AVISO PARA LECTORES: Esto es un blog de desahogo personal y en ningún caso las opiniones aquí vertidas se corresponden con la postura oficial del Vaticano. Leónidas Kowalski de Arimatea es un personaje ficticio, y los gatos que escriben sus textos no comparten necesariamente su comida. Los autores no tienen nada contra las mujeres, y por lo que a ellos respecta pueden seguir constituyendo asociaciones feministas para dar pena y mendigar subvenciones.

lunes, 31 de marzo de 2008

Y se quitó de fumar


La conoció allí, junto al estanque del agua verde y los peces naranjas, hace ya quince años exactos.

Hace más de trece años que no la ve, pero siempre, cada 31 de Marzo por la noche, Francisco vuelve al estanque y se deja acariciar por la brisa húmeda. Desde que la perdió no ha faltado nunca a esa cita secreta con el vacío, a esa reunión enfermiza con la nada. Cuando el amor de Ella se fue a ese lugar adonde van los amores que no pudieron ser, dejando a Francisco convertido en un muerto viviente, en un corazón que late sin saber para qué y sin ganas de seguir haciéndolo, la vida no ha sido nada hospitalaria para él. No quiso tener más amigos y se distanció de los pocos que tenía. No pudo divertirse, pero tampoco lo intentó, así que deberíamos decir mejor que no quiso divertirse. Bebía como un cosaco y fumaba como un carretero, deseando que así la parca lo encontrara pronto, siguiendo el rastro de alcohol y humo, ya que él no se había atrevido aún a forzar el encuentro más expeditivamente.

Francisco lo intentó todo para recuperarla, pero sólo llegó a saber -y esto tras gastar todos sus ahorros en detectives- que Ella vivía en otro país, con otro hombre, y que parecía feliz. Fue entonces cuando rescató de un baúl olvidado, lleno de trastos viejos, el revólver heredado de su padre. Cada 31 de Marzo Francisco se guardaba el arma cargada en un bolsillo de la chaqueta y volvía al estanque del agua verde y los peces naranjas.

A Francisco le dolía la vida. Soñaba con tener el valor suficiente para, algún 31 de Marzo, pegarse un tiro junto al estanque, caer muerto en el agua verde y ser comido por los peces naranjas. Cada aniversario llegaba allí, unos años borracho y otros sobrio, acariciaba amorosamente el revólver e incluso alguna vez lo amartilló, oyendo el clic con alivio -le atormentaba pensar que llegada la hora de la verdad fallara el arma-. Pero nunca se decidía.

Cada 31 de Marzo por la noche, Francisco volvía a su casa, llorando de rabia y sintiéndose el más pusilánime de los cobardes. Guardaba el arma y se despedía de ella diciendo: "A ver si el año que viene hay más suerte y me quito de fumar definitivamente". Y así año tras año, 31 de Marzo tras 31 de Marzo...

Hoy Francisco lo ha logrado.

Ha llegado, como cada noche de tal día como hoy desde hace trece años. Se ha plantado ante el estanque, con su desgarbada figura, las manos en los bolsillos de la chaqueta y una colilla humeando desde sus labios.

He visto el ascua de su cigarrillo apagarse y he sabido lo que vendría a continuación. Supongo que podría haber intervenido, pero... no lo he hecho.

Francisco ha escupido la colilla sobre el agua verde y decenas de peces naranjas han acudido a picotearla. Con la mano derecha ha sacado el revólver... que ha seguido el camino de la colilla. He oído a Francisco reír quedamente, y cuando ya se iba se ha vuelto de nuevo al estanque de aguas verdes, y sacando del bolsillo la mano izquierda ha arrojado a los peces naranjas un paquete de cigarrillos. Juro que cuando se ha marchado tenía un animado gesto que no le he visto en quince años.

Este 31 de Marzo, el muy jodío lo ha logrado. Y yo, pues bueno, no saben lo que me alegro por él.

sábado, 29 de marzo de 2008

¡¡¡COBAAAAAAAAAAAAARDES!!!


Sois una panda de tíos mierdas. Casi todos lo sois. Os encanta poner el grito en el cielo cuando se trata de ser políticamente correctos, y capaces sois de promover toda clase de campañas en defensa de cualquier gilipollez mientras sea bonita y no altere a nadie, pero a la hora de la verdad, a la hora de plantar los cojones encima de la mesa y gritar ¡basta!, os llega el canguelo. Me dais asco.

Todo esto viene por la entrada que publiqué ayer, sobre la película Fitna y tal. Ha acabado imponiéndose el miedo, la cobardía, la censura... Ahora ese cuarto de hora ya no es visible en la página LiveLeak, porque, según dicen los responsables, han recibido amenazas. Se acojonaron, los pobrecitos. Genial, punto para el fanatismo, que es precisamente lo que ese vídeo quería combatir.

Lo han logrado, esos cerdos lo han logrado. Ya ni siquiera podemos mostrar imágenes de los cuerpos descuartizados por el atentado del 11-M y mencionar la relación que eso guarda con el fanatismo islámico. No, hay que callar y mirar a otro lado, porque aquí no ocurrió nada, y los doscientos muertos nos los hemos inventado.

Me cago en todos vosotros. No tengo palabras para expresar el asco que os tengo. Menos mal que no tengo hijos, salvo a Gusifluky, que, casi con seguridad, no habrá de sobrevivirme. Asco de mundo, asco de gentuza cobarde.

Parece mentira. Tanta sangre derramada, tanto sufrimiento, tanta lucha, para que hoy, en el año 2008, unos salvajes nos pongan esparadrapo en la boca. Pero nos lo merecemos, claro que nos merecemos eso y más, por...



¡¡¡COBAAAAAAAARDES!!!
Y ahora, hijos de mala madre, seguid callando. No se os ocurra levantar la voz, que no tenéis vocación de mártires ni huevillos para hablar de aquello que no sea el último correo encadenado que os llegó de Jenny, vuestra prima, donde os comunica, muy alarmada ella, de cuántas maneras os van a robar la contraseña del programa Messenger.
Hoy, más que nunca, me apetece mandaros a todos a la mierda, pero antes, otra vez, dejad que os recuerde que sois unos...
¡¡¡COBAAAAAAAARDES!!!
(Agradeceré infinitamente que cualquier lector me indique cómo poder publicar, de nuevo, la película Fitna. Si es subtitulada o doblada al español tanto mejor, pero ya me da igual; como si está en chino mandarín)
Actualización: Ante las dificultades que encuentro para publicar una versión mejor, me quedo con ésta que encuentro en Youtube, aunque le faltan varios minutos. Me parecía increíble que Youtube la tuviera alojada y no me molesté en buscar, pero Supersantiego me ha sacado del error. Mientras dure, aquí la dejo:

Segunda actualización: Víctor me indica otra dirección que aloja el vídeo que tantos quebraderos de cabeza me está provocando. Espero que se mantenga quietecito ahí el dichoso vídeo, pero como soy lo más torpe que ha parido madre y no sé cómo incrustar el vídeo me conformaré, a mi pesar, con dejer EL ENLACE. Joer, a ver si así...

viernes, 28 de marzo de 2008

Fitna


Sabrán ustedes que un tal Geert Wilders, parlamentario holandés, ha realizado una breve película (quince minutos de duración) bastante crítica con el Corán. Se llama Fitna, que es una palabra árabe traducida como división o guerra en el seno del Islam, según leo en la Wikipedia.

Como era de suponer, el propio gobierno holandés se ha cagado de miedo ante lo que se le puede venir encima, temiendo que se repita algo similar a lo que ocurrió cuando el famoso asunto de las viñetas de Mahoma danesas. No sé nada del señor Wilders, no conozco sus motivaciones para hacer esa película ni sus tendencias políticas o religiosas. No tengo, por tanto, el menor interés en apoyarlo personalmente, sin embargo creo que el miedo al Islam (como a cualquier otra religión) y a las posibles reacciones violentas de la masa irracional no nos hacen ningún bien.

Contra quienes pretenden imponer su voluntad por la fuerza y mediante el miedo sólo queda gritar, por eso cuelgo aquí los quince minutos de la película Fitna. Me queda la duda de si no estaré ayudando a llevar a cabo alguna sucia maniobra por parte de Wilders, pero ante la duda he optado por poner mi granito de arena contra la sinrazón de los fanáticos religiosos. Mi intención no es -me gustaría que esto quede claro- provocar enfrentamientos, sino evitar el silencio cómplice, que facilita la labor de los que quieren imponer sus dogmas violentamente.

La versión que he encontrado está subtitulada en inglés, pero agradecería cualquier indicación para poder publicarla aquí en español.

martes, 18 de marzo de 2008

Pues a mí me da usted risa, señor Ansón


Me encuentro hoy con unos parrafitos de Luis María Ansón en El Imparcial, bajo el título "Me aburren los ateos". Viene a decir que los ateos somos obsesos y dogmáticos -tiene huevos que un beatillo llame dogmático a un ateo- y que es mentira que se esté perdiendo la religiosidad.

A mí este señor, el tal Ansón, me cae bastante gordo desde que le leí un libraco titulado Don Juan, libro del que se dice que es objetivo e imparcial, como se dice siempre de estos libros, y como si no supiéramos de qué pie cojea Don Luis María. Sin embargo fue más tarde cuando se me hizo realmente insoportable el personaje, al enterarme de que varias veces formó parte del jurado de
Miss España, ese concurso en el que un puñado de selectas putillas pugnan por demostrar quién es la más putilla. Patético el espectáculo de ver a un provecto miembro de la Real Academia Española haciendo de viejo verde, como si fuera Fernando Esteso, pero culto y más anciano, en una de aquellas películas de los setenta que tanto nos han avergonzado a dos generaciones de españoles.

Pues me sale hoy el evaluador de golfillas diciendo que le aburren los ateos. Me parece muy bien, pues no creo que en las intenciones de ningún ateo esté incluida la de entretener a este señor, que para bufones ya están él y su recua de misses. Lo que no me parece tan bien es que entre la sarta de tonterías que contaba hoy Luis Mari se le haya colado ésta:

"Pero también es verdad que todos los templos españoles se abarrotarán, sobre todo de gente joven, durante los oficios de Semana Santa".

¿Sobre todo de gente joven, dice usted? Pues me va a perdonar, pero yo eso si no lo veo no me lo creo. La falta de fe del aburrido y dogmático ateo, ya sabe.

Hoy se ha cubierto usted de gloria, campeón.


Leónidas K. de A.
del Real Diario de un Cabeza de Chorlito

lunes, 17 de marzo de 2008

Estimada persona lectora de este blog...


Me hace gracia -cuando no me encabrona- esto del lenguaje no sexista, igualitario y megaprogre.

Hace unos días me dejé enredar por cierta personita para presentar una solicitud de participación a la Oficina del Voluntariado de la Expo de Zaragoza. Tres semanas haciendo el cimbel lejos de mi vida me pareció una idea atrayente, y así, ya de paso, le doy la oportunidad a Marta Marmota para que me parta la cara, que sé que me tiene ganas por mis entradas misóginas. Pues bien, hoy he recibido un correo de la mentada Oficina para preguntarme si quiero recibir la formación básica mediante el sistema on-line (curiosamente no se me propone un medio alternativo, así que he interpretado el mensaje así: "O recibes la formación on-line o no hay formación que valga". Evidentemente les he respondido que estaré encantado de recibir la formación, on-line o como a ellos les dé la gana).

El caso es que me he reído un rato, unos dos segundos aproximadamente, con el encabezamiento de la misiva, que dice así:

Estimada persona voluntaria

Es que algunos son la hostia con el cuidadito que ponen en ser paritarios... que, dicho sea de paso, no viene de paridad, sino de soltar paridas. Un sencillo "estimado voluntario" podría soliviantar a las feminiotas, deben de haber pensado estas personas gestoras de la Oficina del Voluntariado. Y ya ven cómo lo han arreglado.

¿Pues saben qué les digo?, ¡que no estoy contento y que me parecen unos bastardos sexistas! Yo, puestos a ser retorcidos, exijo ser un estimado persono voluntario. Ea. De todos modos, ante todo, quiero ser dialogante con talante (y ya me pueden dar por detrás y por delante), por lo que propongo otros encabezamientos a los correos que la Oficina del Voluntariado envíe:

Estimado ser humano -sin importar sexo- voluntario. (Esta versión es muy elocuente. Tiene carácter).

Estimado o estimada homo u homa sapiens sapiens voluntario o voluntaria. (Esta forma suena científica, aunque eso de homa... no sé yo).

Estimado/a sr./a. voluntario/a. (Un clásico de la tontuna).

Anda y que os den, gilipollas. O gilipollos.

domingo, 16 de marzo de 2008

Yo condeno


Yo, Leónidas Kowalski de Arimatea, en el papel de fiscal, propongo condena para:

Todos aquellos que presumen de su astucia para evadir impuestos.


Los gobernantes que se venden promoviendo leyes ventajosas para el rico.

Los compañeros que me echan a perder el café a las diez y media de la mañana debatiendo sobre si tal club de fútbol hizo bien comprando o vendiendo a tal jugador (qué triste es veros en ese ridículo simulacro de millonarios, y no digo nada de las connotaciones esclavistas).

Esos vendedores de misterios que se enriquecen a costa de fomentar la ignorancia.

Quienes pervierten la autoridad para humillar.

Las mujeres que hacen de su sexo una profesión.

La gente que guarda silencio cuando debe señalar una injusticia.

La gente que grita cuando debe callar.

Las personas que se llenan la boca apelando al compañerismo y traicionan a los compañeros.

Los bocazas que hablan mucho y no dicen nada.

Los dirigentes que mandan a matarse a sus seguidores y no se atreven a empuñar un fusil.

Todos quienes cogen un fusil sin hacerse preguntas.

Los traficantes de influencias.

Quien me robó tres libros en un autobús mientras yo tomaba café.


Los políticamente correctos, más preocupados por las apariencias que por la sinceridad.

Esos jefes que no me devuelven el saludo.

Los chivatos.

Los pelotas.

Los cocorocos, los calandracas y los wakiflakis que -¡malditos hijos de puta!- declararon la guerra a los gusiflukis.

Finalmente me condeno a mí mismo por algunas de todas estas razones y por otras que me callo.

viernes, 14 de marzo de 2008

Guerra en Mundoguay

Versión leída por Gusifluky, para esos lectores vagos:


Versión para personas normales, o para los vagos que no tengan altavoces:


Al principio todo era perfecto en Mundoguay. Los gusiflukis que allí habitaban eran guapos, sanos y felices, y se dedicaban mayormente a la cría del mucangrio doméstico (Mucangris Patidifusae). Luego todo se complicó.

La primera señal de alarma llegó cuando recibieron un mensaje del Gran Visir de los cocorocos. La nota oficial, escueta y amenazante, decía así:

"Los cocorocos declaramos la guerra a los gusiflukis porque somos así de chulos, y ya está.

Os vais a cagar.

Fdo: Alfandrake Rustiok, Gran Visir de los cocorocos".

Los pacíficos gusiflukis, nada duchos en las artes guerreras, pidieron ayuda a los wakiflakis. Estos respondieron con el siguiente mensaje:

"Debemos desestimar y desestimamos su solicitud de ayuda. Los cocorocos nos propusieron antes que ustedes una alianza y la hemos aceptado gustosamente para poder violar a las hembras gusiflukis, que están de toma pan y moja.

Os vais a cagar, dos veces.

Fdo: Rubinska Kirinsky, Presidente de los wakiflakis".

Desesperados, los gusiflukis recurrieron a los calandracas aunque en todo Mundoguay eran despreciados por oler mal. Los calandracas tardaron en responder, pero cuando finalmente lo hicieron fue para decir:

"Tras mucho darle vueltas al asunto hemos logrado marearlo, en consecuencia nos aliamos con los cocorocos y con los wakiflakis porque son más que vosotros y porque van a ganar la guerra. En el impensable caso de que la perdieran esperamos que nos perdonéis y nos consideréis de nuevo vuestros hermanos. Mientras tanto estamos del lado de vuestros enemigos.

Os vais a cagar, tres veces.

Fdo: Ñulky Trulky, Caudillo de los calandracas".

Aunque aterrados, los pobres gusiflukis se enfrentaron al enemigo con tenacidad y con el firme propósito de defender su estilo de vida. La batalla fue inconmesurablemente chunga. Gracias a su inquebrantable voluntad, los gusiflukis pudieron resistir algo más de dos minutos.

Cuando los lamentos de los heridos se silenciaron, cuando el eco de los cañonazos se extinguió, cuando todo acabó, el espectáculo era dantesco. También podría haber sido una escena infernal, o un paisaje desolado, pero esta vez fue un espectáculo dantesco, y si no les gusta se van ustedes a otro blog.

Los mucangrios (Mucangris Patidifusae) corretearon despavoridos por Mundoguay hasta que fueron exterminados por la alianza de cocorocos, wakiflakis y calandracas.

Hoy en día:

Se considera a los mucangrios especie extinguida.

Alfandrake Rustiok, Ex-Gran Visir de los cocorocos, ha pegado un braguetazo casándose con una prostituta muy cotizada y ahora se dedica a sus labores.

Rubinska Kirinsky, Ex-Presidente de los wakiflakis, se ha dado a las drogas y prostituye a su hija de quince años para pagarse su dosis diaria.

Ñulky Trulky, Caudillo de los calandracas, acaba de morir apestado por el hedor de sus propios pies, pero antes dirigió y presentó bajo pseudónimo un programa televisivo.

Entre los gusiflukis sólo hay un superviviente, que para pasar desapercibido se hace llamar Gusifluky. Vive enclaustrado en un piso de San Fernando (Cádiz, España), junto a un humano que se dedica a escribir disparates y publicarlos en Internet.



miércoles, 12 de marzo de 2008

La amante de David


Beretta lo miró con su único ojo negro y le preguntó:

-¿Estás seguro, David?

-No, por eso vamos a hacer esto deprisa. Además, no quiero preguntas de última hora. Ya lo hemos hablado.

-Pero...

-¿No me oyes? Joder, déjame en paz, no quiero más preguntas, ni busco más respuestas. Acabemos ya, por favor.

Beretta se acerca a David. Intenta besarlo en la boca pero David la lleva a su sien. Se acabaron los besos, y además así es más seguro. David empieza a presionar con el índice de su diestra cuando surge la última queja:

-¡Piénsalo, por favor, piénsalo! Tenemos toda la noche. Acabémonos juntos la botella de whisky y hablemos sobre esto. Deja que salga el sol y vuelve a mirarme -y añade Beretta llorando-: ¡Me verás diferente entonces!

Es tarde. David no quiere más amaneceres, más botellas, más noches de llanto frente a Beretta... Aumenta un poco más la presión de su dedo, y los vecinos se despiertan por el estampido, que suena como un NO rotundo.

El aliento metálico de Beretta perfora el cráneo de David, licua su cerebro y esparce buena porción sobre la pared. Pena de cuadro, pensará la esposa de David, ¡con lo que costó!

David cae al suelo, convulsionándose y salpicando sangre. Pena de alfombra, pensará la esposa de David, ¡con lo que costó!

La pistola Beretta queda en la cama, llorando finas volutas de humo por su único ojo negro, manchando de aceite el edredón... ¡con lo que costó!

martes, 11 de marzo de 2008

Juncal del Hoyo y su padre


Juncal del Hoyo (nombre ficticio) era un compañero extraño. A veces tan dulce y mimoso -nunca conmigo- que llegué a pensar por momentos que era homosexual. Son prejuicios, lo sé, y ahora ya tengo la suficiente experiencia en la vida como para haber desechado esos juicios simplones, erróneos, y además innecesarios. Por cierto, era uno de los mejores compañeros que tuvimos los químicos artificieros de la decimoséptima promoción del Instituto Politécnico Nº 2 del Ejército.

Juncal nunca se enfadaba en serio ni era capaz de guardar rencor. Muy infantil para ciertas cosas, pero muy maduro para otras que descubrí en tercer curso. Por cercanía alfabética de apellidos Juncal y yo compartimos camareta durante gran parte de aquellos tres años de internado militar, y a pesar de ello nunca fuimos amigos. Hoy lo lamento. Él iba por su camino y yo por el mío. Éramos tan diferentes...

Juncal era un caso raro en el Politécnico. Su padre era ingeniero de cierta empresa aeronáutica, lo que convertía a Junqui -soy dado a los diminutivos acabados en i o en y, cada cual tiene sus ñoñeces- en algo así como un niño pijo, pero él no permitía que eso lo distinguiera de los demás. Jamás hizo ostentación de nada.

Un día, mientras estábamos de prácticas en el laboratorio, el Teniente Cerdán, nuestro tutor, lo llamó a solas. Al cabo de un rato Juncal volvió con los ojos húmedos y nos explicó que su padre había sufrido un infarto y estaba en coma.

Pasaron un par de meses en los que Juncal siguió siendo el de siempre. Pasaron un par de meses en los que se impuso la orden nunca dictada de no preguntar por el padre de Juncal.

Una mañana, tras sonar diana y escuchar por megafonía la atronadora voz del sargento de cuartel -¡Venga, en pie, que salgo de la oficina y me lío a pedir notas!-, el sargento añadió algo más con otra voz:

-Juncal del Hoyo... Juncal del Hoyo... Preséntate en la oficina urgentemente.

Juncal se vistió muy deprisa, como siempre. Hizo su cama y fue a la oficina. Unos minutos después todos los químicos, junto a los administrativos y algunos electrónicos, bajábamos de la tercera planta para asistir a la formación y recuento ante las puertas del enorme comedor donde más de mil personas nos alimentábamos. A la altura de la segunda planta, donde estaba la oficina del sargento de cuartel, Juncal se incorporó al río humano. Ya he dicho que no éramos íntimos, pero nadie parecía entender el significado de aquel requerimiento intempestivo ("preséntate urgentemente en la oficina", a las siete de la mañana), así que, temiendo lo peor, me las arreglé para llegar hasta él y le pregunté qué le habían dicho. Lo estoy viendo ahora. No me miró, sólo dijo, con toda la naturalidad del mundo:

-Pues nada, me han dicho que ha pasado lo que tenía que pasar.

No hubo lágrimas. Nada de aspavientos. Sólo la constatación desapasionada de la inevitabilidad. Supongo que después Juncal, ese adolescente mimoso, lloró a solas, donde y cuando nadie lo pudo ver. Sin consuelo.


Sin palmaditas en la espalda.

Con un par de cojones.

lunes, 10 de marzo de 2008

El que blasfemare...


Virgen santísima, cómo las gastaban nuestros abuelos.

Las sevicias que a continuación publico están extraídas de las Reales Ordenanzas de Carlos III, vigentes desde el año 1768 y hasta 1978 (aunque algunos de sus artículos fueron derogados a medida que la sociedad se iba haciendo más culta), año en que entran en vigor las
actuales Reales Ordenanzas (radicalmente diferentes a las de Carlos III, a pesar de lo cual ya están desfasadas por el rápido proceso de modernización de nuestros ejércitos):


Blasfemias

El que blasfemare el santo nombre de Dios, de la Virgen, o de los Santos, será inmediatamente preso, y castigado, por la primera vez con la afrenta de ponerle una mordaza dentro del Cuartel, por el término de dos horas por la mañana, y dos por la tarde, en ocho días seguidos, atándole a un poste; y si reincidiere en esta culpa, se le atravesará irremisiblemente la lengua con un hierro caliente por mano del Verdugo, y se le arrojará ignominiosamente del Regimiento, precediendo Consejo de Guerra.

Robo de Vasos Sagrados

El que robare, ocultare maliciosamente, u ocasionare que otro robe Custodia, Cáliz, patena, Copón, o cualquiera otro Vaso Sagrado, así en Paz, como en Guerra, y tanto en mis Dominios, como en Países Estrangeros, o de enemigos, será ahorcado, y descuartizado; y si por las circunstancias que huvieren intervenido en el hurto, se verificare haverlo ejecutado con profanación del Santísimo Sacramento, serán quemados (después de ahorcados) los delincuentes en tan enorme delito, en cualquiera número que fueren sin que les releve de esta pena el raro accidente de que no sean Catholicos; pues teniendo prevenido, que no se admita en mi servicio Soldado, que no sea Catholico Apostólico Romano, es mi voluntad, que el que se delata, o se averigue ser de otra Religión, en el caso de hallarse reo, padezca (sin excepción) el castigo, que para el crimen en que incurriere, prescriben mis Ordenanzas.

Ultrage a Imágenes Divinas

El que con irreverencia, y deliberación conocida de desprecio, ajare de obra las Sagradas Imágenes, Ornamentos, o cualquiera de las cosas dedicadas al Divino Culto, o las hurtare, será ahorcado.

(Aquí más).



Y digo yo: ¿Qué pasa con el perdón, con la piedad, y con esas otras virtudes magnánimas que, al menos en teoría, promueve la religión cristiana? ¡Cuánta hipocresía y cuánta irracionalidad! El día en que la humanidad se desembarace de este lastre religioso qué libres seremos, qué sabios, qué grandes...


domingo, 9 de marzo de 2008

El accidentado voto del señor Kowalski


Hoy, a mis treinta y dos tacos, he votado por primera vez.

Hasta ahora había pasado de rollos, inánime por el mayor desprecio a nuestra clase política. Fue una conversación con Lola la que me hizo ver que se podía hacer algo, y eso he intentado hoy. Pues eso, lo he intentado.

Eran las seis y media de la tarde cuando he decidido salir en busca de mi colegio electoral. Para ello convenía quitarme el pijama previamente, y así lo he hecho. Después me he puesto a hacer caca, llevándome el libro que es preceptivo llevarme para esos momentos. Fue una mala decisión, porque andaba leyendo "El cerebro nos engaña", de F. J. Rubia, que es un coñazo inaguantable, pero resulta que ya estaba al final del libro, cuando se habla de la epilepsia, de las drogas alucinógenas y de la relación de todo esto con la religiosidad. O sea, que me he enganchado, porque es lo único interesante de este puto libraco. Así que ahí tienen a Leónidas, con los intestinos descargados y sentado en el trono, leyendo y leyendo.

Al terminar el libro me he dado una ducha. Después he buscado mi teléfono móvil para saber qué hora era (en mi casa sólo hay dos relojes: el del ordenador y el del teléfono móvil). Al descubrir que mi móvil estaba sin batería he puesto en marcha el ordenata. Mi ordenador está hasta arriba de virus y otras porquerías (es lo que pasa por ser un pornógrafo), así que tarda un huevo y medio en iniciarse. Mientras tando fui a vestirme.

Encontré un par de zapatos que no estaban demasiado rotos y un par de calcetines que había dentro de ellos. No me molesté en buscar calzoncillos y me fui directamente en busca de unos pantalones. Todos estaban demasiado sucios, y los que no estaban sucios estaban desgarrados por la entrepierna (yo es que tengo unos cojones que no me merezco). Tentado estuve de ponerme un chándal del ejército, pero eso me habría obligado a desechar los zapatos y buscar unas zapatillas deportivas, que uno será un desastre, pero tiene cierto estilo dentro del desastre, y las zapatillas de deporte las tengo todas en el cuartel. Opté, finalmente, por ponerme unos pantalones desgarrados por la huevera, prometiéndome a mí mismo que no me sentaría frente a nadie. Ponerme un jersey tampoco fue cosa sencilla, pues hube de buscar por el suelo hasta dar con algo decente, y les aseguro que buscar entre las montañas de ropa sucia que jalonan mi hogar no es cosa baladí. Tras mucho revolver ropa di con dos prendas aceptables: la primera fue descartada al comprobar que Gusifluky se había meado en ella, y la segunda fue la escogida, a pesar de las sospechosas manchas blanquecinas que la adornaban, como recuerdo de una paja que me hice algún día. Me fui a la cocina y derramé abundantemente ketchup sobre las manchas de semen reseco, porque prefiero que me llamen guarro a que me llamen guarro onanista.

Tras estas maniobras indumentarias fui al ordenador para consultar la hora. ¡Coño, eran las siete y cuarto! Sólo quedaban tres cuartos de hora para el cierre de los colegios electorales. Esta escasez de tiempo no hubiera sido un problema... si yo hubiera sido una persona normal que sabe dónde ha de votar. Ahora ponte a buscar el colegio. Llevo diez años en esta ciudad, pero sólo dos y medio empadronado en ella, y siempre me muevo en taxis cuando quiero llegar a cualquier sitio que no me suena, con lo cual no me preocupo por la manera de llegar a ninguna parte, ni por memorizar el nombre de las calles. Colegio Erytehia -o algo así-, sección 11, mesa B, según reza mi tarjeta electoral. Busca, Leo, vamos, busca, perrito bueno...

Antes de salir de casa consulto por Internet un plano de mi ciudad. El plano es una mierda, pero me da cierta idea de dónde estoy y de hasta dónde debo llegar. Salgo de casa. Tras caminar un rato me doy cuenta de que he olvidado en casa la tarjeta electoral donde aparece el nombre de la calle a la que me debo dirigir. Sé que es "Pintor no sé qué", pero recuerdo que en el plano aparecían cuatro calles de pintores, así que decido volver a casa y recuperar la tarjeta, por si me pierdo.

Recojo la tarjeta que me enviaron de la oficina censal y vuelvo a la calle. Intento orientarme y tras caminar durante un rato pregunto a un grupo de adolescentes que están de botellona:

-Disculpad, ¿podrías decirme cómo llegar al colegio Erytehia?

-Sí, ompare. Sigue como va y tra ese edifisio blanco tiene el colegio, pisha.

-Vale, gracias. ¿Y qué hora es, por cierto?

-Po mira, pisha, son la osho meno die.

¡Maldición! Las ocho menos diez y yo sin encontrar el colegio electoral. Minutos después encuentro a una chica paseando a un perro pequinés. La chica lleva como treinta "pirsins", cuarenta "tatus" y tres o cuatro relojes en cada muñeca. Le pregunto si voy bien para llegar al colegio de marras, y me dice que sí, que está ahí al lado. Se me ocurre preguntarle por la hora, y ella me dice que no tiene hora.

-¡Pero cómo! Niña, llevas ochocientos relojes encima.

-Sí, pero no funcionan. Los llevo por estética.

Echo a correr y me detengo cuando oigo la voz de la chica, que dice:

-¡Espera! Tengo un reloj que si lo meneo se pone a funcionar y a lo mejor...

No la dejo acabar. Reinicio mi loca carrera y llego, al fin, al puto colegio de los cojones. En la puerta está Manolo Benavides, ya es mala suerte. Manolo ahora es policía, pero nos conocemos desde que ambos coincidimos en el ejército.

-¡Tío! ¡Estás más gordo, cabrón!

-Hola, colega. Oye, mira que tengo que votar...

-¡Me cago en tus muertos! ¿Sigues escribiendo ese blog de mierda que no lee ni dios?

-Ey, Manolito, que tengo que votar. Hablamos luego si quieres.

-Pero qué maricón que eres, jodío. Oye, ayer vi a la tía esa tan buena que te follabas...

-¿Cuál, la Yoli?

-No, hostias, la otra. Esa que se había follado todo dios y que te cogió de pardillo y se quería casar contigo...

-¡Ah, sí, la puerca de la Sonia!

En fin, que nos enzarzamos en profunda conversación metafísica, hasta que llegó una niñata y dijo a Manolo:

-Disculpe, agente, hay que cerrar las puertas, que son las ocho.

Cómo me joden a mí los niñatos a los que dan un carguito, en este caso de presidente de mesa electoral, y se creen alguien. El caso es que se ha cerrado la puerta del colegio, y entonces dije yo, presa del terror:

-¿Y ahora qué pasa conmigo? ¿Ya no puedo votar?

-Na, hombre, tú estás dentro del cole y tienes derecho a votar. Lo dice la Ley Electoral.

Me metí en una de esas cabinas y escogí un montón de sobres y papeletas, que con eso de la coincidencia de las generales y de las autonómicas en Andalucía la cosa ha sido un follón. Busqué mi sección (la once) y mi mesa (la B), y me dispuse a votar.

Fue entonces cuando caí en la cuenta de que había olvidado mi cartera, con el DNI dentro.



(Bah, que es broma, que voté sin novedad. Gran parte de lo que se relata aquí es bromita, pero sólo una gran parte).

sábado, 8 de marzo de 2008

A esta entrada tampoco me sale de las pelotas poner título


Jugaba en la entrada anterior con la idea de palmar y no enterarme, vagando por la vida sin ser consciente de estar muerto. Evidentemente sólo estaba jugando con la imaginación, pero es que este asuntillo de la muerte y su relación con las bitácoras que escribimos me está dando qué pensar. Creo que la culpa es de Sergio, que murió sin avisarnos (aunque en realidad todo su blog era una advertencia), y MO y yo seguíamos preguntándonos por él meses después de su muerte. En una novela de Javier Marías el autor hace una interesante reflexión sobre eso de los muertos y sus conocidos que aún no se han enterado del fallecimiento. Ni recuerdo la novela (aunque hay muchas papeletas para que sea Mañana en la batalla piensa en mí) ni recuerdo la reflexión, pero sé que me gustó. Vaya un asco de lector estoy hecho, ¿de qué me sirve leer textos que me gustaron si no puedo recordar qué decían?

Bueno, sigo con lo mío:

Ahora sólo unas pocas veces al año me veo en esos trances, pero hubo un tiempo en que trabajaba casi todos los días metiendo mano a ingenios diseñados para destruir, descuartizar, mutilar, matar. Mi jefe directo disfrutaba con la especialidad que teníamos, y a mí también me fascinaba todo lo que él me estaba enseñando. Fue una extraña relación la de este hombre y yo. Apenas sabíamos nada el uno del otro en cuanto a nuestras vidas privadas, sin embargo formamos un buen equipo en el tajo, con bastante complicidad silenciosa, lo que facilitó que lleváramos a cabo algunos trabajos que no puedo contar aquí, pero que sin duda fueron los que más me enseñaron. En aquellos tiempos viví experiencias que me hacían pensar constantemente en la posibilidad de morir por una explosión, y me preguntaba entonces si sentiría algo o no habría tiempo para ello, y, sobre todo, me preguntaba si llegaría a ser consciente de que me moría.

Una década después y llevando una vida profesional mucho más segura (a aquel jefe lo vi por última vez hace más de diez años, con una pistola humeante en las manos tras haber vaciado el cargador sobre los trofeos y cuadros que adornaban un bar), me sigo haciendo preguntas sobre mi muerte, aunque ahora son diferentes.

Es muy posible que Leónidas Kowalski muera antes que yo, quizá algún día mate a ese cabroncete. Créanme que ganas no me han faltado en muchas ocasiones, pero, ¿y si yo muero antes? ¿Qué pasará con Leónidas? ¿Alguien sabe decirme si los blogs inactivos durante un tiempo desaparecen? ¿Quedará, en caso contrario, el Diario de un Cabeza de Chorlito amueblando la Red hasta que todo se vaya al carajo?

Se me ocurre que estaría bien confiar mi contraseña a alguien, para que sea él quien escriba la última entrada de este blog. ¿Recuerdan cuando yo hablaba de mis tres o cuatro lectores?, pues ahora son unos cuantos más. No muchos, tampoco se crean, pero sí muchos más de los que esperé al principio. A mí me gustaría que sepan que he muerto, porque si no... no sé, sería como tenerlos engañados o algo así.

Dándole vueltas a este asunto creo que debería buscar a alguien responsable, buen amigo, que me conozca personalmente y que sepa mantener su palabra. Además ha de tener el talento necesario para escribir mi epitafio bloguero con humor, sensibilidad, respeto y franqueza. Y creo que tengo a la persona adecuada, soy un tío afortunado.

Sí, tengo que darle mi contraseña al puto gordo. Por lo que pueda pasar.

viernes, 7 de marzo de 2008

No tengo ganas de poner título a esta entrada


Les decía en la anterior entrada que no puede quedarle mucho tiempo a mi abuela. Cualquier día me llamarán para decirme que ha muerto.

Y después me tocará escribir una entrada que no quiero escribir... como tantas otras que ya han sido escritas, y como tantas otras que se irán escribiendo, hasta que este blog se muera, o hasta que me muera yo y sea otro el que escriba la última entrada del Diario de un Cabeza de Chorlito, para comunicar mi muerte... O no, porque nadie conoce la contraseña para entrar aquí, y cuando me muera nadie podrá escribir mi epitafio como última y definitiva entrada. Las contraseñas nos las llevamos con nosotros, por eso nadie publicó en este blog que Sergio había muerto, y por eso me enteré tarde.

Tarde, siempre me entero tarde de todo. Igual un día me muero y no me entero a tiempo... Imagínense el problemón: yo andando por ahí, como si nada, jugando con Gusifluky, escribiendo aquí mis paridas, amando a gente que no lo merece, despreciando a personas estupendas, odiando a todos los que odio, sin saber que ya estoy muerto y que he perdido el derecho a sentir. Menuda jodienda cuando me descubra la policía de la vida y me pidan los papeles, la licencia de vida, la patente de existencia o lo que coño me pidan, y yo busque en la cartera, cada vez más desesperado, sin encontrar la documentación requerida. En algún momento se agotará la paciencia del policía vital, me mirará a los ojos y dirá, despiadado y burocrático:

-Caballero, está usted muerto. Acompáñenos, por favor. Mejor para todos si no opone resistencia.

Me llevarán a un lugar oscuro, me despojarán de todo, y entonces, siguiendo con el formalismo, me advertirán protocolariamente:

-Ahora tiene usted derecho a recordar algo, durante no más de cinco segundos. Después dejará usted de existir. Proceda. El tiempo empieza YA.

¿Y saben qué es lo más triste?, ¡QUE SÉ A QUIÉN RECORDARÉ Y NO SE LO MERECE!

La nena


Se llama Carmen, tiene 92 años pero en su barrio la conocen como "la nena". Es curioso esto de los motes de pueblo que permanecen así pasen... noventa y dos años. Carmen, La Nena, es mi abuela paterna.

La he visto hace unos días. Ella a mí me ha intuido más que visto. La he escuchado y le he gritado para hacerme oír. Dice que está mal, que no ve ni oye, aunque he comprobado que su apetito se mantiene juvenil. La contemplé mientras cenaba un plato de hervido, muy típico en Murcia, y después un segundo plato de trozos de pechuga de pollo con tomate, todo bien aderezado de mil pastillas para toda clase de males y férreamente controlado por mi tío Juan Antonio. Luego mi tío le sirvió un vaso de leche caliente con galletas, y le preguntó a gritos que cuántas galletas quería con la leche. Yo esperaba que mi abuela respondiera que dos o tres.

-No muchas -dijo mi casi centenaria abuela-, seis o siete.

Mi tío y yo nos reímos con ganas, felices de ese apetito gargantuesco, aunque la Nena no nos pudo oír. Le dije a mi abuela que una de sus cenas es lo que me da a mí para alimentarme durante dos días enteros, pero creo que no me oyó. Nos ha jodío, la vieja.

La Nena ha estado a punto de irse en más de una ocasión. Hace un par de años le perforaron el cráneo para drenar no sé qué líquido, y ella se quejaba porque le habían afeitado la cabeza. La estética es importante y el sufrimiento un estorbo, o algo así diría uno de los cínicos personajes de El Retrato de Dorian Grey, con el cual, por cierto, estoy de acuerdo, aunque me llamen ustedes superficial.

¿Saben una cosa? Hay una persona que quiere que me lleve mal con mi abuela, pero no va a poder ser, porque cuando esa persona me faltó (y fueron muchas veces y durante largos períodos) siempre estuvo ahí mi abuela, cubriendo su lugar. Y yo esas cosas no las olvido.

Algún día se me marchará la abuela siguiendo a su marido, y ese día me llamarán al teléfono y yo, como acostumbro, no cogeré la llamada. Me enteraré tarde, siempre me entero tarde de todo. Sólo espero que llegado el momento me dé tiempo de asistir al entierro, al menos eso. No sé, cuestión de lealtad, supongo.



jueves, 6 de marzo de 2008

¿De qué te ríes, malnacido?


Podría ser una entrada seria, meditada, con sesudas suposiciones sobre el porqué del maltrato a los gatos... pero no va a ser nada de eso:

Eres un hijo de puta, así de claro te lo digo. Me dicen que te llamas Jaime Ferrero y que tienes veleidades políticas. Me da igual cuál sea tu nombre y lo que vayas a hacer con tu vida, y en cualquier caso lo que has perpetrado es igualmente repugnante te llames como te llames y te dediques a lo que te dediques, aunque me temo que ya se te han acabado las aspiraciones políticas, puto psicópata de mierda.


Se te ve tan sonriente, tan contento, tan feliz en esas fotos... Qué enternecedor. Dan ganas de abrazarte, muchacho, para darte un buen rodillazo en los huevecillos y después, mientras te doblas de dolor, abofetearte con la mano abierta, como se ha de golpear, llegado el caso, a los afeminados que no pueden encajar un puñetazo.


Quieres mandar en tu tierra, quieres ser "alguien", quieres destacar... Lo último lo has conseguido sobradamente, repulsivo miedica, pero me parece a mí que tu familia no va a estar muy orgullosa de ti. Eres la vergüenza de un país, una ignominia para tus abuelos, una deshonra para tus padres, una infamia para tu tierra y una vileza para los ya de por sí viles políticos. ¡Eres indigno de que mi gato se cague en tus cenizas!



Jaimito, en el improbable caso de que recaigas por aquí y te sientas ofendido, botarate cobardón, a lo mejor tendrás la necesidad de pedir resarcimiento como no hace mucho lo hacían los caballeros. Para ello tienes a tu disposición mi correo electrónico en "A propósito de Leo...". Qué gustazo que te pusieras en contacto conmigo, y así, entre tú y yo, hablaremos de esto más de cerca. Cuanto más de cerca, mejor, que me muero de ganas por darte mis señas y a continuación las dos hostias que te mereces, sádico gallina. No temas de mi fuerza, que soy poquita cosa como tú, pero te juro por mis muertos que te lo voy a poner más difícil que esos gatos, canalla.

Hoy llora el pequeño Gusifluky... y nos mira a todos con desconfianza.

Gracias a Tesa y a Jotica, gatófilos, que se acordaron de mí cuando se enteraron de esta sevicia y me pusieron en alerta. Más información aquí: uno, dos, tres, y mucho más si se molestan en buscar.

miércoles, 5 de marzo de 2008

Aquella rosa roja


Creo que fue en 1995, y sé que fue en Almería. El joven cabo Leónidas Kowalski está trabajando con un equipo de soldados en un depósito de munición. Recuento de pilas, comprobación de lotes, actualización de fichas, registro de temperaturas (máxima y mínima en las últimas veinticuatro horas), registro de humedad relativa... en fin, esas tareas que son la parte aburrida del trabajo del artificiero. Entonces aparece un soldado de la guardia de seguridad, que dice:

-Mi cabo, que lo buscan en la puerta del Polvorín.

-¿A mí para qué? Ahora no puedo ir, que estoy ocupado. ¿Quién me busca?

-No sé. Un tío civil que trae una rosa, y dice que se la tiene que entregar a usted.

Entonces caí en la cuenta. Claro, era el puto 14 de Febrero, y Chari era mucha Chari. Imaginen el cachondeíto entre los soldados, "uy, mi cabo, qué bonito eso de que le regalen flores..." Pero yo no podía dejar a medio lo que estaba haciendo, ni podía dejar toneladas de explosivos al cuidado de cualquiera, así que, rojo como mis galones dije:

-Bueno, que entreguen la rosa al soldado de plantón en puerta, que ya la recogeré yo. Ahora no puedo.

Y dicho esto seguí a lo mío, "ciento veintidós empaques, a mil cartuchos cada uno, son ciento veintidós mil cartuchos, más un pico de trescientos setenta y cinco hacen un total de ciento veintidós mil trescientos setenta y cinco cartuchos de 7´62 x 51 mm., ordinario, lote SB-03-88..." Así pasó más de una hora, hasta que acabé la faena en los depósitos de munición y volví a la zona de vida del Polvorín. Entonces me encuentro con el Alférez jefe interino que me ordena ir a la puerta del Polvorín porque (aún) hay alguien esperándome.

Llego a la puerta, donde el soldado de plantón conversa con un señor que sostiene una rosa roja delicadamente envuelta. Me presento, se me entrega la rosa, doy las gracias, y muerto de vergüenza me retiro. Horas más tarde, cuando se me pasó el sofocón, caí en la cuenta de que no había dado una mísera propina al señor de la floristería que perdió media mañana esperándome. Eso es algo que todavía hoy no me he perdonado.

En aquellos tiempos el cabo Leónidas Kowalski era... bueno, era ese milico robotizado, disciplinado y algo cabrón que han visto en tantas películas, y todo el mundo en el cuartel se enteró de que el cabo Kowalski recibía flores de una mujer. Los cachondeos fueron muchos y despiadados, claro. Pero... ¡qué coño! Si la demencia senil no me quita ese recuerdo, me lo voy a llevar hasta la muerte. Y cada vez que me venga a la memoria yo seguiré sonriendo.

Ay, aquella rosa de una época en la que todo podía ser de color rosa...