ver si voy a tener la mala suerte de ser un fantasma defectuoso. Igual es sólo que soy un novato, un fantasmilla recluta, un ánima inexperta.

Debo reconocer que esto confirma esas teorías sobre vidas ulteriores y tal, y me pregunto si también será cierta la existencia de Dios. Yo no noto presencia divina ni nada que se le parezca, ni siquiera oigo el tintineo de las llaves de San Pedro. Tal vez esa gente no quiere nada conmigo porque siempre he sido un impío sin ánimos de redención. ¿Y si estoy condenado por mis pecados a vivir -bueno, vivir... vosotros me entendéis- por siempre jamás aquí encerrado, viendo cómo mi cuerpo se descompone? Pues vaya plan, menos mal que en este limbo o lo que sea donde me hallo no hay sentido del olfato. Parece que eso del olfato es cosa de mortales. El olfato, qué curioso. Continuamente recibimos estímulos olfativos, ya sean exquisitos aromas o insoportables pestilencias, y acaba ese sentido embotado, hasta el punto de que ahora, perdido ya definitivamente el olfato, todo parece más limpio, más puro, como recién creado. Anosmia se llama eso, carencia del olfato. Ahora soy anósmico, debo acordarme de ponerlo en mis tarjetas de visita.

¿Qué hago yo ahora, encerrado en un cuarto de baño, mientras mi amada languidece -juas, siempre quise decir eso de "mi amada languidece"- tomando zumo de piña? Me la puedo imaginar, con una ropa insinuante pero no demasiado atrevida, no fuera yo a pensar mal de ella, criaturica. Seguro que también lleva ropa interior especial, porque aunque no tuviera intención de entregárseme esta noche ya sabemos todos lo que pasa con las citas amorosas, que se sabe cómo empiezan, pero nunca cómo acaban y más vale ir prevenido.

Más tarde o más temprano alguien me echará de menos. Creo que quien antes notará mi ausencia será mi jefe en el trabajo, el Lunes. Tras dos o tres días sin aparecer y sin responderle a las llamadas se pondrá en contacto con mis padres, y ellos le dirán que no tienen la menor idea de mi paradero pero que eso es normal porque me paso semanas sin visitarlos ni llamarlos. Sin embargo esa llamada de mi jefe pondrá en alerta a mis padres, que al día siguiente llamarán a mi trabajo para averiguar si he aparecido. Allí les dirán que no saben nada de su hijo, pero que si tienen noticias de él le comuniquen que está despedido. Esto me jodería mucho, no por mí, que estando ya muerto le pueden dar mucho por saco al trabajo, sino por mis padres, que se iban a llevar un disgusto de no te menees, claro que peor va a ser el disgusto cuando descubran que he cascado.

Esto de morirse no pasa todos los días, de hecho sólo pasa una vez en la vida. Me pregunto cómo se destapará el pastel. Imagino que mi padre acabará forzando la puerta de mi casa y será él quien se tope con mi cuerpo en descomposición, cubierto de moscas y expulsando pestilentes fluidos por todos mis orificios corporales. Joder, vaya panorama, la verdad es que no me gustaría estar en su lugar.

Y... ¿esto qué coño es? ¿Qué me está pasando? Vuelo, atravieso el techo, paso por la casa de los vecinos de arriba -ea, la señora en bolas, le llegan las tetas al ombligo... sabía que usaba wonderbra- sigo ascendiendo a una velocidad de vértigo, una fuerza tremenda me absorbe, veo enpequeñecerse los edificios, sigo ascendiendo, nubes, carajo, estoy atravesando nubes... ¿A qué huelen las nubes? Ni puta idea, recordemos que soy anósmico. Hay que parar esto como sea o me salgo del mundo, coño. A ver, concentración...

Sí... la velocidad de ascensión disminuye, ya casi estoy parado, vale, me detengo, ¿y ahora qué? Creo que puedo desplazarme a voluntad, veamos...

Ajá, pues sí, en cualquier dirección y a la velocidad que me plazca con sólo desearlo. Ya le voy cogiendo el truco a esto de ser fantasma. Algunos compañeros me decían en el trabajo que yo soy muy fantasma, tengo que hacerles una visita para darles la razón, vaya que sí. Se van a cagar. Pero antes, tengo otro destino: una encantadora dama me espera en La Almendra Amarga, vamos allá.

¡Ay, mi niña, qué linda! Aún me está esperando. El enorme reloj de pared de la cafetería marca las diez y veintidós minutos. Pobre Virginia, ahí indefensa en la barra, junto a un camionero sucio y sudoroso que devora una hamburguesa mientras la mostaza le chorrea por la barbilla, y la pobre sigue esperando.

Virginia está preciosa. Esa melena rubia y rizada parece más rubia que nunca, y vaya escote que luce hoy la niña... joder, ésta pedía guerra hoy, sin duda. ¿Y esos vaqueros ajustadísimos? Buaf, pantalones para sordomudos, de los que permiten leer los labios. ¿Cómo podría ponerme en contacto con ella? Mira al tipo de la hamburguesa, creo que tiene intención de hablarle...

- Perdona. Me llamo Virginia. Me acaban de dar plantón. Yo tengo muy claro que hoy no vuelvo virgen a mi casa. ¿Te gustaría echarme un puen polvo?

Al tipo se le cae la hamburguesa al suelo.

Hay que joderse.


Hay que joderse (II)

(Segunda parte del cuento "Hay que joderse", correspondiente a la entrada publicada en Spaces el 4 de Octubre de 2006).

Me coloqué de espaldas a la barra, mirando de frente a la mesa donde tomaban posiciones ella y sus amigas, a escasos metros de mí, y descubrí con sorpresa que todas me miraban, cuchicheaban entre sí y se reían, ya sabéis, en plan "oy, chica, qué guapo es, jiji, nos está mirando, jeje, lo que yo le haría si él se dejara, juju", y todo eso. En un caso como este lo normal en mí es mirar hacia otro lado y acabar dándoles la espalda por pura vergüenza, pero aquella vez no, aquella vez me dije: Pedrito, macho, has triunfado, aquí hay tomate, hoy o nunca.

Me concentré en evitar el temblor de manos que amenazaba con derramar el refresco de cola, de una cola cualquiera, ahora sí que no es momento de preguntarnos la marca, y puse esa sonrisa de "¿Habéis visto qué tímido y majete soy?" Y fuen entonces cuando ella -¡Ella!- se levantó y vino directa hacia mí, muy seria y mirándome fijamente a los ojos. ¡Gracias, Señor, gracias, Dios mío, por existir, por estar ahí y permitir que estas cosas pasen, y sobre todo... gracias por permitir que me pasen a mí!

Llegó hasta mí, se detuvo a cosa de medio metro, clavándome sus ojos verdes que no eran, no podían ser, de este mundo. El local se iluminó con una intensa luz cuando ella empezó a sonreír. Y me habló:

- Perdona, creo que alguien debería decírtelo y no me importa ser yo quien lo haga: llevas la bragueta abierta.

Toma, Geroma, pastillas de goma. Pues no me esperaba yo algo así, de verdad que no. Eso explicaba algo acerca de las risitas y las miraditas, claro. Supongo que por un momento mi sonrisa quedó congelada en un rictus de terror, pero seguro que fue sólo una fracción de segundo. Rápidamente tomé las riendas de esa caballo cabrón que se me desbocaba en los morros cuando ya lo creía domado. No me miré la bragueta como me pedía a gritos mi sentido del ridículo, sino que me quedé tan pancho, ampliando mi sonrisa de oreja a oreja, en parte por chulería, en parte por la dignidad del que se sabe vencido y hace como que no le importa, y sobre todo, porque me atenía a la posibilidad de que todo fuera una broma, una manera como otra de entablar conversación conmigo, aunque si era esto último, por Lucifer que era rebuscada la criatura. En cualquier caso me limité a decir sin descomponer ese gesto de aquí no pasa nada:

- Me gusta ventilarme, y da gracias de que hoy lleve ropa interior. Te invito a una copa.

Ella seguía sonriéndome, llevó su mirada a mi entrepierna, se inclinó levemente y... ¡pues era cierto, amigos y vecinos; con sus propias manitas me subió la cremallera! Acto seguido, ya mirándome a la cara y sin sonreír, me dijo:

- Un zumo de piña. Me llamo Virginia.

Lo que pasó a continuación os lo podéis figurar. Confesiones. Que si estoy enamorado de ti, que si ya será menos. Que si vámonos a un sitio más tranquilo y te lo demuestro, que si no vayas tan rápido. Que si me tienes seis meses loquito detrás de ti, que si ya me he dado cuenta. Que si podemos quedar el sábado, que si me lo pensaré. Que si tal y que si cual.

Total, que nos citamos para el sábado, a las diez, en la cafetería cercana a su casa, La Almendra Amarga se llama, y puede ser por eso por lo que nadie pide allí tapas de almendras. Pues sí, a las diez habíamos quedado, y media hora antes yo voy y me desnuco al resbalarme saliendo de la bañera. El destino, qué cosas tiene ese bufón insensato.


(Si alguien afirma en los comentarios que ha visto a
Íker Jiménez chupándosela a J.J. Benítez sigo con la siguiente entrega)

Hay que joderse (I)

(Primera parte del cuento "Hay que joderse", correspondiente a dos entradas publicadas originalmente en Spaces los días 2 y 3 de Octubre de 2006).


Estoy muerto. Ya no me cabe duda.

Al principio albergué esperanzas de que no fuera así, de que esa extraña sensación de evanescencia fuese falsa, de que esa existencia extracorpórea sólo fuera fruto del sueño o de la inconsciencia provocada por una caída que recuerdo vagamente o, quizás, por una borrachera. Pero ahora ya no, ahora sé que he muerto, sé que ha sido de la manera más tonta y tradicional (si es que hay tradiciones para esto del morirse), y también sé que -hay que ver qué cosas- no me importa.

Muerto. Difunto. Fallecido. Fenecido. Kaput. Caca de la vaca. Finado. Mierda en pote. Escogorciao del todo. Al carajo para siempre.

Tras caerme (ahora ya sé que me caí) no veía, ni sentía, no oía, pero pensaba, o al menos conservaba cierta conciencia de mí mismo. Después de un rato -¿rato, pasa el tiempo aquí?- he comenzado a ver y me llegan, tenues, ruidos de la calle. Sin embargo no siento mi cuerpo, aunque puedo verlo en el suelo del baño, húmedo aún, en una postura imposible con algo de escultura abstracta. Lo veo desde fuera , desde diferentes distancias y perspectivas con sólo desearlo. Yace mi cuerpo exánime de espaldas, me concentro en respirar pero veo que el pecho se mantiene inmóvil. Es como si mirando a otra persona pretendiera que ésta obedezca mis impulsos de moverme, respirar o sonreír.

Me llamo (llamaba) Pedro Poveda. Tengo (tenía) 26 años y vivo (vivía) solo en un piso de alquiler. Soy (era) estafador de seguros. Perdón, vendedor.

Recuerdo que había quedado con Virginia, a las diez en una cafetería cercana a su casa. Hasta las nueve había estado en la cama con Laura, en la cama de sus padres, aprovechando que se habían ido a pasar el fin de semana con Nosequién a Nosedónde.

- Bueno, el cabroncete ya ha follado, ya está a gusto, y ahora se va a su casa, y aquí me quedo yo, tirada como una colilla -. Me dijo Laura con bastante mala leche cuando vio que me levantaba, me encendía un cigarrillo y empezaba a vestirme.

Podría haberle dicho que había quedado con otra, que sólo tenía una hora y que aún debía pasar por casa y darme una buena ducha para que la otra no percibiera olor a sexo reciente, es decir, podría haberle dicho la verdad, pero no se lo habría creído, porque Laura piensa que como es rica y está rica es el único coño en el mundo. Yo pienso que lo que Laura necesita es un buen par de hostias, plas plas, una detrás de otra y sin explicación mediante. Finalmente la miré y le dije:

- Has tenido tres orgasmos y yo sólo uno, así que no te quejes, guarra.

Tampoco merecía la pena inventar una excusa, los dos sabíamos que al cabo de tres o cuatro días me llamaría diciéndome algo así como "pues nada, Pedrito, que mis padres se han marchado a cenar con unos amigos y llegarán tarde, y digo yo que a lo mejor te apetece venir a mi casa para ver una peli porno conmigo", más o menos sería así, si la conozco como si la hubiera parido.

Virginia es otra historia. Es esa chica de belleza tan intensa que hace daño mirarla, tímida y misteriosa como guardiana de un secreto demasiado abrumador para ser conocido por los hombres. Seis meses anduve tras ella, sin intercambiar una sola palabra, nada más que miradas fugaces entre el gentío que abarrotaba los pubs que ambos frecuentábamos; ella sabrá por qué y yo porque los frecuentaba ella.

Seis meses sin atreverme a hablarle. Seis meses viéndola con un mismo grupo de amigas, a veces con personajes masculinos entre ellas, hombres que me ponían ciego de celos, a pesar de ser obvio que ella los mantenía a raya con elegantes dosis de frialdad, con exquisito distanciamiento...

En otras ocasiones aparecían hombres ajenos a su grupo que intentaban abordarla con las formas típicas de acercamiento, ya se sabe, que si tu cara me suena -cómo no te va a sonar, si quien la ve una vez no podrá olvidarla, so gilipollas-, que si tienes fuego -así te den fuego en la cara con un lanzallamas, tontolhaba- que si eres de por aquí, que si esos ojos tan bonitos son tuyos de verdad, que si patatín y que si patatán.Y yo siempre, durante aquellos largos meses, merodeando cerca, a veces oyendo sus respuestas: que si estoy en una conversación privada no molestes, que si sé educado y márchate, que si estoy hartita de moscones, y cosas por el estilo. Jamás la vi seguirle el juego a nadie.

De vez en cuando sus amigas la miraban con dos palmos de narices, como diciéndole "oye, guapa, que a ti te sobrarán los pretendientes o serás lesbiana, pero las demás queremos pillar cacho, hijalagranputa", y entonces ella agachaba la cabeza y miraba al suelo avergonzada, y a mí me daban ganas de ir hasta ella, levantarle la barbilla y decirle que no, que no se avergüence, que no haga caso, que no lo lamente, que siga así, que me despida también a mí si quiere, pero que por favor mantenga alta la cabeza. Oportuno sería decir aquí que ese gesto humilde de dirigir la mirada al suelo, como pidiendo perdón a las brujas de sus amigas por acaparar la atención masculina, no es nada usual entre mujeres de bandera, que gustan de dejar bien patente a las demás su superioridad, de igual manera que el macho de la especie humana gusta de demostrar a los demás que sus músculos son más desarrollados, pero ya he dicho que Virginia es otra historia.

Y, por fin, ocurrió. Hace dos noches ella tomó la iniciativa, y teniendo en cuenta cómo empezó la cosa se puede decir que mantuve el tipo bastante bien.

Yo acababa de ir al servicio, al meódromo, vamos, que eso de ir al servicio suena más bien a obligación castrense. Volví de hacer pipí y me acodé en la barra, esperando la entrada de Virginia en el local donde solía aparecer primero, temprano aún. Allí me esperaba mi refresco de cola, una cola cualquiera, no es éste momento de hacer propaganda, y también andaban por allí las tetas de la camarera embutidas en una ajustada camiseta Nike. Mientras esperaba la aparición de mi adorada y por entonces desconocida Virginia me entretuve echando rápidas miradas a la camarera, que tenía mucho que mirar y aproximadamente lo mismo que tocar, esto último fuera de mi alcance, para pena y congoja de la camarera. Ella limpiaba vasos y miraba constantemente su reloj Seiko, se conoce que ansiaba la hora del cambio de turno, probablemente para reunirse con su novio, el cual vendría a recogerla en una motocicleta Honda o Kawasaky, porque los novios de las camareras tienen indefectiblemente una motocicleta Honda o una motocicleta Kawasaky, eso mientras son novios, pues cuando se casan venden la moto a un estudiante de Ciencias Políticas y se compran un turismo, marca Seat en siete de cada diez casos, y en el ochenta por ciento de los casos el estudiante de Ciencias Políticas se mata estrellándose con la moto dentro de los tres primeros meses, lo que por cierto salva al mundo de mayores desgracias, al menos así lo demuestran diversos estudios científicos. Pero estoy divagando, volvamos al refresco de cola.

Siempre lo pido sin la rodajita de limón, no vaya alguien a pensarse que soy marica, bebiendo a esas horas una Coca-Cola, ay, coño... se me ha escapado. Bueno, a lo mejor era una Pepsi. En cualquier caso, estaba dando un trago a mi refresco cuando la vi entrar y casi me atraganto. A esa hora no había mucha gente en el local, así que pensé que sería un buen momento para hacerme notar, y vaya que si me hice notar... Me hice notar muchísimo.


(Estoy harto de teclear a dos dedos. En otro momento continúo)


martes, 27 de febrero de 2007

La niña educada


Cachis la mar salá, así que era eso. Lo mío me ha costado resolver el misterio, pero al fin lo conseguí.

Resulta que tengo una vecina de unos once años que me habla de usted y pronuncia insólitas palabras como "gracias", "por favor", "buenos días" y cosas así. Esta niña es rara, algo le pasa en la boca, pensaba yo.

Decidí investigar, y como primera pesquisa introduje en Google "niña educada en España". El ordenador empezó a hacer unos ruidos muy feos y a echar humo, al cabo de unos segundos fui dirigido a una página del Ministerio de Cultura y de Culturo que me advertía que, en caso de persistir en mi osadía, recibiría en breve una amable visita de los de Delitos Informáticos, por reaccionario y por tocar las pelotas. Y los ovarios, no olvidemos el importante matiz paritario.

Abandonada esa vía de investigación opté por contratar un detective. "Detectives McCallahan. Husmeamos en el cubo de la basura y perseguimos a su señora hasta pillarla poniéndole esa hermosa cornamenta que usted luce con tanto estilo", rezaba el anuncio que vi en el periódico.

- Señores, ¿investigan también extraños casos de niñas educadas?

- ¿Niñas poseídas, dice? Claro, asesorados por Íker Jiménez y...

- Que no, que no, que a mí eso no me interesa. Niñas educadas. EDUCADAS.

- ¿Educadas? JAJAJAJAJA..., ya, y nosotros somos los Reyes Magos, mwajajaja...

Abandonada también esta posibilidad de obtener información me limité a partir de ese momento a observar a la niña. Solemos coincidir en el ascensor por las mañanas, yo disfrazado de Rambo y ella con su mochilita. Guapa, seria, alta para su edad, y tan refinadamente educada como siempre. La hija que cualquiera quisiera tener. Pero no averigüé nada más. Hasta que un día los vecinos nos reunimos con el administrador de la comunidad. Y ahí que vi a la niña educada con su madre. Con su madre hispanoamericana. Misterio resuelto.

Eso me recordó también que muchos de los soldados de nueva hornada con los que a veces trato son sudamericanos, y mil veces más educados que los jóvenes y sinvergüenzas soldados españoles. Esto da para muchas reflexiones, pero recuerden que soy un cabeza de chorlito, así que no me pidan más.

Tiene huevos que, tras cinco siglos, estén viniendo del otro lado del charco para recordarnos la educación que les dimos y que, ay, hemos olvidado.

Ahora me van a dejar que desde esta página pida algo a mis amigos Daniel Torres,
aragonés, y a su esposa Fabiola Campos, venezolana:

Para el próximo fin de semana esperáis a vuestro primer hijo, que es niña y se llamará Claudia. Haced de Claudia otra niña educada que asombre a vuestros vecinos, por favor. Me encanta ese rollito.

domingo, 25 de febrero de 2007

Revelaciones (y IV)

(Última parte del cuento Revelaciones, correspondiente a dos entradas publicadas originalmente en Spaces los días 27 y 29 de 2006).


Cuando usted decidió que había llegado el momento de cambiar la medicación yo me mostré plenamente de acuerdo. Nada de lo anterior había funcionado, mi depresión seguía instándome al suicidio y los fogonazos perseveraban. Quizá ese nuevo medicamento, el Teratozam, podía mejorar las cosas. En otros países lo estaban usando desde hacía casi un año con pacientes depresivos y el resultado era prometedor.

Usted no sabía que yo soy diferente, y yo no me paré a pensarlo. Pero no quiero engañarlo, amigo Pablo, la verdad es que por mucho que lo hubiera meditado le hubiera dicho igualmente que sí; necesitaba probar cambios.

El primer mes con el Teratozam ha ido bien, es decir, no ha ido mal. Todo siguió igual que antes, mis dos o tres fogonazos diarios y mi débil equilibrio entre las ganas de suicidarme y el instinto de conservación. Pero al cabo de la quinta semana con el nuevo tratamiento he comenzado a tener... reacciones inesperadas, digamos.

Pablo, sigo con mis fogonazos, sigo percibiendo los recuerdos y los pensamientos de la gente, pero ahora además, gracias al Teratozam, veo el futuro. Si ahora siente ganas de reírse permita que le recuerde a su "amigo" Melgara... ¿ya ha dejado de reír, estimado doctor? Bien, prosigamos pues.

Mi primera premonición sucedió hace unos días, mientras me afeitaba. De repente dejé de ver mi magen en el espejo y vi a una niña de unos cinco años corriendo hacia mí. Tropezaba con algo, caía al suelo y una señora cuarentona llegaba corriendo tras ella, y mientras la ayudaba a levantarse le decía "te he dicho mil veces que no corras por aquí, Andrea, que pareces tonta". Unos minutos después yo caminaba por la calle y vi y oí exactamente eso, doctor.

Es diferente a los fogonazos. Las visiones del futuro me llegan sin el destello que antecede a las percepciones del pasado o los pensamientos de la gente. Y en los últimos días se están disparando, supongo que porque el efecto del Teratozam se está asentando en mi organismo. Casi todas esas premoniciones son intrascedentes, pequeños acontecimientos cotidianos a los que no les encuentro ningún significado especial, como cuando estaba tomando un café en un bar y vi que el camarero estaba a punto de quemarse con la jarra metálica de leche hirviendo.

Pero hay dos visiones que me inquietan particularmente, y ambas se repiten varias veces al día. Una es una serie de números y letras a la que empiezo a verle significado, y tiene algo que ver conmigo. La otra tiene que ver con usted y con cierta paciente suya... aunque, ¿hago bien llamándola paciente, querido Pablo?

En cualquier caso sospecho que es inútil ya para mí continuar tratamiento alguno. Lo mejor que puedo hacer es aprovechar mi tiempo, sea el que sea el que me quede, en escribir esto y contarle finalmente algo que debe usted saber.

Ponga atención, amigo Pablo, que estamos llegando al final.

Por fin ha llegado el momento de hablarle de su... ¿paciente, amiguita, amante...? ¿Cómo debo llamarla, doctor? La llamaré Niña, así es como usted la llama, cosa bastante acertada teniendo en cuenta que ella tiene diecinueve años y usted cuarenta y siete.

Niña llegó a su consulta hace dos años, y desde hace aproximadamente uno usted se acuesta con ella. Su mujer, como siempre, está en la inopia y no tiene ni idea de sus devaneos. Esto lo sé por los fogonazos que usted me transmite, pero también la enfermera Gálvez me ha transmitido alguno, y le advierto que está sospechando algo desde hace dos meses, por eso anda de uñas con usted últimamente.

No voy a ser yo, un necrófilo, quien le afee su conducta, aunque me parezca una cerdada que un psiquiatra se aproveche de la esquizofrenia de una joven y guapa paciente para descargar los huevos. Lo que yo pretendo, por la simpatía que le profeso, es comunicarle algo. Algo importante que he visto.

Niña tiene novio, como sabe usted. Lo que no sabe es que el novio de Niña es un quinqui de cuidado, un tipo que ahora anda en libertad condicional porque hace años mató a puñaladas a un joven por cierto asunto de celos. Pues bien, ese tipo los lleva siguiendo un tiempo a usted y a Niña en sus escapadas eróticas. También espía los mensajes SMS del teléfono móvil de Niña, y por ello está enterado de la cita que tienen prevista para el sábado.

Amigo Pablo, sé lo que va a pasar el sábado. Usted va a salir del cine con Niña y en la misma puerta lo estará esperando el novio de Niña. He visto una navaja y he visto cómo usted se intentaba sujetar los intestinos mientras se le deslizaban, resbaladizos, entre sus manos.

No sé si podemos evitarlo. Hasta ahora nunca he podido comprobar si mis premoniciones son evitables. Hasta ahora todas han sucedido. Pero creo que tenía que intentarlo, y cuando lea esto usted sabrá cómo obrar, o no, pero eso ya no será asunto mío, querido amigo.

En cuanto a mí... Bueno. Creo que lo mío no tiene arreglo, y tampoco es que me preocupe demasiado.

Constantemente se repite ante mí una visión muy confusa. Es una breve relación de letras y números. Las primeras veces no lograba verla completa, después ya sí. Sólo cuatro letras y cuatro números. Creo estar bastante seguro de qué significan, y del porqué de la desagradable e inquietante sensación que acompaña siempre a esa imagen.

La secuencia que veo es ésta: CA8236BL. Estoy bastante seguro de que se trata de la matrícula de un vehículo, y que de un modo u otro está relacionada con mi muerte cercana.

No me importa, la verdad.

Nada más, doctor. Cuídese, sobre todo el sábado, ya sabe.

Atentamente, su amigo y ex-paciente:

Ricardo Vázquez





Pues bien. Esto es cuanto dicen los folios de la carpeta extraviada en el accidente.

Yo quería que sólo fuera un cuento, pero el periódico ha deshecho mis esperanzas. La noticia que he leído esta mañana dice "(...) se produjo cuando un Renault Clio de color gris, matrícula CA-8236-BL, por un despiste de la conductora se pasó al carril contrario (...)".

Me llamo Jorge García Benítez, tengo una zapatería y 46 años de edad. Casado y con tres hijos. Me considero un hombre cabal, religioso pero nada fanático, y no me creo muchas de las patrañas de la Iglesia. Siempre he aborrecido las supersticiones y los rollos paranormales me dan risa.

O mejor dicho, hasta hoy me daban risa.

Es viernes. Debo ponerme urgentemente en contacto con el doctor Pablo Quiroga.

FIN

Revelaciones. (III)

(Fragmento del cuento Revelaciones correspondiente a dos entradas publicadas originalmente en Spaces los días 24 y 25 de Septiembre de 2006).

A mi familia no le hizo ninguna gracia que me convirtiera en maquillador de cadáveres, pero es un trabajo bien pagado, se me da bien, y lo más importante: los muertos no piensan ni recuerdan, así que nada de fogonazos.

En el tanatorio en el que trabajo somos varios maquilladores, pero nos turnamos de modo que en cada turno sólo está uno de nosotros. Muy raramente otro empleado del tanatorio entra a la sala de maquillaje para interrumpir mi trabajo, así que cierro la puerta con llave y me quedo a solas con el difunto. Si excepcionalmente alguien quiere entrar llama a la puerta.

No me inquieta lo más mínimo estar con un muerto, en cambio sí que me ponen nervioso los vivos. Con éstos estoy siempre en tensión, esperando un nuevo fogonazo en cualquier momento. Los muertos sólo me transmiten paz.

Me convertí en un empleado modelo. Tenía buena mano para dejar guapos a los cadáveres y como me encontraba a gusto entre ellos no me importaba doblar el turno para sustituir a un compañero que hubiera fallado. Hacía la vista gorda cuando el jefe no me pagaba las horas extras o me pagaba menos de las que realmente había echado. A veces le hacía el trabajo a compañeros como favor personal sin pedir nada a cambio. No es de extrañar que portándome así todo el mundo en el tanatorio me tuviera simpatía, a pesar de mi costumbre de evitar conversaciones o de mi negativa a reunirme con ellos fuera del trabajo para divertirnos juntos.

Era el empleado perfecto y el compañero ideal. Lo era, hasta que empecé a beber demasiado.

Descubrí que el estado de embriaguez impedía los fogonazos. Si andaba algo achispado éstos aparecían más breves y menos inteligibles, y si estaba del todo borracho sencillamente desaparecían. Así que empecé a beber, cada vez más y más, hasta que llegó el momento en que pasaba más tiempo borracho que sereno. Comprenda, doctor Quiroga, que necesitaba evadirme del tormento de los fogonazos.

Es verdad que alguna vez pude servirme de ellos para algo positivo, o al menos para algo acorde con mis intereses.

Llegué a pensar en ganar el premio de la fundación James Randi, no sé si habrá oído hablar de ello, Pablo. Randi es un veterano mago profesional que combate con saña el pensamiento mágico, las creencias paranormales, la superstición... esas cosas. Tiene un premio económico muy importante a quien le demuestre la existencia de un fenómeno paranormal, pero ocurre que mis fogonazos no son provocados a voluntad además de que tampoco me hace ilusión acabar convertido en un monstruo de feria, así que me he olvidado de eso, pero sí llegué a usar alguna vez este maldito poder para beneficio propio, y no sólo con mi chantaje al Chiri.

Una tarde salí de copas, solo como de costumbre. Me apoyé en la barra de un bar y pedí el primer whisky de la noche. A un par de metros de mí estaban dos chicas con aspecto de aburridas. Una de ellas era realmente una hermosura, una de esas mujeres que provocan accidentes de tráfico porque los conductores se despistan mirándolas. Antes de que el whisky iniciara su efecto me llegó un fogonazo sobre esa mujer, percibí claramente lo que estaba pensando en ese momento:

"Joder, joder, joder... ¡dos meses sin echar un polvo! Quién te ha visto y quién te ve, Olga. Necesito un macho ya, pero de los de verdad. Qué ganas tengo de que me den de hostias mientras me arrancan la ropa y me dan polla mientras me siguen pegando... Pfff, ya se me están mojando las bragas sólo de pensarlo, pero están amariconados todos..."

Casi me atraganto con el whisky al llegarme esa idea, pero pensé que si a ella le gustaba que le dieran unas bofetadas pues vale, podía ser divertido probarlo, además la chica bien merecía hostias y lo que me pidiera.

Bebí tres whiskys rápidamente, para asegurarme de no ser molestado por otros fogonazos en plena maniobra de ligoteo, y sólo entonces me acerqué a ellas y empecé una conversación de lo más insulsa. Poco a poco las llevé a mi terreno.

- ¿Y vuestros novios?

- Yo no tengo -. Respondió Olga.

- Yo sí, pero está trabajando -. Dijo la otra.

- Pues yo no tengo novia ni creo que la tenga. Ninguna mujer me quiere, creo que soy... no sé cómo decirlo... demasiado brusco en la cama. Y perdonad que hable de estas cosas, pero es que necesito desahogarme-. Añadí yo. El anzuelo estaba lanzado. A ver qué pasaba.

- ¿Brusco? ¿Qué quieres decir? -. Olga empezaba a interesarse.

- Jo, tío, todos los hombres sois unos animales -. Decía la tonta de la otra.

- Pues... bueno, que a mí me gusta hacerlo con un poco de violencia, ya sabéis. Un par de hostias por aquí, un empujón por allá, otro par de hostias... cosas así.

Las dos se escandilazaron mucho aparentemente. He de decir que Olguita era una gran actriz, pero cuando se tuvo que marchar se aseguró de tener mi número de teléfono, claro.

En cualquier caso, aunque cayeron algunos polvos gloriosos, mis relaciones no podían durar. Podrá imaginárselo, estimado Pablo. ¿Cómo voy a mantener una relación estable con una mujer de la que descubro sus más vergonzosos secretos? ¿Cómo voy a hacer el amor recibiendo fogonazos en los que ella fantasea con otro hombre? No, amigo Quiroga, era preferible estar solo, y borracho.

Por eso, por la combinación de alcohol y soledad, pasó lo que pasó después. Se lo voy a contar, pero por favor, ahórrese los juicios morales porque usted no tiene ni idea de lo que yo estaba pasando.

Se llamaba Marta Gamboa Núñez, y fue la primera mujer con la que realmente fui feliz haciendo el amor.

La conocí en un momento de asfixiante soledad y notable borrachera.

Era esbelta, de pelo castaño y piel blanca. Tenía una graciosa naricita chata y rasgos muy suaves y femeninos.

En cuanto la vi la deseé como nunca había deseado a ninguna otra mujer.

Tenía 26 años, me estaba esperando en mi sala de trabajo y había muerto por paro cardíaco sin motivo aparente. Intacta, joven, bella, sin recuerdos y sin pensamientos.

Muerta.

Pero deseable como ninguna en su infinita paz.

Sí, amigo Pablo, lo hice. Le hice el amor a ese cuerpo, a esa muerta, a esa mujer. Y me gustó, me gustó tanto que la considero la mujer de mi vida. Y me importa una mierda lo que pueda usted pensar de mí, doctor.

Cuando eyaculé en su interior, dejando en ella una semilla que no podría germinar, quedé largo rato abrazado a ese cuerpo frío mojando con mis lágrimas su pecho de mármol, llorando por ella y por mí. Después, cuando logré rehacerme, fui al registro del tanatorio para averiguar su nombre. Tenía que saberlo. Marta, Marta, Marta... La pobre Marta, que había perdido el pulso en la flor de la vida. La bella Marta, que tras morir me había enamorado.

Entiéndame, Pablo, yo estaba muy solo, pero anhelaba el contacto con otras personas. Mis relaciones con las mujeres estaban abocadas al fracaso por los perversos secretos que a todas les descubría, pero una muerta... una muerta era lo más parecido que yo podía tener a una amante sincera y entregada.

La maquillé con todo mi cariño, hablándole y llamándola por su nombre mientras lo hacía. Después hubo otras, no muchas, pero sí algunas. No era fácil que tuviera que trabajar con mujeres deseables. La mayoría eran ancianas y las jóvenes y apetecibles normalmente habían muerto en accidentes de tráfico que no dejaban su cuerpo en buen estado precisamente. Por otra parte estaba el tema de los transplantes, muchas eran donantes de órganos y ver esos cuerpos llenos de burdos costurones no estimulaba mi libido.

Lo cierto es que tras hacer el amor con Marta ya no he vuelto a acostarme con ninguna mujer viva. Pero yo seguí bebiendo y volviéndome cada vez más descuidado. Una vez, en pleno paroxismo etílico le pinté una cara de payaso a un difunto señor muy respetable de mi ciudad, creo que era un notorio y adinerado constructor. No le hizo ninguna gracia al director del tanatorio, claro, pero hubo tiempo de limpiarlo antes de exponerlo ante sus deudos y ya otro compañero se encargó del trabajo. A mí me dieron unas vacaciones de dos semanas, sin cobrar un duro, por supuesto, y no me despidieron porque como le he dicho antes era el empleado ideal. Claro que cada vez era menos ideal, y empecé a faltar al trabajo, unas veces por las resacas, otras veces porque estaba demasiado borracho para acordarme de ir al tanatorio.

Estaba poniendo en peligro mi trabajo y era vagamente consciente de ello, pero los fogonazos me aterraban y no quería dejar de pegarle a la botella, así que continué con mis borracheras, con mi absentismo laboral, con mis actos necrófilos, y con mis despistes. Por culpa de uno de esos despistes se me olvidó cerrar la puerta de mi sala de trabajo cierto día, y ésa es la razón por la que un compañero me descubrió follando con una muerta.

Fue todo un escándalo que afortunadamente no salió del tanatorio. Nadie quería que se enteraran los clientes, obviamente. Pero tuvo sus consecuencias para mí, supongo que positivas.

Así es como nos conocimos, doctor Quiroga. Me dejaron claro que o me ponía en tratamiento para desintoxicarme o me despedían. Recurrí a usted y tras conseguir con su ciencia y con mi voluntad dejar el alcohol nos encontramos con esa depresión de fondo contra la que llevamos años luchando sin éxito.

Pero algo ha pasado últimamente, algo que ni usted ni yo podíamos esperar que ocurriera. Por eso ya no tiene sentido que siga visitándolo, pero también por eso es necesario que usted lea esto hasta el final. Le repito que es por su bien.



(Ámenme sobre todas las cosas y yo los premiaré con la cuarta parte)

sábado, 24 de febrero de 2007

Revelaciones. (II)

(Parte del cuento Revelaciones correspondiente a las entradas publicadas en Spaces los días 22 y 23 de Septiembre de 2006).

Sólo he sido feliz durante los primeros años de mi vida, tal vez hasta los siete u ocho años. Desde entonces y hasta ahora, con 35 años, no he conocido ni un sólo día de paz. No es que cuando era niño no me pasara... lo que me pasa. Ha sido desde siempre, que yo recuerde. Pero en mi infancia no le daba ninguna importancia, pensaba que todos éramos así. Claro que a veces veía cosas que me desconcertaban, pero a un niño lo desconcierta cualquier trivialidad. El desconcierto, la sorpresa, forman parte de la niñez.

Debía de tener la edad que he mencionado, siete u ocho años, cuando empecé a sospechar que pasaba algo anormal. Recuerdo claramente que estaba en casa de mis tíos, cenando. Mi prima Paula, de catorce años y que siempre me trató protectoramente estaba sentada frente a mí, y de repente me llegó uno de esos fogonazos a los que no termino de acostumbrarme. Vi algo, algo que me inspiró una intensa curiosidad, e hice lo que hacen los niños, preguntar.

- Paula, ¿por qué te gusta restregarte entre las piernas el oso de peluche gigante que te regaló el tito?

Todo el mundo se quedó callado y con los cubiertos inmóviles. Paula me miraba muy roja con la boca abierta. Sin darme ni cuenta me dio un fortísimo bofetón, se echó a llorar y salió corriendo a su cuarto. Yo también empecé a llorar. Lo que más me sorprendió es que ninguno de los adultos hizo nada. Todos los presentes guardaron silencio y al cabo de unos segundos siguieron cenando como si nada.

Al día siguiente le conté a un amigo del colegio, Francisco, que pensaba que mis padres y mis tíos no me querían porque mi prima me había pegado y ellos no hicieron nada. Él quiso saber los detalles y le conté el episodio de la cena familiar.

- Qué raro. Será que quiere mucho al osito -. Dijo Francisco.

- ¿Y por qué me pega?

- Pues porque no le gusta que la espíes, tonto.

- ¡Pero si yo no la espío! - Protesté ofendido.

- ¿Entonces cómo sabes que tu prima hace eso con el oso de peluche?

- Pues... porque la he visto.

- ¿Ves? Entonces es que la espías.

- Que noooo. La he visto, pero de la otra manera, ya sabes.

- No, no sé. ¿De qué manera? ¿En una película?

- Que no, idiota. De esa otra manera. Como cuando te veo a ti que tiras la leche por el fregadero para que tu madre se crea que te la has bebido, o como cuando vi que tiraste al perro que tenías por el balcón, y tus padres estuvieron muy tristes, y tu madre lloró mucho, y tú dijiste que no sabías lo que había pasado.

Fue entonces cuando Francisco se quedó callado mirándome muy serio. Ahora entiendo que había terror en aquella mirada. Tras unos segundos me dio la espalda y echó a correr. Desde entonces mantuvo las distancias conmigo. Desde entonces dejamos de ser amigos.

Aprendí a callarme lo de los fogonazos, pero mediante preguntas muy indirectas intenté averiguar si mis conocidos sabían algo de eso, y el resultado de mis pesquisas fue totalmente negativo. Nadie parecía experimentar esas visiones, así que me di cuenta de que yo era... especial.

Me volví muy introspectivo. Comprendía que la gente necesita guardar secretos y que yo la privaba involuntariamente de ellos. Además empecé a descubrir que el conocer muchos de esos secretos no me hacía ningún bien. Buscaba desesperadamente la soledad, y cuando conocía a alguien que me caía bien no tardaba en saber algo de su pasado o de su presente que me producía repugnancia. Comencé a odiar a la humanidad.

Los llamo fogonazos. Surgen en cualquier momento pero no los puedo provocar a mi voluntad, simplemente suceden dos o tres veces al día. A veces más. Los llamo así porque comienzan con un fuerte destello que casi me impide ver. Ese destello dura uno o dos segundos, luego mis sentidos se bloquean parcialmente, los sonidos me llegan amortiguados como si estuviera sumergido en agua, dejo de percibir la temperatura ambiental, y la vista se me nubla. En total el fenómeno dura unos diez o quince segundos, durante los cuales veo cosas en mi cabeza. No se me ocurre mejor manera de explicarlo. Hay ocasiones en las que no sé interpretar lo que veo, pero casi siempre se trata de acontecimientos relacionados con gente que conozco o que se encuentra cerca de mí. Tal vez sean sus recuerdos. Sí, creo que es eso, veo sus recuerdos. Y también sus pensamientos.

Amigo Pablo, muchos llamarían a esto tener un don, pero no es un don, créame. Es una desgracia.

¿Puede imaginar lo que sufro? ¿Puede imaginar cómo es mi vida? Por si le cuesta hacerse una idea le hablaré de ello:

He ido por la vida rehuyendo del contacto con las personas, solitario y en permanente estado de horror. He sabido cosas que hubiera preferido ignorar. He visto los más deplorables crímenes.

Me he sentido muy solo.

Mi época de estudiante fue una pesadilla. Comprenderá, doctor, que no se puede tomar en serio a un profesor de Matemáticas al que le gusta usar ropa interior de mujer, o a una profesora de Geografía que se folla a su pastor alemán, por mencionar un par de ejemplos más o menos inocentes. Lo del profesor de Religión era más serio, éste le pegaba unas tremendas palizas a su señora.

Tampoco ayudaba al estudio ser asaltado constantemente por las fantasías sexuales de mis compañeros. Un tal Jorge Vasco se masturbaba imaginando todo tipo de guarradas conmigo, eso me resultaba especialmente mortificante. Era buen chico y me trataba con corrección, pero cuando me llegaban esos fogonazos me ponía enfermo.

En mi clase había una chica bastante fea, no recuerdo su nombre. Por culpa de algunos fogonazos supe que estaba desesperadamente enamorada de mí. Tenía inocentes fantasías acerca del matrimonio y una vida feliz juntos con tres niños. Era muy entrañable y una de las pocas personas de las que jamás me llegó un fogonazo perverso a pesar de haberla tratado de cerca durante años. Ojalá me hubiera enamorado yo de ella. Pero nunca le hice el menor caso, y ahora la echo de menos y sé que se ha casado. Espero que sea feliz, ella se lo merece.

Dejé los libros de texto en cuanto pude. Los otros no, las novelas me han acompañado siempre adondequiera que haya ido. Leer una buena novela es para mí una experiencia extraña y gratificante. Puedo conocer la vida inventada de personajes inexistentes gracias a la imaginación de un escritor, no por los malditos fogonazos. Es relajante saber que lo que me encuentro entre las páginas de una novela no es real. No me importan las atrocidades que esos personajes ficticios puedan cometer en el papel, pero me enferma enterarme, como me ocurrió una vez, de que el tipo que está en un bar tomando un café a mi lado mató a su madre parapléjica tirándola escaleras abajo para eludir la responsabilidad de tener que cuidarla. Vi cómo la anciana caía, con un gesto de sorpresa infinita por lo que su hijo le estaba haciendo. Quedó en una posición imposible al pie de la escalera y ese tipo se quedó largo rato mirándola, luego vio una película, cenó y se fue a dormir. A la mañana siguiente le tomó el pulso al cuerpo inmóvil de la mujer que lo trajo al mundo, y ya entonces, con cara de alivio, pidió una ambulancia sabiendo que era inútil. Leer algo así en una novela no me importa, pero tener que tratar con seres humanos sabiendo que han hecho esas cosas... pues eso, que prefiero la ficción. Además los libros tienen la ventaja de ser perfectos para rellenar la soledad de alguien como yo. También lo son los videojuegos, soy un auténtico friki de los videojuegos. También paso mucho tiempo en internet chateando, no hay peligro de fogonazos cuando chateo con alguien, ni cuando hablo por teléfono.

También uso internet para leer blogs. Mis preferidos son los que hablan de temas paranormales desde los dos puntos de vista, el crédulo o magufo y el escéptico o arpío. Lo hago con la esperanza de encontrar algo de información seria sobre mi caso, pero bah, ni los listillos de los arpíos ni los gilitontos de los magufos tienen ni idea. Me resisto a pensar que soy único, pero lo cierto es que no he encontrado a nadie que padezca esta... ¿tara?

En fin, tras dejar los estudios me tuve que buscar las papas. Tenía que ponerme a trabajar e independizarme. Mi vida familiar no era nada agradable conociendo las infidelidades de mi padre, las fantasías de suicidio de mi madre o los secretos de mi hermano sobre drogas y sectas religiosas. Tenía que salir de esa casa pronto y vivir solo. Necesitaba un trabajo, pero antes de encontrarlo me llegó el momento de cumplir el servicio militar.

Ya se puede imaginar cómo lo pasé, obedeciendo órdenes de tipos en ocasiones siniestros. No, no se trata de hacer un alegato antimilitarista ni nada por el estilo, pero si me jode tomarme un café cerca de cierta gente más me jode tener que obedecerla y tratarla con total y abyecta sumisión.

Fui instruido en el Acuartelamiento Camposoto, en San Fernando, y destinado al Polvorín de Viator, en Almería. Era un sitio tétrico, un pequeño destacamento con algunos almacenes de munición casi vacíos y en el que sólo había cuatro militares profesionales: el jefe, un Alférez de complemento, de Infantería, llamado Lomas, al que apenas traté; el segundo jefe, el Sargento Primero Guerrero, especialista en municiones, un tipo atormentado por obscuros secretos que no vienen al caso; el Cabo Primero Serrato, bebedor compulsivo de cerveza; y el Cabo Pineda, un niñato que se tomaba demasiado en serio su trabajo y sus mierdas de galones. Los demás, unos treinta, éramos tropa de reemplazo. En aquel olvidado y lúgubre cuartel parecía que el Régimen Disciplinario de las Fuerzas Armadas no había llegado aún y las novatadas eran abundantes y duras. Por mi tendencia a la soledad y mi afición a esconderme para leer tranquilamente un buen libro fui pronto tachado de "rarito" y por lo tanto blanco de las más molestas novatadas. Uno de los cabecillas veteranos, al que todos llamaban "el Chiri" por ser del pueblo granadino Chirivel la tomó conmigo y me convertí en su obsesión. Me hacía mil perrerías... hasta que me llegó un fogonazo sobre él. Cuando después de eso lo vi solo me acerqué a él y le dije:

- Oye, Chiri, quiero que nos llevemos bien. Como cuando le chupas la pichita a tu sobrino de dos años, ya me entiendes. Vamos, que no quiero que me la chupes a mí, porque los mierdas maricones como tú que abusan de los niños me dais asco, pero eso, que nos vamos a llevar bien, ¿a que sí? O también puedo llamar a tu cuñado y contarle lo que haces con su hijo, tú verás.

Ni que decir tiene que desde entonces fui su "protegido" y todos los veteranos me trataron a las mil maravillas. Y luego yo mismo fui un veterano y traté lo mejor que supe a los novatos, y así acabé mi servicio militar.

Y entonces sí, entonces tuve que buscar un trabajo. Lo que fuera mientras me permitiera independizarme. Tenía veinte años y muchas ganas de estar solo.

También tenía cierta habilidad con las artes plásticas, un gran sentido de la estética y buen dominio del dibujo. Con esto y con mucha suerte encontré el trabajo ideal para mí.

A usted como a todos, querido Pablo, debe de parecerle extraño mi trabajo, y siempre me hace muchas y retorcidas preguntas sobre él. Sospecho que usted cree que tiene algo que ver con mi depresión, pero con lo que sabe ahora espero que se esté replanteando esa idea. Me gusta mi trabajo y es uno de los pocos que puedo ejercer sin recibir constantemente fogonazos de compañeros o clientes. Y además soy bueno haciéndolo.


(Continuará)

Revelaciones. (I)

(Primera parte del cuento Revelaciones, correspondiente a dos entradas publicadas originalmente en Spaces los días 20 y 21 de Septiembre de 2006).

Hasta ayer nunca había visto un accidente de circulación con muertos. No ha sido agradable. No, no ha sido nada agradable.

Yo circulaba a unos cien metros tras el Seat Córdoba negro y vi claramente cómo el Renault Clio gris metalizado que circulaba en sentido contrario se metía en nuestro carril, chocando frontolateralmente (creo que se dice así) con el Córdoba negro. La chica que conducía el Clio está bien, viajaba sola, con el cinturón puesto y salvo por el comprensible ataque de histeria no ha sufrido daños. Ninguno de los dos vehículos circulaba deprisa, pero el conductor del Seat no ha tenido tanta suerte.De hecho no ha tenido ninguna suerte.

Lo dicho hasta ahora, aunque lamentable, no deja de ser normal y cotidiano. Lo que voy a contar más adelante no tiene nada de normal ni cotidiano. De hecho es muy, pero que muy extraño, tanto que me da vergüenza contarlo. Y también me da miedo si me detengo a pensarlo demasiado.

Me llamo Jorge García Benítez, tengo una zapatería y 46 años de edad. Casado y con tres hijos. Me considero un hombre cabal, religioso pero nada fanático, y no me creo muchas de las patrañas de la Iglesia. Siempre he aborrecido las supersticiones y los rollos paranormales me dan risa.

O mejor dicho, hasta hoy me daban risa.

Ayer vi cómo los bomberos cortaban la chapa del coche en el que quedó atrapado aquel hombre, y me fijé en que cayó al asfalto una carpeta cuando sacaban el cuerpo. Luego todo lo demás. Los trabajadores de una funeraria se llevaron el cadáver, la ambulancia evacuó a la chica histérica, la Guardia Civil de Tráfico levantó atestado, se marcharon los bomberos y una grúa retiró la chatarra en la que se había convertido el Córdoba negro. Yo permanecí mucho tiempo detenido en el arcén, incapaz de conducir.

Cuando me vi preparado para arrancar el coche y estaba a punto de marcharme reparé de nuevo en la carpeta abandonada sobre el asfalto. La recogí con la intención de entregarla a la Guardia Civil. Ojalá lo hubiera hecho.

Estaba agotado, deshecho por la tensión. Así que fui a casa directamente y me llevé la carpeta, salpicada de sangre, para entregarla al día siguiente, es decir hoy. Pero esta mañana no me encontraba bien. No he salido de casa salvo para comprar el periódico. Sé que mi empleado en la zapatería se hará cargo del negocio sin problemas.

Mi mujer está trabajando.

Mis hijos están en el colegio.

La carpeta manchada de sangre está conmigo.

Mi gato me observa mientras la abro y veo su contenido.

No he podido evitarlo, sé que no está bien, pero seguro que cualquiera lo hubiera hecho. La carpeta contiene un sobre grande en el que se lee "A LA ATENCIÓN DEL DOCTOR PABLO QUIROGA". El sobre no está cerrado y he leído los varios folios mecanografiados de su interior de principio a fin. Me ha parecido un cuento de ficción, bastante malo por cierto.

Sin embargo una leve sospecha me ha empujado a comprar el periódico. Y entonces he descubierto algo que ha derrumbado todas mis creencias.

Pero vayamos por partes. Lo mejor será que sepan primero lo que cuentan los folios de la carpeta:

Estimado doctor Quiroga:

No volveré a visitarlo. Todos estos años de tratamiento no han servido para nada y usted lo sabe. En cambio hay cosas de las que no tiene ni idea, y son esas circunstancias que ignora las que impiden que pueda curarme. Intentaré explicárselas. Vaya poniéndose cómodo porque esto va para largo, y sepa que mi despedida no es por su culpa. Usted lo estaba haciendo bien.

Perdone que no le estreche la mano y le dé las gracias por todo mirándolo a la cara. Es mejor decirle adiós así, dejando esta carta a la enfermera Susana Gálvez, o Kukitruky, como usted la llama en la intimidad de los hoteles donde ejerce el adulterio con ella. ¿Sorprendido de que yo sepa esto, doctor? Sé muchas cosas, amigo mío, y ojalá no las supiera. Por eso no me voy a poner bien.

Nunca he sido sincero con usted. Le he hablado de los síntomas de mi depresión, de cómo me sentía, de cómo me afectaban los cambios en las dosis de litio, etc... pero le he ocultado siempre lo más importante.

Verá, doctor, yo no soy normal.

Por favor, le ruego que sea paciente y termine de leer todo lo que quiero contarle, aunque le parezca que me he vuelto rematadamente loco. Además en eso consiste su trabajo, ¿no?, en tratar con locos, sólo que yo no lo estoy. En realidad estoy... demasiado lúcido, podría decirse. Créame que le interesa cuanto voy a contarle. Por su bien.

Para que no albergue dudas sobre la veracidad de lo que escribo le daré unas pequeñas pruebas: Juan Melgara.Lo recuerdad, ¿verdad?, aunque sé que quiere olvidarlo. Pero es necesario que le recuerde que usted y él experimentaron con la homosexualidad cuando ambos tenían quince años. Sé que usted sangró por el ano durante días, y también sé que sintió alivio cuando Juan Melgara, dos años después, se suicidó llevándose el secreto a la tumba. ¿Y qué me dice de aquellos hamsters que dejó sin comida ni agua durante semanas? Usted tenía 23 años y vivía sin compañeros en un piso de estudiantes. Ya sabe, y yo también, lo que pasó. Cuando murió de hambre y sed el más débil de aquellos roedores fue devorado por los demás, y esperaron a que cayera el siguiente, y así fueron muriendo de uno en uno, y con cada víctima de su juego se alimentaban los demás y ganaban unos días más de vida, hasta que sólo quedó uno, el más fuerte, y usted hubo de esperar aún más de una semana a que muriera. Estaba en su jaula, en una habitación que usted sólo visitaba cada dos o tres días para comprobar si seguía vivo. Usted no puede dejar de pensar en cómo el hámster se aferraba a los barrotes de la jaula poniéndose en pie y lo seguía con la mirada implorante, hasta que por fin una noche entró en la habitación y vio que también ese último bicho había muerto, rodeado de pelos y huesos de sus congéneres. Hágame caso, Pablo, deje de torturarse. Las personas demasiadas veces hacen cosas mucho peores, y algo sobre eso le voy a contar.

Ahora usted se pregunta cómo puedo saber estas intimidades tan celosamente escondidas durante décadas. La respuesta es que usted me las ha contado. Ni era su intención hacerlo ni la mía enterarme, pero no lo puedo evitar. Lo importante es que ahora usted va a leer con sumo interés toda mi historia. He tenido que ser cruel al recordarle lo de Melgara y lo de los hamsters para asegurarme su atención. Ahora ya sabe que no miento.

¿Sabe, doctor? La vida es una mierda, y las personas... las personas somos demonios.

¿Recuerda el día en que me presenté en su consulta por primera vez? Fue hace cinco años. Yo estaba alcoholizado hasta las cejas, y usted me pidió que le contara todo desde el principio. Pues no lo hice, Pablo, ni entonces ni después le conté todo. Hoy, el día en que pongo fin a nuestra relación médico-paciente, es también el día en que le cuento la historia completa. Empecemos por el principio, amigo Quiroga:


(En breve la segunda parte)

La risa de las mujeres

(Publicado originalmente en Spaces el 19 de Septiembre de 2006).

Hombres, ¿os habéis dado cuenta del efecto que produce en nosotros la risa femenina? La oímos de lejos, sin saber ni de dónde viene, y nos quedamos calladitos y espectantes, hasta que desaparece y continuamos nuestra conversación como si nada, pero ya a partir de ese momento cada uno nadando en sus propias fantasías.

Hombres, ¿os habéis fijado en que las mujeres son perfectamente conscientes de ese efecto que producen en nosotros con su risa, y que lo emplean como arma de seducción?

Hombres, ¿acaso nunca os ha pasado que vuestro ingenio, como por arte de magia, se ha disparado para hacer reír a una mujer que os gusta, y que luego vosotros mismos os habéis sorprendido de lo ocurrentes que podéis llegar a ser?

Hombres, ¿no tenemos todos cierta vocación de payasos cuando hay cerca una mujer bella?

Hombres, ¿no os sentís grandes cuando una mujer os dedica un par de carcajadas? Incluso cuando se burla de nosotros. El desdén y la indiferencia los llevamos mal, pero la risa de una fémina, si es sincera aunque burlesca nos sabe a gloria.

Mujeres... Me encanta vuestra risa.

Qué grasiosos y shirigoteros que son, joé

(Publicado originalmente en Spaces el 17 de Septiembre de 2006).

Yo permanecía con la ceja izquierda levantada, en actitud claramente interrogante, así que el tipo lo repitió más alto:

- ¡Urosienta! - Es lo que yo escuché, por segunda vez.

No tengo buen oído, por eso ni en la ducha canto, así que pensé que ese tío no había dicho "urosienta". Habría dicho otra cosa, de modo que pregunté, otra vez:

- ¿Cuánto?

- ¡Eenta!- Creí entender esta vez.

¿Eenta? ¿Y eso qué coño es? Lo intenté una vez más:

- Perdón, ¿cuánto, dice?

- ¡UNONSENTA! - Casi me gritó el fulano, mirándome ya con cara de mala hostia.

Creo que ambos nos estábamos poniendo nerviosos, así que opté por tenderle un billete de diez euros y que se cobrara lo que le saliera del rabo. Luego, de camino a casa, conté la vuelta: ocho euros con cincuenta céntimos. Tras arduos cálculos matemáticos deduje que me había cobrado un euro con cincuenta céntimos (qué gran matemático se está perdiendo el mundo).

Así que ya lo saben. Si vienen a Cádiz tengan en cuenta que "urosienta", "eenta" y "unonsenta" se traducen como "uno con cincuenta". Y yo, tontaina de mí, casi ocho años en estas tierras y sin enterarme. Qué torpe soy, caramba.

Esta anécdota es fresquita, pero me ha recordado a otra cuando yo acababa de llegar a estas tierras, la del compañero que se empeñó en sugerirme que para tratar un catarro comprara un "frasco de árabe", y como el colega es gitano pensé que se trataba de uno de esos remedios "milagrosos" y no le hice mucho caso. Me llevó días comprender que se refería a un frasco de jarabe. Cuando me di cuenta me eché a reír, días después, ya digo.

Luego van por ahí diciendo que hablo y me río solo. Normal, coño, es que me dan motivos.

viernes, 23 de febrero de 2007

Alatriste, la película

(Publicado originalmente en Spaces, el 14 de Septiembre de 2006).

Pues bueno, hoy he ido al cinematógrafo, para que vean que el Cabeza de Chorlito tiene vida social, aunque algunos contumaces lo nieguen. Y no he ido solo, no, sino que me han acompañado el Maligno, el Gordo Cabrón y la Puta Pelirroja. Para que la fiesta hubiera sido completa nos ha faltado el Zampabollos, pero bueno, hay más días que ollas, y más coños que pollas.

Nos hemos aburrido cosa fina viendo Alatriste, pero es justo admitir que a mí casi todas las películas me aburren. Sin embargo me he emocionado al final, pero también aquí sería justo admitir que yo me emociono fácilmente.

Ya es la segunda ocasión en la que mi cada vez menos admirado Arturo Pérez-Reverte me engaña. La primera fue cuando nos contó la milonga de que La Novena Puerta era una buena adaptación de El Club Dumas. Ahora anda por ahí diciendo otras mentiras sobre esta película, Alatriste. Si a esto añadimos la mierda de novela que ha tenido a bien publicar bajo el título de El Pintor de Batallas resulta que Arturito no es tan legal ni buen tipo como nos quiere hacer creer. Pero bueno, yo que tengo el defecto de la lealtad le daré otro voto de confianza, a ver si el tío se empieza a portar más honestamente con sus seguidores.

Lo mejor de la película para mí ha sido cuando el Maligno me la ha chupado mientras yo comía palomitas. Que no, tontos, que es broma; yo no como palomitas.

En verdad lo mejor de la peli ha sido cuando ha terminado y mis acompañantes se han ido a cenar (qué puta manía tiene la gente con eso de comer... ni que fuera algo vital, coño) y yo los he esperado tomando un refresco de cola en otro sitio (juro por Dios que era un refresco de cola). En ese lugar he coincidido con muchos compañeros, y especialmente con una compañera que me ha alegrado mucho ver. No estoy acostumbrado a verla sin uniforme, y cuando más tarde la vuelvo a ver uniformada siempre me pregunto dónde cojones guarda las tetas. A mis colegas, el Gordo Cabrón, el Maligno y la Puta Pelirroja, no les debe de haber hecho mucha gracia encontrarme charlando con una fémina (juro por Dios que sólo estábamos charlando), así que me han dejado tirado. Ellos son así de raritos, por eso los quiero.

Luego he venido a casa, solo. Y les juro por Dios que si no hubiera venido solo no estaría escribiendo esto ahora.

Gamberradas e irreverencias

(Texto importado de su ubicación en Spaces y publicado originalmente el 10 de Septiembre de 2006).

Bah, qué chulo soy, la madre que me parió. Un día me voy a encontrar un par de navajazos en un callejón oscuro, lo sé, pero hasta entonces hay que ver lo bien que me lo paso.

¿Saben esas gilipolleces graciosas que se dicen sobre el tiñalpa de Chuck Norris? Sí, hombre, si internet está llenito de ellas. Ya saben, eso de que Chuck Norris puede dividir por cero, y que ha contado hasta el número infinito... dos veces, y que el hombre del saco antes de irse a dormir mira en su armario por si está escondido Chuck Norris, etc... Bueno, por si les apetece echar unas risas aquí les dejo un par de enlaces: Chuck, y Chuck2.

Pero lo que me ha llenado de emoción ha sido encontrarme con esto: "Chuck Norris cuelga tiras de Mahoma en su blog" (aquí lo tienen). Y digo yo que para eso no hace falta ser Chuck Norris. De hecho, en este mismo blog que están ustedes haciéndome el favor de leer (que ya tienen ganas de perder el tiempo, dicho sea de paso), tengo yo la siguiente gloriosa frase expuesta públicamente: "Alá es bujarrón y Mahoma su mamporrero". Si lo dudan compruébenlo y verán que está publicada desde el 24 de Febrero. Y sin ser Mr. Norris, toma ya.

Es más, para que vean lo chulito que soy ahí les dejo esta perla:

Chuck Norris me la chupa. Y se lo traga todo. Y luego me pide más. (Como diría mi abuela María, esto ya es la caraba).

Paranoia

(Cuento publicado originalmente en dos entradas de Spaces, los días 15 y 16 de Septiembre de 2006).

En una época de mi vida viví en un piso compartido. Puse un anuncio buscando compañero para compartir gastos, y acabé viviendo durante unos meses con un psiquiatra. Casi no nos relacionábamos, pero tanto él como yo éramos muy desordenados. Eso explica que cuando al fin nos separamos algunos de sus documentos quedaran mezclados con los míos.

Tras varios meses en mi nuevo hogar, uno que ya no compartía y que es donde ahora vivo, encontré entre las leyes que rigen mi profesión y mezclados con diversos documentos copiados de mi expediente profesional unos papeles que me eran del todo desconocidos. Deben de ser de Joaquín Gálvez, mi antiguo compañero de piso, el psiquiatra.

Entre ellos me llamó la atención especialmente algo manuscrito. Me ha llevado mucho tiempo descifrar esa letra, pero creo haberlo hecho con cierto éxito. Déjenme que se lo transcriba:




EXPEDIENTE 16/98. M.C.S.T.



3 de Noviembre de 1997.

Hace dos semanas desapareció Olga, una niña de mi barrio. Sólo tenía doce años. Un mal día fue al colegio y no volvió. Según los profesores de la niña ese día asistió a clase y salió puntualmente, como cualquier otro día. Pero para los padres no fue un día normal, no, ni mucho menos. Primero la leve inquietud porque pasan unos minutos de la hora a la que suele llegar su hija, después un creciente nerviosismo por la desusada tardanza, a continuación la llamada al colegio mientras un plato sin comensal se enfría en la mesa con un hueco libre, y finalmente la llamada a la policía.

Dicen que la madre anda algo trastornada, y que algunos días llama al colegio para preguntar por qué su hija sigue castigada y cuándo la van a dejar salir. Yo no he tenido hijos, pero imagino que una desgracia así altera a cualquiera. En realidad todos teníamos miedo. La gente hacía cábalas sobre el posible paradero de la niña, pero lo que más aterraba era la suposición de que sus raptores, o asesinos, o violadores, o las tres cosas, estuvieran entre nosotros, en el barrio.

Podía ser el simpático panadero, con su cuerpo descomunal y siempre contando chistes verdes. O el funcionario huraño y amargado, del que se dice que es homosexual y que vivía solo en el edificio de enfrente. O el viejo de al lado, que estuvo preso cuando era joven por no sé qué feo delito relacionado con mujeres. O el dueño del video club, con toda esa asquerosa pornografía en las estanterías de su local. O... cualquiera.



8 de Noviembre de 1997

Sin embargo ayer el barrio respiró tranquilo. La policía detuvo a un sospechoso, un primo de la desaparecida que está metido en turbios asuntos de drogas y prostitución. No se sabe nada de la niña.

Poco duró la alegría. Hoy no ha vuelto del colegio una vecina de mi misma planta. Gema tiene catorce años y es la primera vez que no está en su casa a la hora de la comida. Los padres están desquiciados, aunque la policía dice que probablemente sólo sea una travesura. Pero yo no creo eso, y estoy asustadísima. Vivo sola y tengo más de setenta años, casi no puedo valerme por mí misma. ¿Y si ahora vienen a por mí?


11 de Noviembre de 1997

Han pasado ya tres días desde que Gema falta de su casa y en el barrio no se habla de otra cosa. En la peluquería, en la carnicería, en los portales, en cualquier esquina se rumorean chismes de lo sucedido y se da rienda suelta al morbo, añadiendo cada cual los productos de su imaginación a un sinfín de posibilidades sobre el destino de la pobre Gema.

A nadie parece preocupar ya qué ha sido de Olga, que lleva más de tres semanas sin dar señales de vida. Es como si con la detención de su primo todo haya sido resuelto, y a nadie interesa que el sospechoso niegue toda relación con la ausencia de su prima. Tampoco se pregunta nadie dónde está ella, basta con la detención de alguien para calmar a la gente. Tal vez sea mejor así.


14 de Noviembre de 1997

Cuatro días sin noticias de Gema. El morbo y la curiosidad de los vecinos no ha disminuido. Todo el mundo habla, pero siempre en susurros, como si temieran ser escuchados por el secuestrador, o por los padres de la niña, a los que no gustaría saber que su desgracia sirve de comidilla en el barrio.

Se ven caras nuevas últimamente por el barrio. Hombres sentados en un banco del parque leyendo el periódico, jóvenes que hacen deporte incansablemente durante toda la mañana, apáticas personas que pasan horas dentro de coches aparcados... ¿Policías que vigilan? ¿Maníacos a la espera de más víctimas? Una de estas personas es un hombre maduro que se parece mucho al actor Clint Eastwood. Me da muy mala espina. He notado que a veces me miran cuando paseo tomando el sol o cuando vengo de la tienda de la Toñi, con el carro de la compra arrastrando tras mi artrítico esqueleto. En alguna ocasión se me ha quedado mirando el hombre que se parece al actor, y me ha dado mucho miedo. Su mirada es muy penetrante, no me gusta nada cuando me miran como si me desnudaran. ¿Pensaba asesinarme, o sólo se planteaba ayudarme con el carrito? Estoy aterrada.

¿Y si ahora vienen a por mí?


23 de Noviembre de 1997

Los días pasan. Las noticias de las niñas no llegan. Ya nadie habla en las esquinas. Sólo dos detalles nos recuerdan que algo malo sucede: los niños juegan menos en la calle y a cambio ésta parece tomada por desconocidos forasteros que se turnan para pasar desapercibidos, aunque nada escapa a una vieja ociosa como yo.

Bajo la almohada guardo un enorme cuchillo de cocina, y si alguien viene a por mí con perversas y sucias intenciones se llevará una pequeña sorpresa de esta ancianita desvalida que aún conserva muy mala uva, pero que muy mala uva de verdad. Mala leche de la de antes.

Estoy muy preocupada por los padres de Gema. La madre se pasa todo el día pegada al teléfono. Hoy la he visitado. Tiene algunos dedos vendados porque se los ha destrozado de tanto morderse las uñas. El padre no va a trabajar, y deambula por la casa con las manos en los bolsillos, despeinado y sin afeitar, con los ojos inyectados en sangre, y de vez en cuando balbucea misterios que sólo él comprende y que le plasman tristes y estúpidas sonrisas en la cara, pero nunca en los ojos.

Creo que toda esta tensión, toda esta incertidumbre, me está afectando de un modo inesperado. Allá donde vaya me parece oír pasos siguiendo los míos, incluso cuando estoy en mi propia casa. En ocasiones me tomo una tila, me siento y pienso que soy una vieja paranoica, y que es absurdo creer que vendrán a por mí, ¿quién puede estar interesado en una vieja solitaria y chocha?

24 de Noviembre de 1997

Hoy hubo un gran revuelo en mi bloque. Un compañero de clase de Gema ha contado una interesante novedad que hasta ahora había silenciado porque pensaba que todo el mundo lo sabía. Según este muchacho Gema llegó a entrar en el edificio el día que desapareció. El joven afirma haberla acompañado al salir de clase, como hacía habitualmente, porque él vive unas calles más arriba. Asegura que se despidió de su amiga y vio como la puerta se cerraba tras ella. Varios policías han interrogado a todos los vecinos. A mí me ha tocado una agradable señorita a la que su uniforme sentaba muy bien. Mientras me hacía preguntas me he sentido tranquila y segura, pero cuando se ha ido he empezado a comprender.

El peligro puede estar entre los mismos vecinos. Tengo muchísimo miedo. Más tarde o más temprano vendrán a por mí.

26 de Noviembre de 1997

Han pasado dos días desde el interrogatorio y no han detenido a nadie. La incertidumbre me impide prestar atención a mi telenovela favorita. Ni siquiera sé si Carlos Raúl Godofredo se hizo la vasectomía al fin para no dejar embarazada a María Clarisa de las Mercedes.

Esta mañana me he cruzado en la escalera con el vecino del 1º-D. Lo odio. Nunca me gustó. Hay algo en su mirada que inspira desconfianza. Me ha mirado y he sabido al instante que escondía en su mente pensamientos oscuros.

Más tarde ha ocurrido algo muy extraño, y no sé si ha sido una pesadilla o si realmente ha pasado. Como últimamente apenas duermo esta tarde he caído rendida en la cama después de comer. Llevaba durmiendo algo más de media hora cuando me han despertado unos ruidos por la casa y... ¿o sólo me ha parecido escucharlos? No sé, no puedo estar segura. Se trataba de suaves pisadas, el ruido al caminar de alguien que está donde no debe y teme ser descubierto, el roce de la ropa de alguien que se esconde. He tenido tanto miedo... Estaba aterrada, paralizada, inmovilizada por un terror inaudito, incapaz de mover un solo dedo. Creía que ya estaban aquí para... algo malo.

Finalmente me he vuelto a dormir, y ahora dudo si ocurrió o fue un sueño. Pero hay más. El cuchillo. ¿Qué pasó con el cuchillo? ¿Por qué no tuve el valor de cogerlo? Dios mío, tengo mucho miedo, sólo soy una vieja que a la hora de la verdad no tiene el valor suficiente para defenderse.


5 de Mayo de 1998

Hace meses que me hallo recluida en un hospital del que no me dejan salir. El médico que me atiende, el doctor Joaquín Gálvez, me ha pedido que termine de escribir esto, pero lo cierto es que ya no me apetece escribir. No me apetece hacer nada. Sólo quiero morirme, por eso seré breve:

Una mañana, muy temprano, mientras estaba sentada en mi sillón escuchando música, alguien comenzó a llamar insistemente a la puerta. Decían algo, pero yo no presté atención, ya sabía que eran ellos y que venían a por mí. Por fin.

Se produjo un ruido estruendoso y la puerta fue arrancada. Acto seguido comenzó a desfilar gente con uniforme y armas por mi casa. Clint Eastwood llegó junto a mí y me hacía muchas preguntas que yo no escuchaba. Alguien apagó la radio. Otro policía salió vomitando de la cocina, entonces Clint se dirigió allí, y al cabo de unos segundos salió con los ojos muy abiertos, no entornados como en las películas.

Ya no fueron necesarias más preguntas; en el frigorífico quedaban restos de las niñas que no tuve tiempo de comerme.

María del Carmen Sánchez Tárrega



(N. del A.): Jamás he convivido con un psiquiatra llamado Joaquín Gálvez. Alegrémonos por él. Y que yo sepa nadie llamado María del Carmen Sánchez Tárrega se dedica a devorar niñas, pero si así fuera desde este blog le deseo buen provecho.

Leónidas Kowalski de Arimatea

domingo, 18 de febrero de 2007

El jardín de Víctor. (Quinta parte y final).

(Última parte de El jardín de Víctor, correspondiente a dos entradas publicadas en Spaces el día 8 de Septiembre de 2006)

CAPÍTULO QUINTO. La Chari.

Una noche, meses antes de que el viejo Tomás abonara mi jardín, conocí a quien sería el amor de mi vida, representado por una prostituta. Ay, puerca vida. Quién me iba a decir entonces que mi luz sería también mis tinieblas, que mi sueño una pesadilla, que mi más ferviente anhelo mi más terrible castigo. Y si alguien me lo hubiera dicho no lo hubiese creído. Ay, insufrible existencia. Que la mujer que amo sea la mujer de todos. Ay, martirio atroz. Que mi amada, mi diosa, sea también el más vil de los demonios. Irónica y asquerosa vida.

Aquella aciaga noche, la más negra noche de todas las noches negras, caminaba por las afueras de mi pueblo. No sé bien por qué estaba yo allí a esa hora, quizá esperaba mi cita con el destino, ese señor que pretende pasar por espontáneo y ocurrente, pero que es en verdad un grandísimo hijo de puta. Yo calzaba botas camperas, y vestía vaqueros y camisa de algodón a cuadros. Fue por eso que una voz salida de la nada -la más dulce voz que se haya escuchado jamás- me preguntó:

- ¿Adónde vas tan solo, vaquero?

Yo no supe qué responder, pues me hallaba pensando algo sobre Ulises y el embrujo de las sirenas. Ella continuó hablándome con aquella voz que me subyugaba. Hablaba y sonreía, ¡me sonreía a mí! Lástima que las cosas que decía fueran tan mundanas, pues aunque no lo recuerdo con claridad creo que estaba estableciendo un precio.

Parecía imposible que tanta ternura cupiese dentro de una sola mujer, y tanto placer dentro de mí. Todo son recuerdos muy confusos de aquellos momentos, pero en los fragmentos que aún se obstinan en torturarme hay frases de mutuo amor eterno, promesas y juramentos que son híbridos del amor sincero y de la pasión mercenaria.

Pero ay, iluso de mí, pobre alma crédula e ingenua... Creí ciegamente cuanto oí decir a aquella beldad de piel morena y ojos negros, los más negros ojos de todos los ojos negros.

La visité todo lo que pude, hasta que se me acabó el dinero, y con él las palabras de amor de ella. Ya no quería tenerme cerca, ni soportaba que la tocara, y me hablaba con desprecio e insultos. Yo, ciego de amor, loco por ella, me negaba a aceptar lo que era obvio, no alcanzaba a comprender qué estaba ocurriendo.

Hasta que un día llegué al lugar que yo, en mi estúpida ingenuidad, conocía como el lugar de reunión para nuestras citas y que era en realidad el sitio que ella frecuentaba para buscar clientes, y la encontré allí con otro hombre.

Allí estaba aquel maldito, tirado sobre la hierba y recibiendo las caricias que yo consideraba sólo mías. Necesité de esa visión para, de una vez por todas, entender lo que hasta ese momento no pude o no quise saber. Sin embargo bastaron segundos para desatar en mi interior toda la furia y toda la mala leche del mundo.

Y, bueno, ya saben lo que yo hago cuando alguien me enfurece. Además, para entonces yo ya había adquirido práctica con lo de Tomás y mis padres.


CAPÍTULO SEXTO. Mato a la Chari y soy descubierto.

Nadie, ni siquiera esos periodistas que creyeron saberlo todo sobre mí se puede hacer una idea de lo que sufrí en aquellos terribles días. Y si bien puedo reconocer que mis crímenes no estuvieron justificados en este caso concreto afirmo que era inevitable, pues quien juega con el amor juega con el más fuerte de los sentimientos, y la línea que separa el más sublime amor del más enconado odio es delgada, muy delgada. Casi imperceptible.

A él le perdoné la vida, me bastó pensar que también cayó en su embrujo de mujer fatal, y el infeliz ya tendría suficiente pesar para el resto de sus días con ese odioso mal. Pero a ella... a ella no. A ella no había fuerza en el mundo capaz de conseguirle el perdón. Y así descubrí el asesinato entendido como arte, porque Chari, la Chari, no se merecía una muerte vulgar.

Me van a perdonar que no ahonde en detalles, comprendan y respeten el dolor que me supone revivir ciertas escenas.

Les aseguro que era tan bella tras pasar por mi cuchillo (uno que compré en Toledo y afilé expresamente para la ocasión) como en vida. Algunas víctimas expiran con horribles rictus de terror, o de sorpresa, pero ella no. La Chari era mucha Chari. Ella parecía haber estado preparándose toda su vida para ese momento, y cuando la hoja de acero rutiló ante su cara con brillo de muerte creo que... ¡creo que hasta sonrió! Esa sonrisa de quien ve aparecer tras la esquina al amante que se pensó que ya no vendría. He pensado mucho en esa sonrisa, e incluso a veces sospecho que se sintió agradecida. Agradecida de librarse al fin de su repugnante vida. Hasta recuerdo que por un momento deseé que Dios existiera y la acogiera con Él.

Cuando la enterré en el jardín estaba preciosa. Le había arrancado el corazón, que devoré aún caliente y palpitando, y en su lugar coloqué un puñado de billetes arrugados y mugrientos. Muy poético. Muy romántico. Muy de todo. Soy un puto artista.

Días más tarde todo se fue a la mierda y la autopsia reveló que practiqué con ella la necrofilia. Yo no lo recuerdo, pero lo cierto es que tampoco lo puedo negar. En cualquier caso, si eso ocurrió, estoy seguro de que no fue otra cosa que un póstumo acto de amor. Porque yo, digan lo que digan, YO LA AMABA.

De lo que sucedió inmediatamente después tengo recuerdos vagos e imprecisos. En mi memoria veo a un policía preguntándome en la puerta de mi casa si soy Víctor Caballero de la Cruz. Recuerdo también el ruido de las excavadoras en el jardín, destruyendo mi edén, arrasando mi creación de vida vegetal para descubrir lo que los periódicos insistieron en llamar machaconamente "macabro hallazgo".


CAPÍTULO SÉPTIMO. Final con invitación.

Después vinieron los largos años de reclusión en el manicomio. ¿Cuántos? ¿Diez, veinte, treinta...? No lo sé... tampoco me importa.

Sí que recuerdo en cambio al doctor Garrido, un tipo muy majo que fue quien firmó mi alta. Claro que cuando lo hizo...

...no podía imaginar que aquel paciente depresivo que se "suicidó" años atrás en realidad no se había suicidado, como tampo podía imaginarse que aquel celador no se cayó accidentalmente por la escalera rompiéndose el cuello, ni podía saber tampoco que esa enfermera gorda y antipática no se cortó las venas voluntariamente.

Y por supuesto tampoco hubiera firmado mi alta de haber sabido que esa misma tarde se mataría en su coche porque "alguien", como regalo de despedida, le había retocado algo en los frenos. Dicho sea de paso que se estrelló con otro vehículo en el que viajaban una familia compuesta por señor, señora, dos bebés gemelos, una adolescente y un perro. Todos muertos y espachurrados. A eso se le llama carambola.

Y estoy seguro de que ni de coña hubiese firmado mi alta si hubiera tenido modo humano de saber que meses más tarde yo violaría y descuartizaría a su viuda y a su hija de doce años.

Un tipo majo, el Doctor Garrido. Pero en fin, nadie es perfecto.

He de despedirme, tengo ropa que lavar, y para eliminar las manchas de sangre debo frotar durante un buen rato.

Ah, casi se me olvida decirles que si alguna vez pasan por Jamoncillo no dejen de visitar mi magnífico jardín. Lo he reconstruido y está más frondoso y bonito que nunca. Vengan a verlo, lo pasaremos de muerte.

Víctor Caballero de la Cruz. En algún lugar de Almería, 1996.



Actualización: Aunque no creo que sea necesario voy a aclarar algo acerca del origen de esta historia, para que no se me acuse de ser deshonesto con los tres o cuatro lectores.

Por supuesto que todo es una broma, de mal gusto si quieren, pero broma a fin de cuentas. No hablaba en serio al decir al principio que era una historia real, y confío en que cualquiera lo notara desde el primer momento. Imagino que esta aclaración es una perogrullada, pero me estaba martirizando la conciencia. Ya puedo dormir, ea.

El jardín de Víctor. (Cuarta parte)

(Fragmento del cuento correspondiente a la entrada publicada en Spaces el 7 de Septiembre de 2006).


CAPÍTULO CUARTO. Recuerdos.

Por aquel entonces yo aún conservaba una gran dosis de ingenuidad que me reportaba serios disgustos. Era esa pueril candidez que permitía a desalmados como el viejo Tomás burlarse de mí. Sin duda alguna fue mi paso por el hospital psiquiátrico lo que acabó con los últimos restos de ingenuidad que pudieran quedar en mí... El psiquiátrico, con aquellos médicos de mirada triste y profunda porque han visto innumerables casos de lo que se esconde tras la delgada cortina de la cordura, porque han luchado cara a cara con los horrores de la sinrazón, porque han comprendido que la suya es una guerra perdida de antemano, y lo peor de todo, porque se habían topado de lleno con la Gran Duda: ¿Acaso no serían ellos un puñado de enfermos intentando recluir y cambiar a una minoría de seres, a su modo, sanos y razonables?

El psiquiátrico, con aquellos pacientes de mirada perdida en un lugar lejano porque un día vieron lo que hay más allá del entendimiento humano, porque un día descubrieron, tal vez, la verdadera sabiduría y ya no quisieron volver a un mundo lleno de miserias e injusticias. Sí, allí uno aprendía a ser incrédulo, y adquiría el conocimiento de que la vida es algo tan efímero e insignificante que nada de lo que hagamos en ella tiene el más mínimo sentido. Pero estoy divagando, y no creo que a ninguno de ustedes les interesen en modo alguno mis divagaciones metafísicas.

Hablaba de mi ingenuidad, que fue la causante de mi fracaso amoroso, o más correctamente, de mi hundimiento moral, del que aún hoy en día no estoy totalmente repuesto. Ha pasado tanto tiempo desde aquello... y sin embargo al recordarlo siento unos escalofríos como jamás los sentí en ninguno de mis crímenes, y les puedo asegurar que para mí ésta es la parte más difícil de mi relato. No quiero entrar en averiguaciones o suposiciones acerca del porqué se me hace duro escribir lo que sigue; acaso me encontrara con la desagradable sorpresa de hallar arrepentimiento por una vez en mi vida.

Cuando yo era sólo un niño sentía profunda curiosidad por las niñas, especialmente por aquellos detalles anatómicos que las hacían diferentes a los niños. Tanto unos como otras usábamos esas partes diferentes exclusivamente para hacer pipí, pero algo nos hacía intuir que aquella escondida parte de nuestra anatomía encerraba obscuros secretos, misterios que sin duda eran conocidos por nuestros mayores y que jamás se desvelaban a menores de trece años. Sólo quedaba una salida: la investigación experimental.

En Jamoncillo vivía por aquel entonces, cuando yo era un tierno infante, una niñita muy simpática y afectuosa, que de no haber muerto años más tarde (fue leucemia, yo no tuve nada que ver, lo juro) ahora sería lo que se llama un putón verbenero. Como éramos vecinos, de la misma edad y sexos opuestos, era de esperar que alguna que otra vez jugáramos a los médicos. Además mi jardín era un bucólico lugar ideal para esos menesteres. No sé si les habré hablado ya de mi idílico jardín, en cualquier caso, para no aburrirlos, les diré solamente que si el Paraíso existiera se parecería bastante a mi jardín.

Una de esas tardes veraniegas en las que Sarita, que así se llamaba la mocosa pervertida, no llevaba más ropa que unas encantadoras braguitas rosas, acertó a pasar por mi grandioso jardín, desnuda salvo por las braguitas, y lo hizo en un momento un tanto delicado, pues yo estaba jugando con mi pilila, esa extraña cosa que crece cuando se la manosea y produce un dulce gustirrinín. Claro, los niños, en su bendita ignorancia, no saben cómo aplacar esas ansias, esos calores, esas emociones que aumentan en intensidad por momentos, de modo que lo único que consiguen con sus caricias es sentirse más y más... inquietos, digamos. Así que llega Sarita estando yo sumamente "inquieto", y le digo:

- Sarita, ¿quieres jugar conmigo a los médicos?

- Vale, pero me tienes que hacer todo lo que yo te diga-. Me respondió la pequeña viciosilla.

Y eso hice. Ella me daba órdenes y yo las cumplía. Y al cabo de unos minutos se deshizo de sus bragas rosas y me mandó tocar... aquello.

¡Por las barbas del profeta! Qué cosa tan asquerosa, húmeda, pringosa y maloliente. Además se cerraba a mis dedos con un efecto como de ventosa. Daba hasta miedo, oye. Aquella tarde me juré que no querría saber nada más sobre mujeres y sexo en mi vida.

Y así fue... hasta que conocí a la Chari.


(Continuará)

El jardín de Víctor. (Tercera parte)

(Fragmento correspondiente a las dos entradas publicadas en Spaces el 5 y el 6 de Septiembre de 2006).

Era una madrugada como otra cualquiera, con la salvedad de que emitían una buena película pornográfica por televisión y, qué quieren que les diga, a mí las pelis guarras me chiflan, cuanto más sucias mejor, y si son de ésas en las que las mujeres hacen caca sobre los hombres ya es el acabóse. Así que me refocilaba yo viendo las evoluciones en la pantalla cuando llegó mi padre del bar, borracho como una cuba y con la peligrosa idea de que ese tipo de cine no es cosa buena para el cuerpo, y yo como el que oye llover, pero va el tío y apaga el televisor, y encima el muy iluso me dice que o me voy a la cama o me da de correazos, y por ahí sí que no paso. Miren ustedes, a mí se me pueden tocar las pelotas de muchas y variadas formas, pero que me vengan con chulerías... de eso nada, monada. A mí no se me pone farruco ni mi padre, vamos.

Cuando mi papi me salió con esa amenaza yo dejé de palparme la minglanilla para empezar a palpar la tensión que había en el ambiente, y ya sin poder aguantar más me lancé sobre él en forma de bolígrafo y con los ojos vueltos. Fue muy rápido, sólo un certero mordisco en el cuello y todo acabó. Había sido un mordisquito de nada, pero se conoce que acerté en mal sitio (o buen sitio, según se mire) porque empezó a echar sangre como un cochino y en cuestión de segundos feneció. (Fenecer, qué verbo tan bonito, caray).

A todo esto mi madre, que debió de oír algo, salió de sus aposentos y nada más ver la escabechina se puso a gritar como una jodida posesa. Intenté calmarla diciéndole que no pasaba nada, que papá había querido afeitarse, y claro, como llevaba una tajada de no te menees pues se había cortado, pero que estaba bien, sólo que le dio por dormir la mona en medio del salón y de su charco de sangre. La historia era cojonuda, pero mi madre, haciendo gala del proverbial instinto femenino, no tragó. Por consiguiente, hube de matarla. Bah, nada exótico. Le puse a modo de peineta el hacha de cocina usada para partir carne.

Y es que yo entonces no conocía aún el placer del homicidio entendido como arte creativo. De cómo llegué a ser un artista del asesinato les hablaré más adelante. Ahora, por mantener un mínimo de orden en mi relato, debo narrar las artimañas, triquiñuelas, trampas y mentiras de las que me serví para dar una explicación razonable al hecho de que mi querido padre ya no asomara por el bar para averiguar quién pagaba la borrachera, asunto éste de gran importancia que se resolvía mediante la justicia salomónica del dominó. Aunque tal vez lo más difícil fue explicar lo de mi madre. En realidad, la desaparición de mi padre encontró una explicación sencilla y definitiva:

En los pueblos pequeños el vicio del chismorreo es una institución, y todos tienen lo que podríamos llamar el chismoso oficial. Es algo así como un cargo honorario y quien lo ostenta suele estar orgulloso de ello. Si se quiere difundir una noticia en breve tiempo se recurre al teléfono, pero si se pretende propagar un rumor con la máxima urgencia es misión para personal cualificado, por eso me serví del especialista de Jamoncillo, al que todos conocemos -bueno, ustedes no lo conocen de nada- como Pepe Sietelenguas. Le conté una buena película:

"Terrible, tío, terrible, algo tope fuerte, colega, no veas. Cuando entra mi madre al dormitorio y se ve allí a la guarra aquella que lo único que llevaba puesto encima era mi padre, se puso a dar gritos y lo más flojo que dijo de mi padre es que era un mierdoso pichainquieta, y de ella... bueno, de ella ni te cuento lo que dijo, tío, que uno tiene su decencia. Después se puso toda hecha un nervio, y ya ni le salían las palabras. Sólo se le entendían cosas como 'mecagoenlomierdaquesemeneacabronzorra' y 'pijoflacidoquenoshostiaputalalechemariconazoquemamé'. Así que mi padre se ha ido a vivir con la medio dama ésa, que es rica, está rica y vive en tierras lejanas. O sea, que ya no veremos a mi padre ni en pintura. Mi madre está destrozada, como si le hubieran dado un hachazo en la cabeza, a la pobre mujer". Sietelenguas dijo por todo comentario:

- Vaya con el rompebragas de tu padre, y parecía gilipollas el tío.

Escasos minutos después en Jamoncillo no se hablaba de otra cosa. Pero si hasta me miraban con lástima.

El asunto "padre" ya estaba liquidado -¿captan el doble sentido?- .Quedaba pendiente el asunto "madre", mucho más complicado, y que hasta me obligó a poner en práctica mis dotes de actor y mi habilidad para imitar voces.

Tres días después del doble parricidio, mientras arrancaba malas hierbas en el jardín -¿saben que tengo un jardín fantástico?- se personó... ¿a que no lo adivinan? No, claro, qué coño van a adivinar si no la conocen. Pues se presentó Juana, íntima de mi madre.

- Hola, Víctor. ¿Cómo van esas flores?

- Pues mejorando, doña Juana, mejorando.

(Bastante mejor que tú, mala zorra).

- Me alegro, porque llevaban unos días feísimas.

- Se ve que entiende del tema.

(Tú sí que eres fea, so bruja).

- Veo que has removido la tierra...

- Sí, he estado abonando un poco.

- Pues cuando necesites ayuda no dudes en avisarme, Víctor.

- Muy agradecido. Espero que pronto contribuya a abonar mi magnífico jardín. ¿Y qué la trae por aquí, doña Juana?

-Ah, es que esta semana nos toca ver en tu casa "Lágrimas, Dinero y Halitosis", el culebrón de moda, ¿tú lo sigues? Es buenísimo; yo no lloraba tanto desde que atentaron contra Su Santidad el Papa.

Maldición, la cosa se ponía chunga, así que dije:

- Bueno, verá, me temo que hay un serio inconveniente. Mi madre se encuentra bastante mal. No sé si tendrá usted conocimiento de los graves problemas por los que estamos atrevesando debido a la traición de mi padre. La verdad es que a mi madre todo esto le está afectando demasiado, y no creo que esté con ánimos para culebrones.

- Ay, pobrecilla. Voy a pasar a verla, seguro que lo que ella necesita es comprensión femenina.

- ¡No, no, es que...!

Ya había entrado. La muy puerca había entrado sin dejarme explicar. Joder, pues sí que se estaba poniendo fea la cosa, sí. No obstante actué con presteza y eficacia. Sólo unos instantes de vacilación, pero inmediatamente esbocé un plan, y aunque quedaron algunos detalles en el aire no me preocupaban. Sería cuestión de improvisar.

Corrí hacia la puerta trasera mientras el enemigo se internaba en mi territorio. Penetré en la cocina cuando las tropas asaltantes aún avanzaban por el salón. Me armé con el cuchillo jamonero por si se aplicaba la Ley de Murphy y las cosas terminaban de fastidiarse. Entonces, damas, caballeros y demás seres humanos que no merecen tal distinción, hice una interpretación digna de un Oscar, con caracterización de voces incluida. Desde la cocina, poniendo una voz que sonaba exactamente como la de mamá, grité:

- ¿Eres tú, Víctor?

- No, Josefa, soy la Juana, vengo para...

- ¡No me importa a qué vienes! Quiero estar sola. Vete.

- Ni hablar, cariño, las amigas están para ayudarse. Antes de irme quiero estar segura de que estás bien.

Oí que la muy perra avanzaba hacia la cocina. Era cuestión de pensar con rapidez. No podía cargarme a otra persona cuando aún no había salido del embrollo de mis padres. Para darme tiempo dije:

- ¡No se te ocurra entrar en la cocina!

- Pero, ¿por qué no?- Quiso saber la pérfida, y yo, cosas de la improvisación en directo, solté:

- ¡Porque estoy cagando!

- ¡En la cocina!- Exclamó ella con algo así como un chillido. Aquel agudo grito se convirtió para mí en ácido que diluyó mis nervios de acero, y le respondí con una voz demasiado ronca para pertenecer a mujer alguna:

- Sí, cojones, sí, en la cocina. Cada uno en su casa caga donde se lo manda el puñetero esfínter.

- Vale, vale, ya me voy. Adiós.

- Una última cosa, entrometida del diablo: ¡No vuelvas más por aquí si yo no te invito!

Inmediatamente oí sus pasos en retirada. Dejé el cuchillo y me dispuse a llegar al jardín antes que ella. La vi aparecer acalorada y farfullando algo acerca de cierta gorda desagradecida.

- ¿Ha podido hablar con mi madre, doña Juana?

- Sí, y espero no volver a hacerlo en mucho tiempo.

- Ya le advertí que no estaba de humor últimamente.

- Pues dile de mi parte que no se moleste en venir a mi casa la semana que viene.

- Descuide, doña Juana, se lo diré.

Y así se marchó esa señora sin saber lo cerca que estuvo de colaborar en el abonado de mi jardín. Ah, por si no lo saben les diré que tengo un jardín que es la metapolla.

(Continuará)