AVISO PARA LECTORES: Esto es un blog de desahogo personal y en ningún caso las opiniones aquí vertidas se corresponden con la postura oficial del Vaticano. Leónidas Kowalski de Arimatea es un personaje ficticio, y los gatos que escriben sus textos no comparten necesariamente su comida. Los autores no tienen nada contra las mujeres, y por lo que a ellos respecta pueden seguir constituyendo asociaciones feministas para dar pena y mendigar subvenciones.

martes, 30 de diciembre de 2008

He visto el vídeo de la rubiaca putarraca y del negrazo cabronazo, y ya no seré el mismo


¿Os ha pasado alguna vez que de repente pensáis que vuestra percepción del mundo es errónea? Eso me ha pasado hoy. Estoy deprimido, furioso, y con la sospecha de haber estado siempre engañado, viviendo en un cuento para niños, un cuento largo que tarda treinta y tres años en contarse y cuyo personaje principal es un ingenuo que hasta hoy no sabía nada de la vida.

He visto el vídeo de la rubiaca putarraca y del negrazo cabronazo... y fue una equivocación. Leandro (nombre ficticio) me dijo esta mañana como saludo:

-Venga, vamos a solucionar esto ya: pon el bluetooth.

-Buenos días, Leandrito.

-¿Buenos días? Dímelo después de ver el vídeo.

Un minuto más tarde mi teléfono celular me advertía con un doble bip la recepción del archivo. Segundos después Leandro lo borraba de su teléfono.

-Por fin -dijo-. Lo he reservado para ti, Leo, pero el teléfono ya me pesaba demasiado con eso dentro.

-Pues muchas gracias, Leandro. Bueno, pues vamos a ver el puñetero vídeo.

-No, Leo, no. Lo vas a ver tú solito. Yo me voy.

Luego ha pasado algo que no me esperaba. Leandro y yo nos conocemos desde hace seis años y tenemos una relación cordial basada en mutuas bromas constantes, pero nunca hablamos en serio. Hoy, en cambio, ha puesto su mano sobre mi hombro y me ha contado, muy serio él:

-Leónidas, tío, yo te aprecio. Tienes tus cositas, pero eres buen tío. Si te crees que te he hecho un favor por pasarte el vídeo te equivocas. Hazme caso: no veas ese vídeo. Bórralo y olvídate de él.

No he seguido su consejo. Y me arrepiento mucho. Sólo he visto el vídeo dos veces: la primera para satisfacer mi malsana curiosidad; la segunda, minutos más tarde, para confirmar que el negrazo estaba vivo y salir de dudas acerca de la rubiaca, pues sospechaba y sigo sospechando que quizá se trata de un rubiaco. En cualquier caso no quiero volver a verlo. Nunca más.

Se dice que en ese vídeo hay dos protagonistas. Yo creo que son tres, porque no hay que olvidar la participación pasiva y anónima de la persona que lo grabó. ¿Cómo pudo grabarlo? ¿Cómo pudo soportar esos treinta y dos segundos? En las imágenes se aprecia que le temblaba el pulso, pero lo cierto es que no hizo nada por impedir lo que estaba pasando. No olvidemos su responsabilidad. Yo, desde luego, no lo puedo disculpar.

Quizá no debería dar pábulo a ese maldito vídeo, pero creo que cerrar los ojos ante ciertas actividades solo sirve para fomentarlas, aunque por supuesto tampoco animaré a nadie a verlo. Cuando consiga colgarlo en la Red lo haré con las debidas advertencias; no quiero que le pase a nadie lo que a mi compañera Leonor (nombre ficticio), que está de baja médica por depresión desde que vio el vídeo la semana pasada.

Ahora, si alguien me aconseja dónde colgarlo, le estaré muy agradecido. Me da igual que sea una web de pago porque quiero acabar con esto sea como sea y lo antes posible. En realidad nunca debí haberme metido en ello.

domingo, 28 de diciembre de 2008

Estoy cerca de encontrar el vídeo de la rubiaca putarraca y del negrazo cabronazo. ¡Temedme, censores de la Red!


Mwajajajaja... Estoy tan cerca de conseguir el famoso vídeo de la rubiaca putarraca y del negrazo cabronazo que me dan ganas de esperarme a publicarlo sin decir nada más. Pero no; justo es que explique a qué se debe tanta dilación:

Tras mucho seguirle la pista al dichoso (y horrible) vídeo he podido saber que todas las páginas webs que alojan vídeos sucios acaban rechazando el vídeo de la rubiaca putarraca y del negrazo cabronazo por "contravenir las condiciones", por muy permisivas que sean dichas condiciones.

Esta tarde he hablado con un amigo que tiene el vídeo de la rubiaca putarraca y del negrazo cabronazo en su teléfono móvil, y me ha dicho:

-Leónidas, tío, no sé si estás preparado. El puto vídeo se las trae.

-Bah, ya me conoces. He castrado a Gusifluky, lo que demuestra que soy un ser sin emociones. Adelante, pásame el vídeo, hostias.

-Bueno, pero es que...

-¿Qué? ¿Qué coño pasa ahora?

-No puedo enviártelo por mensaje multimedia porque no tengo saldo en la tarjeta.

-¡No me toques los cojoncios! Ahora mismo te ingreso dinero en tu tarjeta.

-¡Quieto parao! Eso sería humillante para mí. Espérate a que hable con mi mujer, a ver si me da permiso para recargar mi cuenta del móvil.

-Qué tristes sois los casados. Habría que mataros a todos.

-Oye, Leo, ya hablamos otro día, que está aquí la parienta echándome la bronca por hablar por teléfono sin su permiso.

Manda huevos... bueno, el caso es que estoy a puntito de conseguir el aberrante vídeo de la rubiaca putarraca y del negrazo cabronazo. Seamos pacientes.

sábado, 27 de diciembre de 2008

Más sobre el indescriptible vídeo de la rubiaca putarraca y del negrazo cabronazo. Expongo mi indignación.


Esto es intolerable. No hay derecho, amiguitos, no hay derecho. Tan indignado estoy que meo ácido nítrico y cago fulminato de mercurio.

Anoche, en un bar de copas donde multitud de borrachos celebrábamos el estar borrachos, no se hablaba de otra cosa que no fuera el famoso vídeo de la rubiaca putarraca y del negrazo cabronazo, ¡y yo todavía sin verlo! Me sentí como... como un... bueno, ahora no se me ocurre ninguna analogía ingeniosa porque estoy indignadísimo, pero se entenderá que me sentí fuera de lugar.

Por doquier (cómo mola escribir "por doquier", es algo que sólo está a la altura de los genios, aunque no hayamos visto el vídeo de la rubiaca putarraca y del negrazo cabronazo), decía que por doquier que escuchara todas las conversaciones aludían al brutal vídeo:

-Tío, es que es algo tope fuerte. Lo más heavy que he visto en mi vida, ompare- decía un notas.

-Mi prima Pepi lo vio y se la tuvieron que llevar a urgencias, de lo mala que se puso- comentaba otro.

-Yo lo vi hace dos días y aún no he podido comer nada- contaba uno más.

-Dicen que los protagonistan han muerto- rumoreaba una de esas personas que disfrutan dando malas noticias.

-Yo no me lo creo. Seguro que se han cambiado de nombre y ahora viven alejados del mundanal ruido, de ese ruido que ellos mismos han generado- opinó una chica con cara de entendida.

No me pude contener más y pregunté a los desconocidos:

-¿Pero tan fuerte es el vídeo de la rubiaca putarraca y del negrazo cabronazo?

-¡UFFF...!- me respondieron todos a la vez, y luego me marginaron por ser el único que no había visto el vídeo de la rubiaca putarraca y del negrazo cabronazo.

Está bien, está bien. No me ayudéis, personas egoístas y carentes de espíritu navideño, mas sabed que de un modo u otro, antes o después, yo encontraré ese vídeo, así tiemble el cielo o se abra la tierra.

viernes, 26 de diciembre de 2008

Mientras buscaba el increíble vídeo de la rubiaca putarraca y del negrazo cabronazo me encontré... otra cosa


Sigo buscando desesperadamente el aclamado vídeo de la rubiaca putarraca y del negrazo cabronazo. Se me resiste, pero en mi incansable búsqueda por los bajos fondos de la Red me he topado con este asombroso vídeo cochino protagonizado por el mismísimo ex presidente Aznar. Estupefacto me he quedado, oye.

(Haciendo clic en la imagen se accede al vídeo).




miércoles, 24 de diciembre de 2008

Sobre el vídeo de la rubiaca putarraca y del negrazo cabronazo. Un llamamiento a la solidaridad.


Hola, chorlitianos lectores. En estas fechas tan entrañables y bla bla bla, os quiero pedir un favor. Todos conocéis mi afición por la pornografía, por el porno duro más bien, así que no os extrañará que siempre esté explorando la Red en busca de los vídeos guarros más aberrantes. En mis excursiones en pos de la mayor cochinada he llegado a ver cosas que no creeríais... Antes, cuando yo era más inocente, llegaba a sentir arcadas con ciertas porquerías escatológico-sexuales, pero como a todo se acostumbra uno (excepto a Bibiana Aído) he llegado a un momento de absoluta insensibilidad.

O eso creo.

Sin embargo, hay una tenue luz al final del túnel. Quizá aún hay algo que me pueda sorprender: me han hablado del famoso vídeo de la rubiaca putarraca y del negrazo cabronazo. Hablan maravillas de él. Se dice que pocas son las personas curtidas que pueden verlo entero, aunque dura menos de un minuto. Según cuentan, por donde circula ese vídeo deja un rastro de vómitos y mentes perturbadas. Pero, ay, malhadado de mí, no he podido encontrarlo.

Vuestro cabeza de chorlito apela en estas fechas señaladas a vuestra solidaridad. Si sabéis cómo encontrar el vídeo y me pasáis el enlace habréis hecho una buena obra navideña. Por mi parte me comprometo a colgarlo en esta humilde bitácora. Además, hasta que lo encuentre no pienso hablar nunca más de nada que no sea el vídeo de la rubiaca putarraca y del negrazo cabronazo.

Por favor, en estas navidades, ¡ni un cabeza de chorlito sin vídeo de la rubiaca putarraca y del negrazo cabronazo!

Gracias, amigos.

martes, 23 de diciembre de 2008

El Gobierno vuelve a insultarnos


Ya sé que no debería indignarme, porque se me agria el carácter y se me corta la leche, pero es que a mí eso de que mis propios gobernantes -que, no lo olvidemos, están a nuestro servicio- me traten de criminal y de gilipollas sin razón, pues me molesta un poco, oiga.

No contentos con lo de criminalizarnos mediante el puto canon de la SGAE y con presuponer que los hombres somos siempre los maltratadores y las mujeres son siempre las víctimas -me río con gana de la falsa igualdad de la Bibiana-, ahora nuestros próceres se sacan de la manga esa infame campaña para convencer a los chavales de lo bueno que es el uso del preservativo, y ya de paso se les convence también para que hablen y se porten como imbéciles, detalle este último que siempre es útil para cualquier mandamás aferrado al poder.

Que sí, que es verdad que hay que usar las gomitas, que previenen enfermedades y evitan embarazos; pero, ¿era necesario recordarlo tan tonta y zafiamente? Un poquito de elegancia, por favor. Leí en alguna parte que se ha empleado el hip hop en el estúpido anuncio para “conectar con los jóvenes”. Valiente conexión, proclamo.

“A lo mejor el desconectado soy yo, que con tanto conectarme a Internet puedo haberme desconectado de la realidad”, pensé al principio. Esa idea me indujo otra no menos feliz: “Esta noche me cepillo a una golfilla quinceañera empleando la conexión jipjopera” (obsérvese que ya empezaba a pensar con rimas cutres). Así que salí a la calle con los calzoncillos limpios y bien regado con Acqua di Gió. A la primera adolescente que vi le canté jipjoperamente esto:

He sabido que no quieres bombo.

Te digo, guapa, que yo tampoco.

Yo no soy el tal Koko

pero te la voy a meter un poco

porque tengo condón,

porón pompón.

Pues nada. Cuarenta y ocho horas que me pasé en los calabozos, donde por cierto conocí a un señor mayor y enorme que amorosamente me cantó así:

Me llamo Miguelón

y paso de condón,

y como no te puedo embarazar

por el culo te voy a dar.

De todo esto colijo que la machacona campaña pro-condón es una gilipollez como un castillo, que ni sirve para follar ni nada, y que los jóvenes no son tan imbéciles como el Gobierno cree (o desea). Siempre he pensado que el hip hop es el consuelo que les queda a los incapaces que no saben cantar ni componer pero que sueñan con ser grandes artistas; la mediocridad exaltada; la tontuna disfrazada de arte. Y a nuestro Gobierno todo eso le gusta, porque gobernar a un pueblo de tontos es más fácil que dirigir a quien hace preguntas embarazosas.

El estúpido y vergonzante anuncio es emitido a razón de tres veces cada diez minutos según creo haber calculado. Puede que sea una frecuencia algo menor, pero como es insufrible se hace igual de cansino. Dado que nuestros adolescentes son habitualmente -reconozcámoslo con dolor pero con franqueza- poco críticos, este bombardeo publicitario va a conseguir que los niñatos, creyendo que han de portarse como enseña el anuncio, se vuelvan un poco más lerdos. Otro gran logro de nuestro Gobierno, que quizá sea elegido de nuevo por este pueblo de borregos masoquistas que tanto gusta de aplaudir a quien lo jode vivo. Bravo.

viernes, 19 de diciembre de 2008

Cagada en CSI y otras meteduras de pata...


Como profesional de la munición se me llevan los demonios cada vez que me encuentro algunas burradas sobre el tema. Hoy hablaré de ello y así me desahogo.

La última metedura de pata la vi, o más bien escuché, en un episodio de CSI emitido el lunes uno de diciembre. Es casi seguro que la cagada fue culpa del traductor al castellano. Ustedes juzguen: un personaje lleva al laboratorio una bala calibre .45 (esto significa que tiene un diámetro de 0,45 pulgadas, unos 11, 43 mm.) extraída de la cabeza de alguien que ya no se va a tomar más cañas con los amiguetes. Colocan la bala en una balanza electrónica y vemos que la pantalla de la balanza indica 230 (sin unidades). Entonces uno de los personajes presentes dice que son 230 gramos. Toma ya. Pues siendo casi un cuarto de kilo de proyectil lo raro es que quedara algo de cabeza para extraer la bala, digo yo.

¿Qué ocurrió? Porque una cosa es cierta: la balanza indicaba 230.

Pues pasó que se trataba de una balanza para pesar balas, lo que no tiene nada de extraño en un laboratorio criminalístico, y la unidad que emplea esa balanza es la habitual que se usa en Estados Unidos para la cartuchería: el grain, que equivale a 0,0648 gramos aproximadamente. Alguien oyó o leyó la palabra grains y la tradujo por gramos tan ricamente. Es posible que hasta se fumara un puro. Por lo visto nadie se preguntó cómo un objeto más pequeño que un dedal podía pesar un cuarto de kilo. En realidad esa bala pesaba solamente 15 gramos, que ya es mucho cuando se estrellan contra la cabeza de uno a 300 metros por segundo.

Y ya puestos les contaré el divertido desliz que le pillé a un periodista hace la tira de años, que también va de cartuchería:

En un noticiario televisivo el locutor lee una nota sobre el biatlon y menciona que los esquiadores usan carabinas del calibre .22... ahí se queda callado, como sorprendido por la falta de la unidad que esperaba leer a continuación del número, y entonces, mirando a la cámara, muy valiente él, añade por su cuenta y riesgo: "milímetros". Olé. Sin embargo ocurre que a partir de veinte milímetros estamos hablando de artillería, no de cartuchería, por lo tanto, de haber sido cierto lo que dijo este periodista, los esquiadores usaban cañones en lugar de carabinas. Admirable proeza, sin duda, eso de esquiar con un cañón a cuestas y además dispararlo. Ya quisiera la Jefatura de Tropas de Montaña disponer de tan hercúleos esquiadores.

Pero no. Se trataba de carabinas cuyo calibre es 0,22 pulgadas (unos 5,6 mm.), y que se expresa como "calibre veintidós" (escrito ".22"), sin unidad de medida, aunque se sabe (quien lo sabe) que va referido a centésimas de pulgada. Ese añadido "milimétrico" a cuenta del presentador que intentó enmendarle la plana a quien había redactado la nota fue una monumental barbaridad.

Algo parecido, pero con el calibre .45, sucedió en el blog Historias con Historia, en cuya
entrada acerca de la pistola Libertadora se incurre en el mismo error. Por cierto que me tomé la molestia de señalar el gazapo mediante los comentarios, pero el autor o no se ha enterado o se ha dejado sudar la polla. Pues nada, ahí se quede con su pistola de 45 mm., calibre mayor que los cañones antiaéreos de nuestro Ejército de Tierra, lo que no es moco de pavo tratándose de una "pistolita".

Se acabó por hoy. Otro día a lo mejor hablo sobre las tontunas armamentísticas que se ven en las películas: cargadores inagotables; el recurso abusivo para crear suspense de las minas que detonan por alivio de presión, que en verdad, aunque existen, casi no las usa ni dios, salvo en Holliwood, claro; las explosiones con grandes llamaradas, muy espectaculares pero que no guardan parecido con la detonación real de los explosivos químicos; los planos en los que se ven cápsulas percutidas como correspondientes a munición sin disparar; los proyectiles de artillería cuya metralla nunca roza a los protagonistas; la inexistencia en el cine de los siempre temibles rebotes; el increíble lanzamiento de cohetes y misiles desde espacios cerrados, que de producirse en la realidad carbonizaría y aplastaría a los personajes; la inverosímil astucia de apagar un bote de gas lacrimógeno orinando sobre él... Uff, cuántas chorradas...


martes, 16 de diciembre de 2008

La nena ha muerto


Ha muerto la nena, y contrariamente a como yo predije me he enterado con apenas unos minutos de retraso. Puedo estar en su funeral. Por la mañana parto a Murcia. Es un viaje largo que me ha sorprendido sin lectura. Tal vez en Granada pueda comprar un libro, pero ahora me preocupa su hijo Juan Antonio.

domingo, 14 de diciembre de 2008

El bobo Santos. X. Donde este cuento acaba y el autor descansa


A las ocho horas y siete minutos del día siguiente, domingo 2 de noviembre de 2008, doña Inmaculada Sánchez Blanco encuentra un billete de veinte euros al entrar en el callejón que hay tras el pub Oasis. Piensa que es una señal vaticinadora de buena suerte para ese día, y con mayor optimismo del que es natural en ella penetra en la calleja. Lleva en la mano izquierda el billete, y en la derecha una bolsa de plástico de los supermercados Mercadona con medio kilo de pienso para gatos comprado a granel.

Doña Inmaculada es una dama octogenaria que tiene a sus cinco hijos viviendo lejos y es viuda desde hace más de quince años. Alimentar a los gatos elegantes pero ariscos que se reúnen junto a los cubos de basura de ese callejón es, junto a ver telenovelas, uno de sus pasatiempos.

A las ocho horas y ocho minutos doña Inmaculada ve a una chica en silla de ruedas. Está semioculta tras los cubos de basura y parece dormir. Una indecente borracha paralítica, piensa la anciana. Ha llovido mucho durante la noche y la joven minusválida está empapada con la cabeza caída sobre el pecho. Doña Inmaculada la zarandea.

-Despierta, hija, que tus padres estarán preocupados.

La chica no responde. La anciana le pone un dedo artrítico bajo la barbilla y le levanta la cabeza. Es entonces cuando ve la espantosa herida en el cuello de la muerta. Doña Inmaculada grita, pero no antes de guardarse el billete que encontró.

A las ocho horas y catorce minutos ya ha llegado la primera patrulla de la Policía Nacional. A las nueve horas y veintiséis minutos los agentes de la científica comienzan su trabajo. Poco después casi todo el barrio sabe que han encontrado a Amalia Fuentes degollada.

En un corrillo de marujas alguien dice irreflexivamente que habrá sido cosa de ese retrasado que la acosaba, el bobo Santos. Son las diez horas y quince minutos. El rumor se propaga con esa velocidad exclusiva de las pésimas noticias morbosas que tan habitualmente resultan ser falsas. Sito Perdigones es declarado culpable por dictamen popular.

A las once horas y cuarenta y tres minutos una vocinglera muchedumbre se agolpa en el portal de Andrés Santos Perdigones pidiendo su cabeza. Claman justicia, una justicia fácil, rápida e inclemente que los dispense de eso tan molesto que es pensar; ellos ya tienen a su asesino y no quieren oír hablar de prudencia ni de investigaciones. El cobarde populacho ignorante y atávico ha emitido su inapelable veredicto.

El bobo Santos oye el jaleo desde su casa pero no le da importancia. Nadie lo previene. A las once horas y cincuenta y dos minutos Sito sale a la calle para comprar pan. En la puerta del edificio se encuentra con una multitud enfurecida que le grita frases ininteligibles. Andresito, bajo un terror paralizante, sonríe bobalicón.

Empieza a reconocer caras desfiguradas por el odio. Ve a Diego Liébana, que es quien le da un rodillazo en los genitales y lo hace encorvarse. Sito levanta la mirada lo justo para ver al tendero para el que trabajó descargarle un puñetazo en la nuca que lo tumba. Desde el suelo identifica el rostro de su hermana entre el gentío que lo rodea. Sito le tiende la mano, pero es precisamente Lolita Perdigones la primera persona que le pega una patada en la cabeza. Doña Inmaculada Sánchez le escupe. La señora con pelos en la barbilla que abusó años antes de él ahora le patea la barriga. Sito intenta hablar pero le falta el aire. Se ha orinado en los pantalones. Más patadas le causan un dolor que sólo supera el miedo animal que siente. Llega a escuchar, sin saber quién lo dice, la terrible frase "al final has matado a la pobre Amalia que no se podía defender". Misericordemente después de eso algo se desconecta en el torpe cerebro del bobo Santos y a las doce horas y tres minutos pierde el conocimiento.

Cuando se presenta la policía Sito Perdigones tiene fracturadas seis costillas, la mandíbula, un pómulo, la pelvis, un fémur... Una vez dispersada la turbamulta linchadora nadie reconocerá su participación en aquel episodio, todos afirmarán estar a esa hora en otro lugar llevando a cabo las más inocentes actividades.

Cuando días después es detenido y formalmente acusado un tal Leónidas Kowalski todos quienes participaron en el linchamiento del bobo Santos dicen que es una pena lo que le pasó al infeliz idiota. Su propia hermana, Lolita, dice que ella no tuvo nada que ver, y en realidad no está mintiendo, porque gracias a algún mecanismo psicológico de defensa ha olvidado lo que hizo.

Hoy se cuenta por el barrio que el bobo Santos ha salido del hospital. Hay quien jura haberlo visto llegar a su casa. Dicen que anda con muletas, escayolas y vendajes. Dicen que no sonríe, pero que mantiene el gesto babalicón y las intenciones nobles.

Aunque así sea, la gente está algo nerviosa.

FIN

viernes, 12 de diciembre de 2008

El bobo Santos. VIII. Donde se ve que también los retrasados pueden rozar el cielo


El quinto día del mes de mayo de 2007 es una fecha que Andrés Santos Perdigones no quiere olvidar; aquel día el mundo le escondió los colmillos para mostrarle una sonrisa cargada de promesas y esperanzas. Sito hasta se arrepintió por haber dudado de la existencia de Dios.

La mañana de aquel día Amalia Fuentes rodaba con su silla cuando una de las ruedas se incrustó en el desagüe del alcantarillado cuya tapa había hecho desaparecer algún gamberro. Amalia forcejeó por liberarse de la trampa durante varios segundos, los que tardó en llegar el bobo Santos, que como siempre se encontraba ojo avizor a la espera de serle útil a esa mujer desalmada. En un periquete, sin decir esta boca es mía, Sito había resuelto el problema. Él no quería hablar, sólo entregarse por ese relativo altruismo que nos impone el amor, y una vez solucionado el accidente sólo pensaba en marcharse hasta un lugar discretamente distante desde el que poder continuar su vigilancia, pero todo lo cambió Amalia al decir:

-¡Eh, tontaina, no te vayas tan rápido! Se me ha roto el chisme este, ¿me empujas hasta mi casa? Vivo lejos, pero seguro que un tío fortachón como tú puede hacerlo sin problemas.

¡Fortachón, lo había llamado fortachón! ¡Y eso era bueno! También es verdad que lo llamó tontaina, pero Andresito, con su gesto bobalicón y sus nobles intenciones, no piensa ahora en ello. Ufff, fortachón... El bobo Santos toma la silla de ruedas por las empuñaduras y en silencio comienza a empujar. No necesita que Amalia le dé instrucciones pues sabe de sobra por dónde le gusta a ella ir hasta su casa.

-Gracias por tu ayuda, bo... Santos. ¿Por qué vas así de callado? ¿Te doy miedo?- dice Amalia tras un rato de paseo a merced de ese auxiliar tan voluntarioso. No sabe que el pobre Andresito tiene, por lo emocionado que está, el corazón en la boca.

-¡No, Amalia Fuentes! Yo jamás tendré miedo de una ser humana tan perfecta como tú. Lo que pasa es que soy retrasado y yo sé que no digo nunca cosas interesantes y por eso no te digo nada.

-Te... te sobrevaloras al revés. Joder, ¿cómo coño se dice eso?

-A lo mejor tú quieres decir que me debajovaloro, Amalia, pero no me hagas caso porque soy idiota y no sé decir nunca lo que siento dentro de mí y menos dentro de los otros.

-¡Calla, coño! Infravaloras, esa es la puta palabra. Pues eso, que te infravaloras. Deberías tener más confianza en ti mismo.

Sito no sabía cómo tener más confianza en sí mismo mientras todo el mundo, salvo su madre, lo despreciaba y abusaba de él. Pensaba que fiarse más de sí mismo lo podría dirigir a más desgracias, y dadas sus circunstancias puede que tuviera razón.

Cuando faltaban unos pocos cientos de metros para llegar a casa de Amalia esta le pidió que dejara de empujar. Conectó la batería y siguió ella sola, sin despedirse. Si el bobo Santos hubiera sido algo más despierto se habría percatado de que Amalia le mintió al decir un rato antes que se le había estropeado la silla. Y también se habría dado cuenta de que Amalia no quería que la vieran llegar a casa acompañada por el tonto del barrio.

No obstante, según avanzaba el año 2007 Sito y Amalia se fueron llevando mejor. Al principio ella simulaba averías o insignificantes accidentes sabiendo que Sito tardaría instantes en socorrerla, pero luego ya no era necesario; Amalia se movía libremente sabiendo que Sito se mantenía alerta no muy lejos, y cuando le apetecía su presencia, para empujar la silla o simplemente para no sentirse sola, no tenía más que hacer una señal con la mano y allí que aparecía el bobo Santos. Hablaban poco, sobre todo Andrés, pero algo se decían. Amalia empezó a sentir un ligero afecto por ese muchacho al que siempre había conocido como "el bobo Santos". Andrés, por su parte, estaba viviendo la época más intensa y menos infeliz de su vida.

Pasaron más de un año intimando lenta, muy lentamente. Entre ellos existía el acuerdo tácito para que Amalia no insultara a Andrés llamándolo idiota ni nada parecido y Andrés no hiciera preguntas acerca de la vida nocturna de Amalia en el pub Oasis. El primero de noviembre de 2008, sábado, Amalia rompió ese pacto mientras paseaban juntos el uno empujando la silla de la otra:

-Sito, ¿tú has oído hablar de mí?

-No, Amalia, yo no oigo nada nunca malo de ti.

-¿Ves como eres tonto? Yo no te he preguntado si oíste algo malo, solo si oíste algo. Con tu respuesta me has dejado claro que te han llegado rumores malos sobre mí. Venga, no te hagas más idiota de lo que ya eres y dime qué has escuchado.

-Me pones en un comprometido, querida Amalia. Fue hace mucho tiempo y ahora casi no me acuerdo. Era algo de pililas de unos hombres en tu boca, pero yo no hice caso y di su merecido a ellos, porque mi perro Gusifluky tenía miedo y tuve que hacerlo yo.

Caminó Sito y rodó Amalia un rato en silencio.

-Sito, ¿y si te dijera que esos hombres no mentían?

-Y ya que hablamos de Gusifluky te digo que lo mataron con un coche, porque la gente conduce muy mal y no respeta a los peatones y menos a los peatones que son perros pero también son peatones porque todos somos peatones del Señor, que lo dice la biblia. Y ya que hablamos de la biblia te diré que...

-¡Calla, imbécil! No me cambies de tema, idiota. ¡Te digo que es verdad lo que dicen de mí! ¡Mamalia me llaman, y tú lo sabes!

-Vida mía, yo no sé nada, yo sólo sé que me siento bien empujando tu silla y que quiero ser amigo tuyo siempre y que me da igual todo lo demás.

-¿Y no te importa que tu querida Amalia vaya mamándole la polla a todo macho que se le pone a tiro?- exclamó Amalia con un rictus de supremo desprecio- ¿Es que te da igual verme así, inútil y convertida en una puerca?

-No hables así, Amalita, por favor te lo pido. Yo no quiero saber esas cosas y no quiero pensar en nada malo de ti. Yo quiero hacer cosas buenas para que te sientas bien y ya está.

-¡IDIOTA, IDIOTA, QUE ERES UN IDIOTA! No te enteras de nada, puto retrasado. ¿Sabes lo que estoy pasando? ¿Sabes lo que sufro? ¡YO! ¡Yo, que fui la chica más mona y más deseada de cualquier sitio por donde pasé! ¡Hombres millonarios se peleaban por mí, y mírame ahora! ¡NADIE ME QUIERE! ¡Pues ahora chupo pollas porque me da la gana y porque quiero que me quieran! ¿Comprendes eso, subnormal?

El subnormal, Sito Perdigones, está paralizado y a punto de llorar por el arranque de Amalia. Comprende que no va a poder mantener una conversación normal con su diosa eternamente sentada, y decide marcharse sin decir nada. Cuando se ha alejado veinte metros grita ella haciendo girar la silla:

-¡Eh, Sito, espera!

El bobo Santos se da la vuelta y queda encarado a la diosa del pedestal con ruedas. La diosa habla en voz alta, en parte por la distancia que los separa, pero sobre todo porque quiere -necesita- que la oigan todos quienes anden cerca:

-Me he acordado mucho de ti, Sito. Siempre me he acordado de ti y de aquella carta con el sobre de Cajamadrid. No sabes lo que me arrepiento por no haberla leído. No sabes lo que me arrepiento de tantas cosas... Vendí mi alma al diablo siendo demasiado joven. El poder de la belleza, ya sabes... o quizá no lo sepas, pero eso da igual ahora. El caso es que el diablo decidió cobrarme la cuenta hace años cuando yo iba en moto y era demasiado joven. Ahora, Sito, sólo me queda emborracharme e imaginar que sigo siendo atractiva para los hombres. ¿Entiendes lo que te digo?

Sito, aunque llora, sonríe bobaliconamente y asiente con la cabeza. Ambos se giran dándose la espalda e inician caminos opuestos. Amalia aún grita con todas sus fuerzas, rabiosamente:

-¡ERES EL MEJOR DE TODOS LOS QUE HE CONOCIDO, CABRONAZO!


(Bueno, no digo más que esto está a punto de acabar).

miércoles, 10 de diciembre de 2008

El bobo Santos. VII. Donde Sito, por fin, hace un amigo...


En el año 2006 el bobo Santos conoce a Diego Liébana, un hombre muy amable que, por una vez, respeta a Andrés sin importarle que sea retrasado. Su amistad empieza el día que coinciden en la tienda donde Sito había trabajado, pero en esta ocasión se encuentra allí como cliente porque su madre, sabiendo que a Andresito le gusta sentirse útil, le encarga esas pequeñas tareas a pesar de que de vez en cuando organiza algún desaguisado. Cuando Sito va a pagar la compra, una sola barra de pan, descubre que ha debido de perder el dinero por el camino. No es la primera vez que le ocurre, por eso María Antonia le da el dinero exacto y solo le encarga compras muy modestas. Aún así la economía familiar es tan ajustada que esa pérdida significa que no comerán pan ese día. Sito Perdigones se disculpa ante el tendero y se va a marchar con la cabeza gacha y las manos vacías cuando alguien que guardaba cola habla:

-Déle la barra de pan al muchacho, y la incluye en mi cuenta, por favor.

Es un hombre de unos cuarenta y cinco años, muy canoso, con bigote blanco y gafas de montura negra. Es muy alto, mucho más que Andrés, y hay algo en su aspecto cuidado y en su actitud decidida que inspira una inmediata confianza. Aunque Sito no está muy ducho en habilidades sociales intuye que sería oportuno dedicarle unas palabras de agradecimiento al desconocido, pero como le da vergüenza pronunciarlas ante el resto de la clientela opta por esperar a su benefactor a la salida de la tienda.

-Señor, ha sido usted muy generoso. Yo le doy las mil gracias desde mi corazón. A mí no me importa quedarme sin pan pero a mi hermana no y mi madre se enoja conmigo cuando me pasan estas cosas. Yo les contaré lo que usted ha hecho por nosotros en este día de hoy, y además voy a rezar por usted aunque a mí me parece que Dios no existe, pero mi madre dice que si rezo limpio mi alma y cuando uno es algo retrasado es mejor tener el alma limpia porque ser idiota es ya bastante malo y si además teniera el alma sucia sería más peor.

El hombre ha escuchado atento y serio la parrafada. Sito empieza a pensar que ha ofendido de alguna manera al señor, pero entonces este suelta una carcajada y dice:

-No, hombre, mejor no le cuentes nada a tu madre y le ahorras un disgusto. ¿Y sabes una cosa?, yo también sospecho que lo de Dios es una filfa. A lo mejor no eres tan tonto como te crees. Me llamo Diego Liébana, ¿y tú?

-Sito Perdigones, señor Diego Liébana.

Se hicieron amigos. A veces quedaban para pasear y charlar de cualquier cosa, aunque Sito frecuentemente no entendía nada de lo que decía Diego. Otras veces iban al cine -fue un magnífico descubrimiento para Sito- o se iban a pescar con una caña que Diego le regaló a Andresito (los días que pescaba algo comestible eran toda una fiesta en casa de los Perdigones). También se reunían ocasionalmente para comer en casa de Diego, que vivía solo pero tenía un hámster.

-¿Cómo se llama?- preguntó Sito en el momento de conocer al roedor.

-No tiene nombre. Nomínalo tú si quieres.

-¿Es que quieres que salga de la jaula?

Diego se quedó pensando durante un rato qué habría querido decir Sito. Rindiéndose preguntó:

-¿Por qué se va a ir al ponerle un nombre? No te entiendo, Sito. Se me escapa la relación causa efecto.

-Como has dicho que lo nomine...

-¡Ya te entiendo, jodío! Bah, no deberías ver esa telebasura de Gran Hermano. Nominar significa nombrar, o sea, poner un nombre.

-Ah, ya. Bueno, pues lo nomino como Gusifluky Segundo.

-¿Y quién fue Gusifluky Primero?

-Gusi era un perrito que murió. Fue mi primer amigo. Tú eres mi segundo amigo y yo estoy muy agradecido porque los idiotas como yo...

-¡Basta! Enternecedor momento, pero no soy hombre sensiblero. Así que cállate y rellena el comedero de Gusifluky Segundo mientras yo voy preparando una paella para nosotros que te vas a chupar los dedos.

Sito Perdigones fue sabiendo cosas de Diego. Fue sabiendo, por ejemplo, que Diego Liébana trabaja como profesor de algo llamado Filosofía en un lugar llamado "La Universidad". Supo también que era soltero, que no tenía hijos, que pasaba mucho tiempo en un gimnasio y que coleccionaba autógrafos de gente famosa, entre los cuales el más querido, aunque no el más valioso, era uno de un cantante llamado Freddie Mercury.

Otra cosa que Sito supo de su nuevo amigo, aunque Diego no se la contó sino que el propio Andrés la vio, es que el profesor Liébana tenía cierta afición por esnifar un polvo blanco. "Mi medicina de la felicidad", dijo Diego cuando Sito le preguntó, e inmediatamente añadió que sólo le servía a él y que Sito jamás debía probarla. Cuando Diego se metía por la nariz varias dosis de aquel polvo se le ponía una mirada rara y empezaba a hablar en largos soliloquios de los que Sito no entendía nada. Diego pronunciaba expresiones como "bellos efebos", "prietos glúteos", "vigorosos torsos masculinos", "gratamente invasivas vergas enhiestas", "díscolos varones sodomitas", y cosas igualmente esotéricas. Filosofía, dedujo Andrés.

El bobo Santos, tras varios meses relacionándose con Diego Liébana, empezó a fantasear con la idea de presentarlo a su madre. Sería guay tener un padre como Diego, pensaba el infeliz. Esa fantasía llevó a Sito a preguntarle a su amigo en cierta ocasión:

-¿No te gustaría tener una mujer, Diego?

-¡Oh, las mujeres! Qué bellas y extrañas criaturas, tan caprichosas y tan encantadoras... Pero no, amigo Sito, no me gustaría tener una mujer. Yo es que soy más de películas de gladiadores.

Sito no comprendió del todo lo que Diego había dicho, pero sí lo bastante como para olvidar sus ensoñaciones acerca de un papá postizo.

El 24 de diciembre de ese año 2006 Diego invitó a Sito a cenar en su casa. María Antonia no puso reparos para que su hijo pasara la Nochebuena en casa de ese nuevo amigo, ¡profesor universitario nada menos! Sito se presentó a las diez de la noche en casa de Diego Liébana. Allí vio algo que nunca había visto antes en ese hogar: una botella de whisky, y además mediada. El profesor Liébana seguía administrándose su polvo de la felicidad, pero por lo demás no parecía el mismo. Si el bobo Santos siempre tuvo problemas para entender el discurso de Diego esta noche era peor porque ese hombre se expresaba con dificultad, como si le costara enhebrar pensamientos y aún más verbalizarlos.

Cenaron parcamente. Luego Diego Liébana, abusando de la idolatría que Sito le profesaba y de su natural mansedumbre, lo violó. Aquella Nochebuena Sito Perdigones llegó a casa con el ano y el corazón desgarrados, y más que perder a un amigo, comprendió que nunca lo había tenido.



(Jooooder, lo siento. Ya sé que esta entrega debía ser la última, pero el puñetero relato ha cobrado vida y se resiste a morir. Pues bueno, yo ya no me comprometo a nada, y que acabe cuando lo decida por sí mismo).

sábado, 6 de diciembre de 2008

El bobo Santos. VI. Donde Sito descubre la fama de Amalia y Gusifluky sale de esta historia


Y así, con el corazón hecho trizas, Andrés Santos Perdigones llega al año 2003, en el que todo sigue igual de negro, porque para los idiotas feos, pobres y bondadosos no existe el arco iris, ni la vida rosa, ni nada que no sea negro, o gris si tienen un día de suerte.

El bobo Santos continúa vigilando de lejos, discretamente, a la tan querida como cruel Amalia, dispuesto a salir en su ayuda a la menor señal. Debió de ser por el verano de ese año cuando el retrasado Andresito oyó por vez primera el odioso mote por el que Amalia empezaba a ser conocida entre muchos varones del barrio. Sito Perdigones paseaba con Gusifluky, observando la casa de Amalia, cuando dos hombres de unos sesenta años se detuvieron cerca de él. Si algo bueno aporta tener cara de tonto es que la gente habla sin tapujos creyendo que el imbécil no se entera de nada:

-Y hablando de zorras, mira, ahí vive una paralítica a la que le gusta comer pollas. Ni siquiera hay que pedírselo. Tú la invitas a una copa y cuando te quieres dar cuenta ya se está ofreciendo para hacerte un trabajito. Y no lo hace mal, no.

-Oye, Paco, ¿no será una que para mucho por el Oasis?

-¡Sí, esa misma! Se llama Amalia, pero la conocen por Mamalia, ya sabes por qué.

-¡Que si lo sé! Ninguna me la ha chupado como ella.

-¿A ti también? Lo que son las cosas...

-Pero mira que eres ingenuo, Paquito. Yo creo que no hay un solo cliente del Oasis que no haya probado las mamadas de la Mamalia.

Sito Perdigones ya no pudo aguantar más y en ese momento, señalando a la pareja de viejos rijosos, dijo:

-¡Ataca, Gusi, ataca!

Gusifluky, perro mestizo que no levantaba un palmo del suelo, miraba desconcertado a su amo. En vista de la pusilanimidad del perro fue el propio Sito quien, puños mediante, se dispuso a restaurar el honor de Amalia, ese mismo honor que ella dilapidaba tan generosamente. A resultas de aquella lid Andrés Santos Perdigones llegó a casa con un diente menos y los dos ojos morados.

Le contó a su madre lo que había ocurrido y la buena señora, sabiendo por lo que Sito estaba pasando, hizo otro esfuerzo económico y le regaló unas caras gafas de sol que Sito siempre deseó. Al menos por el momento le servirían para ocultar los ojos amoratados. Durante varias semanas María Antonia, para compensar el gasto de las gafas, sólo bebió agua del grifo y se alimentó con pasta. Además prescindió de la línea telefónica durante siete meses.

En 2004 Sito Perdigones ve como su amigo Gusifluky -el único amigo que ha tenido- es atropellado. El perro permanece destripado y agonizante mientras el conductor prosigue imperturbable la marcha; si un perro cobarde y mestizo vale poco, el perro cobarde y mestizo de un subnormal vale menos. Andrés sale de su estupor y recoge al perro. Ve que en el suelo quedan restos azulados y sanguinolentos, pero no quiere, no puede, mirarlos. Sostiene a Gusifluky en brazos y le pide que aguante, aunque no sabe a qué tiene que aguantar porque los veterinarios no trabajan gratis y él no tiene un céntimo. Comprendiendo eso al fin, le dice al pequeño perro pusilánime y mestizo:

-Muérete, Gusi mío, muérete y no sufras más. Yo sufriré por ti y por todos. Como siempre.

Gusifluky muere en los brazos de su amo. Sito sonríe con el gesto bobalicón, aunque siente algo muy feo, muy pesado y muy negro dentro de su pecho.

El bobo Santos, sacando fuerzas de flaqueza, entierra al perro en un solar cercano. Sobre la tumba clava unos maderos a los que ha dado forma de cruz. En el brazo horizontal escribe con tiza un letrero que ha visto en alguna parte. Le suena que es de una lengua antigua llamada latín y que significa "descanse en paz". Una pequeña confusión le hace escribir "GUSIFLUKY SPQR", pero eso no importa, porque los perros cobardes y mestizos que están muertos no leen siglas en latín.

En el año 2005 construyen sobre el solar donde Gusifluky está enterrado un edificio en cuya primera planta, bromas de la vida, instalan una autoescuela. Sito tiene una idea: escribirá algo en la fachada, un mensaje para los conductores noveles que se formen allí y que salvará a otros perros. Como es consciente de sus limitaciones ortográficas le pide a Lolita, su hermana, que le escriba el mensaje en un papel, luego él lo copiará en la fachada de la autoescuela.

Sito consigue, buscando entre la basura, un bote con restos de pintura blanca, y ayudándose con un palo a modo de brocha se dispone a escribir, bajo donde dice "AUTOESCUELA LOS OLIVOS", su mensaje. Lo que su hermana le ha escrito en el papelito es "AQUÍ TENÉIS QUE APRENDER A CONDUCIR SIN MATAR A PERROS BUENOS", pero cuando sólo ha escrito "AQUÍ TENÉIS QUE APRENDER A CONDU" lo sorprende el dueño de la autoescuela. Esta vez al bobo Santos solamente le saltan un diente y le parten los labios. Sin embargo, lo que más le duele, con diferencia, es que le han roto las gafas de sol que su madre pagó con tanto sacrificio.

Aparentemente Sito mantiene su gesto sonriente y bobalicón, pero una madre ve cosas que otros no ven, y ya hace tiempo que María Antonia nota en la cara de Andresito un fondo de misantropía que a veces hace erizársele el vello.


(Pues me equivoqué. Aún queda otra entrada, pero será la última, de verdad).

miércoles, 3 de diciembre de 2008

El bobo Santos. V. Donde pasan muchas cosas, y casi ninguna buena


Está claro que la vida del bobo Santos fue un devenir de calamidades, y sin embargo no han hecho más que empezar. En el año 1998 Sito llegó a los dieciséis años, y precisamente en la fecha en la que los cumplía recibió como regalo una paliza de unos borrachos, sin motivo alguno, porque sí. Le partieron una ceja y un brazo. No importa, él sigue sonriendo boba y mansamente.

En 1999 resbaló cuando bajaba por la escalera de su casa y se fracturó la clavícula. A pesar de ello es un año que recuerda con cariño porque encontró un cachorrito abandonado que su madre le dejó quedarse a condición de que no comiera mucho. Sito buscaba comida para el perro en las papeleras y en los cubos de basura, contento por sentirse útil. Llamó al perro por el inaudito nombre de Gusifluky, Gusifluky Perdigones.

Llegó el esperado año 2000, tan redondo, y con él Sito alcanzó la mayoría de edad. María Antonia, que pensaba comprensiblemente que su hijo ya era merecedor de alguna alegría, hizo el sacrificio de darle un poco de dinero y le ordenó que se tomara un par de cervezas a su salud. A Sito no le apetecía nada porque tolera muy mal el alcohol, pero obediente como era se fue a emborrachar. Volvió a su casa a la mañana siguiente con la nariz rota. Es un misterio lo que sucedió en esas horas, pues Andresito no recuerda nada.

En algún momento del invierno del año 2001 Andrés Santos Perdigones es conminado a entrar en el coche de dos chicas que se ríen mucho. Lo acompaña su inseparable perro Gusifluky al que por suerte no dejan en tierra. Tras cuatro horas de viaje, frecuentes risas de las dos desalmadas, mucho miedo de Andrés y varios ladridos de Gusi llegan en plena noche a un lugar alejado de todo. Allí abandonan a Sito y a su perro. La Guardia Civil da con ellos pasados dos días. Están deshidratados, hambrientos y desorientados, además Sito presenta signos de hipotermia. Lo primero que dice Andrés al ver a los guardias es: "¿Me dan algo de comer para mi Gusifluky? Por favor se lo pido". Asombrosamente está sonriendo con el indeleble gesto bobalicón.

Durante el año 2002, lamentablemente, hemos de detenernos algo más. Este año infausto fue el hasta entonces más triste en la vida del bobo Santos. Este año Sito Perdigones sí que perdió el sonriente gesto bobalicón.

Amalia Fuentes, el amor de Sito, su diosa, sufrió un gravísimo accidente de moto. El hombre que pilotaba el demoníaco artefacto falleció, y Amalia, la bella, cruel y engreída Amalia, quedó convertida en un extraño centauro mitad mujer mitad silla de ruedas.

Cuando Andresito la vio así, un día en que se la encontró casualmente por la calle, lo primero que pensó es que su amada le estaba gastando una broma de mal gusto. Después vio que muchas personas se paraban a hablar con ella y ponían cara de tristeza. Luego vio que la diosa lloraba. Entonces pensó que la vida, a veces, es demasiado hijaputa y que su adorada Amalia no merecía ese castigo.

Sito Perdigones, aunque sea idiota, intuye que Dios no existe, pero aquel día deseó que se vieran cara a cara, para partírsela más que nada. Como Dios no aparecía por ningún sitio se atrevió a acercarse a Amalia. Sito tiembla; ¡no recordaba lo guapa que Amalia es de cerca!

-Hola, Amalia. Soy el de Cajamadrid, no sé si te acuerdas de mí pero yo no te he olvidado ni un segundo de mi vida.

Amalia no mira a Andrés, quizá avergonzada por haberlo tratado tan mal anteriormente, o quizá porque no le gusta dar conversación a un idiota. En cualquier caso dice:

-No tienes pinta de trabajar en un banco.

-Oh, no quería decir eso. Soy el de la carta que no leístes y tirastes a un charco y que estaba metida dentro de un sobre de Cajamadrid.

-No sé, no me acuerdo- responde Amalia desde su silla sin levantar la mirada.

-Bueno, da igual. Yo quiero ser tu amigo y cuidar de ti, si tú me dejas. Por favor te lo pido.

-¡JA! ¡Un retrasado y una parapléjica! ¡Me has visto en esta silla de mierda y te has creído que ahora soy alcanzable para ti, subnormal! ¡¡PUES NO, NO, NO, NO...!!

Sito se aleja corriendo, le duele demasiado ver a Amalia gritando desquiciada. Sabe que ella está sufriendo mucho, pero ella no sabe que Sito sufre aún más, por los dos, pero sobre todo por ella.

El bobo Santos renuncia a acercarse a Amalia, pero suele dar paseos con Gusifluky por donde ella rueda con su silla. Necesita estar pendiente de Amalia, sólo por si pudiera ayudarla en algo.

Amalia, con el paso de las semanas, va tomando conciencia de que el bobo Santos la vigila. Al principio le cuenta a algunas personas cercanas que se siente acosada por ese retrasado, pero más tarde comprende que el tonto es inofensivo, y hasta se siente halagada por tanta atención. Además, concluye, siempre es bueno para una paralítica tener a mano a un hombre fortachón que le empuje la silla si se queda sin batería.

Andresito hubiera sido feliz cuidando de Amalia de cualquier forma que ella le hubiera pedido, pero hasta ese placer amargo se le niega al desgraciado idiota. Se conforma con llorar en silencio por las noches mordiendo la almohada.


(Creo que ya sólo falta un capítulo, y está casi escrito. Me sean pacientes... por favor se lo pido).

lunes, 1 de diciembre de 2008

El bobo Santos. IV. Donde Sito pierde el trabajo y le ocurre algo que lo cabrea


Tras la experiencia con la increíble mujer barbuda Andrés Santos continuó en su trabajo disimulando el desasosiego que le producía pensar en la posible ceguera, pero como a perro flaco todo son pulgas no le duró mucho el puesto. Fue dos o tres días después cuando al bobo Santos se le juntó un error por su despiste y un acto de mala fe por parte de una persona aprovechada. Esa pésima conjunción dejó a Sito de nuevo desocupado.

Andresito confundió la calle Santo Entierro, donde debía llevar un voluminoso y caro pedido, con la calle Cristo de la Buena Muerte, donde no se le esperaba. Santo Entierro y Cristo de la Buena Muerte... cosas de la escatología cristiana. En el tercero C del número seis de esa segunda calle recibió a Sito un hombre joven de aspecto simpático como son algunos de los peores embusteros.

-Buenos días, señor. Soy el chico de los recados de la tienda número uno del barrio, que tiene de todo. Traigo un pedido que pesa mucho y me alegra que usted tenga tanto dinero para pagar todos estos manjares, señor- se presentó Sito, que por iniciativa propia ensayaba personales técnicas de marketing.

-¿Y este encargo está pagado?- pregunta avispado el sinvergüenza de aspecto simpático.

-Sí, señor, claro que está pagado. Mi jefe es una buena persona pero nunca fía a nadie porque dice que sólo los tontos fían. Si yo tuviera una tienda fiaría a todo el mundo y me arruinaría, señor.

-Ajá, no lo dudo. Pues muy bien, trae pacá esa caja, anda, chavalote.

Tampoco esta vez le dieron propina al bobo Santos, pero no le importaba porque se imaginaba a sí mismo como un próspero hombre de negocios, y los prósperos hombres de negocios no viven de las propinas.

Sin embargo la prosperidad del "negocio" del bobo Santos duró hasta el día siguiente, cuando se presentó en la tienda la verdadera destinataria del pedido extraviado, quien resultó ser una señora gritona con querencia por los escándalos. A voces pidió explicaciones sobre la tardanza del encargo que debía haber recibido el día anterior. El tendero miró a Sito, y Sito explicó que había entregado puntualmente el paquete para la calle Cristo de la Buena Muerte. Fue decir eso y al tendero se le puso la cara roja de ira:

-¡Era en Santo Entierro, so subnormal! ¡Pedazo de carne con ojos! ¡Inútil de mierda, que no vales ni para carne de cañón!

Instantes después Andresito Santos Perdigones salía de la tienda cabizbajo y finiquitado con el escaso sueldo correspondiente a las dos semanas de trabajo. No era mucho dinero, pero era algo. Arrastraba los pies de camino a casa preguntándose cómo se tomaría su madre la noticia del despido, y sobre todo lamentándose porque la buena mujer no podría llevar a cabo los proyectos previstos para esos ingresos que ya no obtendría. En tales cavilaciones deambulaba Andrés cuando fue abordado por un hombre mal vestido de unos treinta años:

-Oye, muchacho, espera. Escúchame: tengo hambre, ¿puedes darme algo, colega?

-Lo siento, señor, no tengo comida y me han echado del trabajo con el dinero que me debían que es muy poco.

-Pues dame el dinero, imbécil- dijo el tipo, y lo dijo con cara de no ser amigo de nadie.

-No puedo hacer eso, señor. Mi madre y mi hermanita también tienen hambre y necesitan este dinero. Si usted quiere podemos compartirlo.

-Aquí no se comparte nada, gilipollas. Dame el dinero o te rajo- amenazó el facineroso mientras agarraba al bobo Santos por el cuello y con la otra mano le mostraba discretamente las cachas de una navaja.

Andrés se dejó registrar, aún así recibió una innecesaria bofetada. Miraba, con sonrisa de bobo y lágrimas de rabia, a los transeúntes, que no movieron un dedo por él a pesar de ser evidente lo que estaba ocurriendo. Luego el ladrón se fue tranquilamente, orgulloso con el botín robado a un pobre y manso idiota. Andresito se quedó plantado en la acera, dejando fluir un llanto de impotencia que contrastaba con la sonrisa vacua de retrasado, pues tanto miedo sentía que hasta había olvidado mudar el gesto. El terror fue sustituido de repente por una ira cegadora, suprema. Miró con la cabeza alta a la gente que le negó el auxilio, y con todas sus fuerzas exclamó al mundo:

-¡Cobardicas, que somos todos unos cobardicas y unos mierdas...!


(Continuará, ya lo saben).