AVISO PARA LECTORES: Esto es un blog de desahogo personal y en ningún caso las opiniones aquí vertidas se corresponden con la postura oficial del Vaticano. Leónidas Kowalski de Arimatea es un personaje ficticio, y los gatos que escriben sus textos no comparten necesariamente su comida. Los autores no tienen nada contra las mujeres, y por lo que a ellos respecta pueden seguir constituyendo asociaciones feministas para dar pena y mendigar subvenciones.

viernes, 30 de abril de 2010

PROHIBIDO FOLLAR (Bajo pena de cárcel)


(Cuando estoy liado con una historia por entregas no me gusta interrumpirla para hablar de otras cosas. Hoy sin embargo haré una excepción, y creo que es la primera vez; lo necesito. El lector me perdonará, y yo podré seguir durmiendo, o bien el lector no me perdonará, en cuyo caso dormiré igualmente).

En Zaragoza un hombre está encarcelado por follar consentidamente con una mujer. Curiosamente la mujer goza de libertad, de una libertad que aprovecha para proclamar a los cuatro vientos que la jodienda fue cosa de los dos.

De acuerdo, no escatimaré datos: la mujer tiene 15 años y el hombre 43, y la mujer es alumna del hombre.

¿Y qué?

Según nuestra legislación la edad mínima para consentir relaciones sexuales se establece en los trece años (una edad biológicamente acertada aunque muchos meapilas se escandalicen), entonces, si estos dos tortolitos superaban tanto por una parte como por la otra dicha edad, ¿por qué hay un hombre en la cárcel? Pues porque alguien se ha sacado de la manga una supuesta agravante de prevalimiento (esto es que el hombre, profesor de música de la mujer, se aprovechó de su condición de profesor para influir en ella). No obstante la implicada afirma que lo que sucedió fue por su gusto, pero da igual. Que si quieres arroz, Catalina.

-Así que ese hombre malo abusó de ti, pobre criatura indefensa.

-¿Qué está usted diciendo? ¡Oiga, que yo estaba encantada de trajinar con ese maduro tan interesante!

-No, hija, no. Lo que pasa es que tú no sabes lo que dices.

-¡Pero bueno! Si sabré yo qué es lo que me moja a mí la rajita...

-¡Ay, Señor, perdónala, pues no sabe lo que dice!

Me imagino también la conversación del profe con el poli que lo detuvo:

-¡Te vas a comer un marrón como la manga de un brujo!

-¿Pero qué he hecho yo?

-¡No te hagas el tonto, asaltacunas!

-¿Cunas? ¡Que ese bombón tiene quince años y dos tetas como dos catedrales!

-¿Sí? ¿Y desde cuándo los yogurcitos se dejan percutir por viejales? -pregunta incrédulo el poli, que es cuarentón, calvo y barrigudo.

-Pues usted no sé, pero yo siempre he tenido mucho éxito.

-Éxito el que vas a tener entre los bujarras de la prisión, triunfador, que eres un triunfador.

Qué mal lleva esta sociedad hipócrita y envidiosa que alguien pueda ser feliz follando a destajo, caramba. Por lo que he podido leer en diferentes sitios nada indica que hubiese prevalimiento. En lugar de eso la chica se está desgañitando exponiendo la inocencia de su amante, ¡pero qué importa lo que la "víctima" declare! Porque, no nos engañemos, aquí no se pretende proteger a una menor; se está castigando a un hombre por hacer realidad el mismo sueño que tantos fiscales, policías, y padres de adolescentes tienen o han tenido.

¿Doble moral?, bah, es mucho más sencillo, y se llama envidia o celos. Envidia en el caso de tantos hombres que están linchando al profesor y que mientras penetran a sus ajadas esposas en la intimidad de sus conciencias sueñan con las prietas carnes de nínfulas quinceañeras; celos en el caso de tantas señoras que se saben inevitablemente derrotadas por la insultante belleza de la generación de féminas que ha de relevarlas.

Prevalimiento, se le supone al profesor a pesar de las declaraciones en contra de su percutible alumna, y una vez más la presunción de inocencia se va de vacaciones, como hace siempre -tan oportuna ella- cuando la hipotética víctima es mujer o menor de edad. ¿Cómo no iba a hacer las maletas ahora que se dan ambas circunstancias? ¡Otro hombre entre rejas acusado de salirse del rebaño!

Aunque quizás -puestos a hilar fino- lleguemos a la conclusión de que cualquier mujer que sienta preferencia por un profesor, o por un jefe, o por un mentor, o simplemente por un amigo sabio y buen consejero, y que decida acostarse con él, estaría siendo víctima de un abuso con el agravante de prevalimiento. Sí, puede ser, de hecho es habitual que las mujeres se bajen las bragas ante cualquier forma de autoridad. Si eso es punible cabe preguntarse cuántos de nuestros padres deberían estar en la cárcel, y cuántos de nosotros no deberíamos haber sido engendrados.

Por mi parte confío en que el profesor de música del IES Avempace sea puesto en libertad próximamente, y que lo celebre con un buen polvo con su quinceañera amante, si es que para entonces esta sociedad de aguafiestas y soplapollas aún no ha convertido a la muchacha en otra triste marioneta al servicio de lo políticamente correcto, sea eso lo que sea.

Hacedme un favor, reprimidos del mundo: ¡dejad a la gente follar en paz y meteos en vuestros asuntos! No busquéis delitos donde solo hay sueños cumplidos.

jueves, 29 de abril de 2010

La visita del asiático que quería ser albaceteño (VI)


(Viene de aquí).

Con más lascivia que vergüenza la capitán Bragas y el antropólogo Gino se entregaron a un apasionado besuqueo sin prestarme la menor atención. Gusi y yo contemplábamos atónitos la escenita.

Continúa la transcripción:

Misó Gino: ¡Perla mía! (Muac, muac).

Susana Bragas Blindadas: ¡Amorcito pequeño! (Muac, muac, muac).

MG: ¡Cuánto soñé con este momento! (Muac, muac).

SBB: ¡Al fin juntos! (Muac, muac). Dime una cosa, tesorito mío, (muac, muac), ¿quieres a María Ascensión más que a mí? (Muac, muac).

MG: ¡Qué cosas se te ocurren, picoleta de mis desvelos! (Muac, muac). Leónidas me obligó a casarme con ella (muac, muac), y también a pegarle (muac), pero yo solo pensaba en ti.

SBB (separándose un poco de Misó): ¿Pensabas en mí cuando le pegabas?

MG (horrorizado): ¡Oh, no, mi amor! Quiero decir que...

SBB (riéndose juguetona): Que ya lo sé, tontín; que te he entendido. (Muchos muacs).

Aquello era demasiado para mí. Miré el reloj. Eran las tres menos veinte de la madrugada. Decidí que era la hora perfecta para abrir una botella de whisky y beber directamente del gollete. Si me iba a volver loco mejor hacerlo estando borracho.

Continúa la transcripción:

Soldadito de Plomo: Cuando los tortolitos gusten, ejem, ejem, podría ser presentado a la dama.

Susana Bragas Blindadas: ¡Uy, Soldadito, qué poca educación la mía!

SdP: Bah, da igual, doña Susana. En realidad nos podemos dar por presentados, pero sería de agradecer que dejen las efusiones amorosas para su intimidad; tengan en cuenta que hay un gatito castrado presente.

Misó Gino: Compréndanos, señor de Plomo. Ahora que estamos libres del influjo leonidiano se revela nuestra verdadera naturaleza, tierna, amorosa, gentil...

SdP: Sí, sí, vale. Digo yo que ha llegado el momento de hablar clarito y de resolver esta extraña situación antes de que se me llene la casa de friquis. Para empezar, la señorita Bragas Blindadas quizá tenga algo que decir sobre mi amigo Leónidas Kowalski. El señor Gino afirma que Leo está vivo y que me quiere matar. ¿Es usted de la misma opinión, doña Susana?

SBB: Totalmente. He visto a ese hombre, si es que se puede llamar hombre a semejante monstruo, y puede estar seguro de que corre usted un gran peligro.

SdP: Pero este... este pintoresco asunto tiene aún para mí muchos puntos oscuros. Siéntense, por favor, y explíquenmelo todo detenidamente. ¿Por qué dice usted, doña Susana, que ahora no están bajo el influjo del ínclito Leónidas?

SBB: ¡Es tan obvio! Parece usted un pelín gilipollas, señor de Plomo.

MG: ¡Eso mismo le dije yo hace unos minutos, mi niña! Oh, estamos tan compenetrados...

SdP: ¡Basta de ñoñerías y centrémonos! A ver, volvamos a lo del influjo.

SBB: Cuando Leónidas Kowalski fingió su propia muerte le confió a usted la contraseña de su blog, el Diario de un Cabeza de Chorlito, ¿no es así?

SdP: En efecto. Lo hizo mientras agonizaba, para que yo pudiera anunciar en la bitácora su muerte. ¿Y qué?

SBB: Tras la fingida muerte de Leónidas no ocurrió nada especial durante los primeros cuatro meses. Todo seguía como siempre; Misó y yo nos odiábamos, tal como Leónidas dejó escrito. Sin embargo, a partir del día 16 de febrero de 2010 algo cambió, como si Leónidas hubiera dejado de ser dueño de nuestras emociones.

SdP (pensativo): ¡Claro! Sí, aquel día me presenté como nuevo autor del Diario de un Cabeza de Chorlito. Recuerdo que cambié la contraseña de Leo por otra de mi gusto para que me fuera más fácil de recordar.

MG: ¡Ajá, eso explica algo que no podía comprender hasta ahora! ¡Naturalmente, ja ja ja! En ese momento Leónidas perdió el control del blog, y por lo tanto también dejó de influir en nuestra existencia.


(CONTINUARÁ)

miércoles, 28 de abril de 2010

La visita del asiático que quería ser albaceteño (V)


(Viene de aquí)

Din don, din don, din don, insistía el timbre. El antropólogo Gino y yo nos mirábamos viéndonos recíprocamente el miedo en las caras.

Continúa la transcripción:

Soldadito de Plomo (susurrando como el propio Gino al principio): ¿Qué hacemos?

Misó Gino (también en susurros): ¡Y a mí qué me cuenta!

SdP (sin dejar de susurrar): No ayuda usted una mierda, caballero. Debe de ser Leónidas. Quizá podamos hablar con él y aclarar todo este embrollo.

MG (sotto voce): Le recuerdo que ese tipo lleva puesta una timopulsera Power Balance.

SdP (quedamente): ¡Hostia, es verdad! Con gente así no se puede razonar. Madre mía, qué trance.

Voz femenina y autoritaria al otro lado de la puerta: ¡Abran a la Guardia Civil!

Aquello no me lo podía esperar, y confío en que el lector tampoco. Caminando de puntillas, en absoluto silencio, conteniendo la respiración, me acerqué a la puerta para ver a través de la mirilla. Pisé la cola de Gusifluky. ¡¡¡MIAAAAUUUUU!!! Misó y yo dimos un respingo.

Continúa la transcripción:

Voz femenina y autoritaria al otro lado de la puerta: ¿Qué demonios le están haciendo a ese gato? ¡Abran inmediatamente!

Soldadito de Plomo (con el corazón en la boca, dirigiéndome a Gino): Es una mujer gorda disfrazada de picoleta.

Misó Gino (decidido): Déjela pasar.

Abrí la puerta. Una corpulenta mujer con uniforme de guardia civil y estrellas de capitán penetró en mi casa apartándome de un manotazo. Se coló en el salón y plantóse con los brazos en jarras ante Misó Gino.

Continúa la transcripción:

Misó Gino (poniéndose en pie): ¡Doña Susana Bragas Blindadas, al fin nos conocemos!

Susana Bragas Blindadas (con voz trémula en lugar de autoritaria): Llevo toda mi vida buscándote, pequeño japo.

MG (emocionado): Sí, hemos tardado en vernos las caras... ¡amor mío!

SBB (llorando de puro gozo y con el chichi hecho Pepsi Cola, supongo): ¡Vida mía! ¡Prófugo de mis entretelas y forajido de mi corazón! ¡Oh, mi chinito querido, te amo tanto!

(CONTINUARÁ)

martes, 27 de abril de 2010

La visita del asiático que quería ser albaceteño (IV)


(Viene de aquí)

Aquella pregunta, he de reconocerlo, me desasosegó (más de lo que ya estaba). ¿A qué jugaba aquel hombre? Cerré la puerta y, aceptando que sería una noche larga, tomé asiento frente al profesor Gino.

Continúa la transcripción:

Soldadito de Plomo (con voz cansada): Todo esto es una locura.

Misó Gino: En eso, señor de Plomo, estamos totalmente de acuerdo. Pero respóndame: ¿hasta qué punto está seguro de que Leónidas Kowalski de Arimatea falleció el pasado 12 de octubre?

SdP: Todo lo seguro que se puede estar; yo estaba allí cuando murió. Puedo enseñarle el certificado de defunción si no me cree.

MG (condescendiente): No será necesario; me consta que es falso, y si no me equivoco aparece como causa de la muerte un inaudito "fallo multiorgásmico".

SdP (a la defensiva): Pues sí, fallo multiorgásmico, ¿qué pasa? Leónidas era tan chulo que se murió de lo que le dio la gana. No veo dónde está el problema.

MG: A veces, querido Soldadito, parece usted un pelín gilipollas, y perdone que se lo diga tan crudamente. ¿Es que no ve que le han mentido? Leónidas está vivo; lo he visto con estos rasgados ojos, y debo advertirle a usted que su viejo amigo ha enloquecido peligrosamente, muy peligrosamente. Nunca estuvo bien de la cabeza, pero ahora... oh, ahora está verdaderamente enfermo. La locura y la maldad se han apoderado de lo poco bueno que quedaba en él. Lo he visto por la calle, hablando solo, clamando venganza al viento, con el rostro desfigurado por la ira...

SdP (hablando atropelladamente): ¿Venganza de qué? Si de verdad Leónidas está vivo y se encuentra tan mal como usted dice necesitará mi ayuda el pobre hombre.

MG (exasperado): ¿Es que no va a entender nunca, maldita sea? ¡Leónidas Kowalski lo odia a usted por haberle robado el blog y ha jurado matarlo! En parte es eso lo que venía a advertirle, aunque hay más cosas de las que hablar.

SdP (patidifuso): Pe... pero... pero yo creía que... que estaba muerto, nunca pensé que le estuviera robando el blog, sino que... que lo había... heredado, junto a su casa y su pornoteca y su gato. Hablaré con él y todo se arreglará, sí, eso haré.

MG: ¡Ingenuo desgraciado! ¡Si hubiera usted visto en su antiguo amigo esa mirada de odio infinito y tremebunda insania que yo he visto...! Leónidas hasta lleva ahora una timopulsera Power Balance, no le digo más.

SdP: ¡Eso es imp...!

Din don, volvió a sonar el timbre en ese preciso momento. Misó y yo nos sobresaltamos y vimos paralizados de terror que Gusifluky se acercaba a la puerta, se sentaba frente a ella y quedaba expectante mirándola, meneando nervioso la cola.


(CONTINUARÁ SI ME DEJAN TIEMPO)

lunes, 26 de abril de 2010

La visita del asiático que quería ser albaceteño (III)


(Viene de aquí)


Entonces ocurrió algo curioso que me impulsó a mirar al visitante con nuevos ojos. Gusifluky apareció en el salón desperezándose, se detuvo mirando fijamente a Gino y tras unos segundos de intensa observación se acercó a él y comenzó a ronronear y a frotarse contra sus piernas. Gino acarició a Gusi repitiendo una y otra vez "minino bonito, minino bonito".

Me permitirá ahora el amable lector un paréntesis para contar que aquellas cariñosas palabras del oriental me recordaron algo relacionado con una de esas historias que lo marcan a uno. Me refiero a la novela del recientemente fallecido Miguel Delibes Los Santos Inocentes. Como curiosidad contaré para quien no la haya leído que esa novela está escrita de una manera engañosamente simple, sin usar puntos salvo los que finalizan cada capítulo, de manera tal que cada capítulo es como una larga frase. Y lo mejor de todo es que no me di cuenta de ese detalle hasta acabar el libro. Creo que hay que ser un genio para hacer eso. (Sirva este párrafo de humilde homenaje al maestro Delibes).

Y ahora, agradecido por la paciencia del sufrido lector, continúo con el relato de la visita que recibí por parte de un personaje leonidiano.

Si Gusifluky se mostraba afectuoso con Misó Gino, como así era, había motivos de peso para creer que este no mentía al asegurarme ser una buena persona. Aún así yo albergaba dudas, y por si las moscas emplacé al antropólogo al día siguiente.

Continúa la transcripción:

Soldadito de Plomo: Bueno, señor Gino, es tarde y necesito dormir y pensar en todo este disparate. Márchese usted y ya mañana, con más tiempo, me cuenta eso tan importante que me tiene que revelar.

Misó Gino (desesperado): ¡No tenemos tiempo que perder! Algo terrible está por suceder en cualquier momento; dentro de dos años, de un mes o... podría ser esta misma noche.

SdP: Está usted rematadamente loco, eso es lo que pasa. Aunque pensándolo mejor debo de ser yo el que está como una chota. ¡Usted es un personaje de ficción, por amor de dios! ¡No puede estar en mi salón, ni sus odiosos libros pueden estar en mi biblioteca! O se va inmediatamente o llamo a la Guardia Civil y le doy el chivatazo a su amiga la capitán Bragas Blindadas.

MG (sonriendo con tristeza): Sigue sin comprender, amigo mío, sigue sin comprender. Susana Bragas Blindadas es una buena chica que nunca quiso mandar la temible Compañía Némesis; de hecho ella, cuando habitaba en el mundo de las cosas que no existen, soñaba con ser bailarina de ballet clásico, ¡y mírela ahora, convertida en la jefa de una unidad de mujeres torturadoras! La pobre Susi, obligada a perseguirme por siempre jamás, y yo condenado a huir de ella eternamente. ¡Todo por culpa de ese espantoso Leónidas Kowalski!

SdP (con firmeza): ¡No le consiento que hable así de mi amigo muerto, y menos aún en la que fue su casa y ante su gato!

MG (lúgubremente): Es usted un infeliz, querido Soldadito de Plomo. No comprende nada. De veras que siento compasión por usted.

SdP (abriendo la puerta de la calle y señalando al exterior): ¡Al carajo usted y su compasión! ¡A la puta rúe ambos! Y no olvide coger su gabardina y su sombrero.

MG (sin hacer ademán de levantarse, mirándome fijamente y con voz más tétrica que nunca): ¿Está usted seguro, inocente Soldadito de Plomo, de que su amigo Leónidas está muerto?


CONTINUARÁ. INSISTO EN QUE TENGO CUBIERTAS LAS ESPALDAS: SI DESAPAREZCO LA GRABACIÓN COMPLETA SERÁ ENVIADA A LA POLICÍA.

domingo, 25 de abril de 2010

La visita del asiático que quería ser albaceteño (II)

(Viene de aquí).

Mientras le preparaba la copa al visitante no dejaba de pensar en su nombre, Misó Gino. Me sonaba vagamente, pero no terminaba de ubicarlo en el adecuado lugar de mi deficiente memoria. Entonces tuve una idea: con la bebida de mi extraño huésped en la mano fui a la biblioteca que heredé tras el fallecimiento de Leónidas Kowalski y empecé a buscar por la letra G. No me llevó mucho tiempo encontrar lo que buscaba. Gala, García Lorca, García Márquez, Gardner, Garzón, Gayle, ¡y Gino! Había más de dos docenas de libros escritos por alguien llamado Misó Gino. Leí los demenciales títulos de ese autor sintiendo que el corazón se me aceleraba a medida que aquellas horribles palabras eran procesadas por mi cerebro: Consecuencias positivas de la ablación; La única buena atada a la cama y con las piernas abiertas; Cómo quitarles el dolor de cabeza: aspirina y dos buenas hostias; La mujer, ese mal bicho; Qué putas son todas; A la mujer, palos y mala vida; A la mujer ni agua (segunda parte de A la mujer, palos y mala vida); Un bozal para su señora; Bondades del burka; Los musulmanes sí que saben (segunda parte de Bondades del burka); El cochino precio de la golfa de tu hermana... y así muchos otros títulos igualmente abominables. Ahora sí que sabía por fin a quién había abierto la puerta de mi hogar en plena madrugada.

Comprenderá el lector que me pusiera a temblar de rabia, de odio y, por qué no admitirlo, también de miedo; a fin de cuentas el autor de esos infames libros estaba en mi salón, esperando un vaso de alcohol de 96 º que yo estaba derramando en la biblioteca. Volví junto a Gino, tan enfurecido como temeroso.

Continúa la transcripción:

Soldadito de Plomo: He cambiado de opinión. Ya no le voy a servir ninguna copa; bastante malo es tenerlo aquí como para encima tenerlo borracho. Sé quién es usted y debo rogarle que se marche inmediatamente de mi casa.

Misó Gino (susurrando aún): Comete usted un gravísimo error, señor de Plomo. Tenemos que hablar de importantes y urgentes asuntos. Créame que está usted en un error.

SdP (alzando la voz): ¿Error? ¿Acaso no es usted el innoble antropólogo a cuya cabeza puso precio la vicepresidenta Fernández de La Verga? ¿Acaso no es usted el malvado inventor de esa sevicia llamada "metodo de reconducción para la mujer rebelde"? ¿Acaso no es usted el principal objetivo de la Compañía Némesis?

MG: Sí, es verdad que soy quien dice, pero usted no entiende lo que está pasando.

SdP: ¡No hay nada que entender! ¡Fuera de aquí, villano! No lo quiero en mi casa. Es usted un hombre malo.

MG (negando con la cabeza y aparentemente apesadumbrado): No lo entiende, maldita sea. No entiende usted nada. Yo no soy malo, lo que pasa es que me han escrito así.

SdP: Ah, claro, échele la culpa al difunto Leónidas Kowalski de Arimatea. Qué bonito está eso, sí señor.

MG (empieza a llorar): Pero es la verdad. Su amigo Leónidas me creó de esta manera tan horrible aquel infausto 10 de noviembre de 2006. Yo no quería. Yo estaba tan feliz en el mundo de las cosas que no existen y de repente me vi convertido en un asiático misógino, pero en verdad yo hubiera querido ser de Albacete, y llamarme Amador, Amador de Mujer, en lugar de llamarme por el improbable nombre de Misó Gino. Yo nunca quise hacer las cosas atroces que Leónidas me obligó a perpetrar. Tiene usted que creerme, por favor. Corremos un serio peligro y es de vital importancia que usted escuche lo que he venido a decirle.


(CONTINUARÁ, SI NO ME MATAN ANTES. EN CUALQUIER CASO LA GRABACIÓN COMPLETA ESTÁ DISTRIBUIDA EN VARIAS COPIAS QUE OBRAN EN PODER DE PERSONAS DE CONFIANZA, Y TODAS TIENEN INSTRUCCIONES DE ENVIARLAS A LA POLICÍA SI DESAPAREZCO).

viernes, 23 de abril de 2010

La visita del asiático que quería ser albaceteño (I)


Qué extrañas sorpresas nos depara la vida. Anoche, de madrugada, recibí la visita de un viejo conocido de este blog al cual creía definitivamente desaparecido. Me equivocaba.

Sonó el timbre. Din don. Miré el reloj. Eran las dos de la madrugada y siete minutos. Seguí viendo pornografía en internet. Volvió a sonar el timbre. Din don. Volví a mirar el reloj. Seguían siendo las dos y siete de la madrugada. Cerré las ventanas de Windows. Apagué el ordenador. Abrí la puerta. Acojonante visión apareció ante mí.

Tratábase de un señor bajito envuelto en una gabardina, con gafas de sol y sombrero de fieltro. La piel de su cara presentaba un color amarillento de enfermo hepático, o de alguien que lleva mucho tiempo sin recibir las radiaciones solares, o de alguien que es asiático. O quizá de las tres cosas juntas.

A partir de aquí transcribo lo que ha quedado registrado en la grabación (yo es que lo grabo todo; deformación tras muchas horas de Messenger):


Visitante (susurrando): Buenas noches. Disculpe lo intempestivo del momento. He sabido de su existencia leyendo el Diario de un cabeza de chorlito, y necesito hablar con usted. Es de vital importancia que usted y yo tengamos una conversación. ¿Me permite pasar?

Soldadito de Plomo (algo inquieto por el sospechoso aspecto del visitante): Pues... la verdad... no sé yo si son horas de conversar con señores susurrantes cubiertos por gabardina, sombrero, y gafas de sol a las dos y pico de la mañana.

V (bajando aún más la voz): Se lo ruego. Quizá no haya otra oportunidad, y lo que tengo que decirle es por el bien de ambos.

SdP (cediendo a regañadientes): Está bien, pase, pero le advierto que a la más mínima le azuzo al gato.

V (entrando en mi casa y sin dejar de susurrar): ¿Y cómo está el pequeño Gusi, ahora que lo menciona? He sabido por DCC que tiene un problema de parásitos internos. Por cierto, sería inútil que lo azuzara contra mí porque él y yo somos viejos amigos. La verdad es que cuando Leónidas Kowalski vivía aquí yo fui... invitado, digamos, para evitar que ciertas personas me capturaran.

SdP (arrepentido ya por haber dejado entrar a un loco en mi casa) : Bien, bien, muy interesante lo que me cuenta. ¿Podría quitarse las gafas, caballero?

V (desprendiéndose de las gafas y del sombrero, pero no de los susurros): Naturalmente, señor de Plomo, y con mucho gusto me quitaré esta calurosa gabardina también si me indica dónde dejarla.

SdP (temiéndome lo peor): ¿Lleva usted algo bajo la gabardina?

V (ofendido, pero sin dejar de susurrar): ¡Pues claro que llevo algo bajo la gabardina; un traje completo! ¿Me toma usted por un vulgar exhibicionista? ¿Es que no sabe aún quién soy? ¿No le dicen nada mi pelo tieso y mis ojos oblicuos, ahora que me he quitado gafas y sombrero?

SdP (alucinando pepinillos): Discúlpeme, pero no caigo. Quítese la gabardina y siéntase cómodo, como si estuviera en su casa. Adelante, déjelo todo ahí encima, sobre ese sofá, eso es. Y ahora, por favor, siéntese en este otro sofá. ¿Quiere tomar algo?

V (sentándose): ¿Qué puede ofrecerme? Necesito tomar algo fuerte.

SdP (deseando haberme quedado dormido hace rato y que todo esto sea una pesadilla): Tengo de todo dentro de la legalidad vigente. Pida usted por esa boquita de piñón.

V (susurrando como siempre): ¿Tiene alcohol de 96º? Me vendría bien una copita de eso rebajada con un chorrito de agua.

SdP (pensando algo así como "la madre que lo parió, no me extraña que esté cirrótico perdido"): Por supuesto. Ahora mismo se lo traigo, señor...

V (susurrando una vez más el muy cabrón): Gino, profesor Gino. Pero llámeme Misó.

(CONTINUARÁ. ADVIERTO QUE MÁS DE UNA PERSONA HA RECIBIDO LA INFORMACIÓN PERTINENTE PARA ENVIAR AL JUZGADO EN CASO DE QUE ME OCURRA "ALGO" Y NO PUEDA CONTINUAR CON ESTO).

jueves, 22 de abril de 2010

Pues esto es lo que hay, para unos y para otros


Si lo que aquí se publica gustara a todo el mundo, probablemente yo sería un hipócrita, un cínico, un farsante o, lo que es peor, sería un político, un futbolista o una prostituta. Afortunadamente soy un soldadito de plomo al que le falta una pierna, y quizá también uno o dos tornillos. Empiezo así esta entrada porque hace poco enlacé cierto desbarre pornográfico que finalizaba con una eyaculación masculina sobre un ano prolapsado femenino (podría ser peor: imaginen a un... ¡puaj, dejen ya de imaginar, guarros!), y eso provocó opuestas reacciones en dos de mis lectores, o sea, entre un porcentaje altísimo de mis lectores. Uno de ellos me lo agradecía y el otro me lo afeaba. Curiosamente ambos me escribieron el mismo día, y curiosamente ambos me escribieron a mi correo electrónico en lugar de hacerlo mediante los comentarios del blog, que digo yo que para eso están, pero bueno.

El caso es que les pedí permiso para publicar aquí sus comentarios, y me han respondido que vale, que se las trae flojas lo que yo haga. Pues eso, que publico lo que me contaban (manteniendo ocultas sus identidades, por supuesto).

En contra:

"Decirte que me gustan las ultimas entradas de tu blog, me alegra ver que continuas vivo, bueno me gustan todas menos la del culo ese que le sale el higo, te veo bien.

[...]

Tengo una teoria.... si desajemos de hacernos pajas envejeceriamos muy rapido y lo digo en serio, el cuerpo se mantiene sano mientras nos hagamos unas pajillas diarias, el cerebro piensa que tenemos que encargarnos de todos nuestros hijos y así todo marcha bien, estoy seguro de eso.

Te dejo tres enlaces .

1º) para que lo uses en tu blog, la proxima vez que te pongas romantico. Pulpito.

2º) [...]

3º) Daikichi Amano.

Que pases un buen fin de semana.
J."

A favor:

"Dios, que alegría me acaba de dar tu última entrada. Yo no es que practique nada parecido, y desde luego tampoco me gustaría verlo. Es que esta entrada te devuelve a lo que me gustaba de tí, esas entradas en el blog que hacían que me partiera de risa. Mira, me has animado una mañana que no era muy buena.

Menos mal que has vuelto por tus fueros, que ya pensaba que te habías amariconado con lo de los cuentos aquellos,( ¿ Dónde está mi Javier, que me lo han cambiado ? ) pero veo que no, que aún tu podrido y retorcido cerebro vomita cosas como esa.

Un abrazo para un reencontrado amigo,

P."

Y ahora, unas reflexiones mías sobre estos dos amables corresponsales:

Uno que expone su teoría acerca de la eterna juventud basada en el onanismo y en la negativa a reproducirse, y ese mismo se queja de mi enlace al vídeo del ano prolapsado pero enlaza un vídeo donde un pulpo es introducido en un coño; otro que se parte de risa cuando enlazo un vídeo "very hard", y el mismo me acusa de amariconarme porque escribí un cuento lleno de suicidios, y para colmo dice que mi cerebro es "podrido y retorcido" y que ¡se alegra por ello!

Pero el rarito soy yo. El bloguero díscolo soy yo. El enfermo soy yo. Claro, claro, siempre yo. "¡Como el Luisma es tonto...! ¡Como el Luisma es tonto...!"

Manda cojones. Decía al principio que tal vez me faltan uno o dos tornillos, pero concluyo afirmando que a la mitad por lo menos de mis lectores les falta una ferretería entera.


miércoles, 21 de abril de 2010

Gusi está malito, segunda parte. (Mwajajaja...)


Mi realidad misógina y alcohólica, bromista y solitaria, no es ni bien comprendida por todos ni aceptada por casi nadie; pero como diría cierta amiga militarizada en exceso: ¡me la suda!

Ayer descubrí que Gusi, mi pequeño Gusifluky, estaba malito y que padecía una infestación de parásitos intestinales. Al volver del trabajo me pasé por una nueva clínica veterinaria que acaban de abrir a una manzana de donde vivimos Gusi y yo. Pregunté por el horario vespertino y me dieron cita para esa misma tarde a las 19:30. Al pedir cita me atendió un tipo muy joven de aspecto tímido, con toda la pinta de no estar ducho en el trato con clientes, y yo vestía de uniforme (esos detalles serán importantes más adelante).

A las 19:30 Gusifluky y yo estábamos en la consulta. Gusi se enfadó mucho cuando un perrito minúsculo que estaba en la sala de espera intentó olisquear su transportador, pero al margen de eso todo fue bien. Incluso el veterinario (el mismo tipo joven de aspecto tímido que me citó horas antes) pudo manipular a Gusifluky sin sufrir desperfectos en sus globos oculares. Gusifluky fue examinado, diagnosticado y medicado. Todo parecía marchar bien, hasta que el joven veterinario tuvo la intrépida ocurrencia de pedir que encerrara a Gusi y que él y yo habláramos a solas; teníamos que hablar de nutrición gatuna. Ahí surgieron los problemas.

El veterinario me habló de piensos carísimos especiales para gatos castrados (yo no sabía que tal cosa existiera, pues no se refería al común pienso "light" para controlar el peso, sino a otra comida mucho más sofisticada), y sobre uretras obstruidas en gatos castrados. El veterinario me quería vender esos piensos carísimos especiales para evitar la obstrucción de la uretra de un gato castrado. A mí no me convencía:

-Pero ese pienso es cinco veces más caro que el pienso que compro para Gusifluky - protesté.

-Bueno, pero si no le da ese pienso, dentro de un tiempo volverá aquí para hacerle una operación a su gato, y habrá que implantarle una uretra artificial y... eso es caro -me dijo amenazadoramente el veterinario.

A mí las amenazas, sean con razón o sin ella, me tocan mucho las pelotas. Y entonces pasó lo que pasó.

-Ajá, ya entiendo. Bah, me da igual. Si el puto gato se pone jodido de verdad siempre cabe otra solución -dije mirando fijamente al veterinario.

Pasaba el tiempo y el veterinario me sostenía la mirada sin decir nada, como esperando a que yo terminara de expresarme. Así que continué.

-Llegado el caso le arrancaré la cabeza al gato -dije con toda la seriedad del mundo y sin separar mi mirada de la del veterinario.

A partir de ahí se me hace difícil expresar lo que sucedió a continuación, porque la cosa se volvió muy rarita. El veterinario abrió mucho la boca, se reclinó sobre su sillón, y se quedó así, sin decir nada, mientras ambos nos mirábamos muy fijamente, él con la boca abierta y yo con la boca cerrada, muy serio, sin parpadear y sin dejar de mirarlo a los ojos. Dejé transcurrir un rato esperando a que el veterinario reaccionara, pero como no espabilaba añadí:

-No sería la primera vez.

El joven veterinario me observaba asombrado. Se llevaba las manos a la cabeza y me miraba implorando clemencia: "Dime que esto no está pasando", parecía gritar con los ojos. Yo le mantenía la mirada sin dejar asomar el menor signo de simpatía. El muchacho respiraba de un modo sospechoso, como si le faltara el aire. Aspiraba aire boqueando como un pez fuera del agua, con gesto espantado y sin dejar de palparse el pecho y la cabeza. Le confesé entonces que lo mío era una broma, y que adoro a los gatos, y que sería incapaz de arrancarle la cabeza a ninguno de ellos. No se rió; siguió boqueando.

-Cálmese, hombre, que es una broma -le dije por tercera o cuarta vez.

-Ust... usted eeeee... es mmmmm... militar, ¿no? -dijo recobrando el habla poco a poco.

-Sí, lo soy.

-¡¡¡Aumfvscbndkvbdfvbjf!!! -profirió más o menos el veterinario mientras volvía a llevarse las manos a la cabeza ante mi desconcierto. Empecé a preocuparme por ese hombre, de verdad.

-Oiga, en serio, que ni siendo militar ni civil iría por ahí descabezando gatos -intenté calmarlo.

-Ya, vale, pero... usted es militar, ¿verdad?

Joder, no sé si partirme de risa o cortarme las venas. ¿Qué idea tienen algunos civiles de lo que es un milico? Puedo prometer y prometo que nunca he arrancado cabeza de gato alguno (de bebés humanos sí, muchas veces, pero ahora no estamos hablando de eso).

Dicen quienes me conocen personalmente que nunca saben cuándo hablo en serio y cuándo no, hasta que después de mucho tiempo me cogen el punto. Espero que el nuevo veterinario de Gusi espabile pronto y llegue a entenderme; el tipo me cae bien.

Ah, y lo de Gusifluky no es nada serio, de hecho el mismo e impresionable veterinario alabó su saludable aspecto. Gracias.

martes, 20 de abril de 2010

Gusi está malito


El pequeño y casquivano Gusifluky está enfermo. Desde que lo heredé no había dado el menor problema de salud, hasta ahora. Dejen que les hable de ello, porque necesito desahogarme y también porque ustedes, si tuvieran el honor de relacionarse conmigo en vivo, me obligarían a ver las fotos de sus hijos (son ustedes unos pesados) y yo las vería como si me importaran algo.

Esta mañana, mientras me afeitaba, Gusifluky hizo una caquita con un color más claro de lo habitual y con una pestilencia muy superior a la deseable (a Gusi le gusta cagar y comer ante mi presencia; yo creo que así se siente más seguro) . Estaba terminándome de perfilar la perilla, como si yo fuera un italiano cualquiera, y ya no he soportado más las hediondez. Al ver la preciosa caca de Gusi con su nuevo aspecto y su intenso aroma los he achacado a que ayer precisamente le cambié el tipo de pienso, y probablemente se deba a eso. Sin embargo, cuando me dispuse a retirar el pegote color de hoja otoñal vi dos pequeños objetos blancos sobre el zurullo, alargados y planos, casi bidimensionales, y comprobé que uno de esos objetos cuya longitud no alcanzaría el centímetro se movía.

Con cierto cargo de conciencia -yo es que me encariño pronto con cualquier forma de vida que no sea humana- he separado al mojón y a sus dos residentes del gel de sílice donde Gusifluky hace sus cositas y he arrojado por el retrete a morada y moradores; temía que Gusi, muy aficionado a todo lo que se mueve, se pusiera a jugar con sus nuevos amiguitos planos.

Esta tarde tengo consulta con el pediatra de Gusi, más conocido como veterinario del puto gato, y confío en que me dé una rápida solución.

Ainsss, estoy tan preocupado...

Eran tan lindos esos bichillos blancos, jo. Se les veía así como buena gente, sin maldad ninguna, y yo los he arrojado por el inodoro. A veces pienso que soy una mala persona.

lunes, 19 de abril de 2010

Sigue viva esa maldita Bestia Negra



Por esos azares de la puerca vida he dado con esta fotografía de alguien que a ustedes importará una mierda, pero a mí no. La muy zorra ha envejecido aunque se la ve relativamente saludable. Para mí que esa mala puta tiene un pacto con el diablo.

No te preocupes, Mari Carmen, ya no sueño con estrangularte. Mi rencor es finito y hay demasiada gentuza entre la que repartirlo, así que tocáis a poco. Salud y suerte. (Pero por si acaso procura no cruzarte en mi camino, no sea que me cojas de malas y tengamos un disgusto).

¿Se siente feliz? Usted es tonto

Querido lector, me he cruzado con usted esta mañana y lo he visto sonreír con cara de bobo. Parecía usted inmerso en ese estado antinatural llamado felicidad que algunos teóricos con más optimismo que sentido común se obcecan en considerar normal y hasta deseable. ¡Tonterías! La felicidad es para los idiotas.

Yo mismo recuerdo con esfuerzo algunos momentos de pasada felicidad en mi vida, y ahora sé que eran el preludio de las circunstancias horribles que vendrían después. Si no me hubiera complacido tanto en ese perjudicial estado podría haber previsto parcialmente los acontecimientos futuros y así haber hecho algo para atenuar sus funestas consecuencias. Pero no, no quise darme cuenta de nada, y después pagué caro el despiste.

No quiero, amigo lector, que te pase lo mismo. Voy a borrarte es sonrisa bobalicona, prepárate. Empecemos hablando de Srebrenica, verás qué historia tan chuli. Te va a gustar, seguro:

Corría el año 1995, hace nada como el que dice,

sábado, 17 de abril de 2010

"Entretenga a sus amigos, escandalice a las señoras"




No hace mucho leí la novela de ciencia ficción Las estrellas, mi destino (Alfred Bester, 1956), también conocida por el título de ¡Tigre! ¡Tigre!, y me di de bruces con un pequeño fragmento anecdótico del que quiero dejar constancia aquí:

[Le tendió a Foyle un paquete de sobres sucios.

-¿Fotos guarras, signore? Cristianos de sótano arrodillados, rezando, cantando salmos, besando cruces. Muy asquerosas. Muy prohibidas, signore. Entretenga a sus amigos, escandalice a las señoras.]

Fotos guarras muy asquerosas. Excelente manera de resumir lo que opino de los ritos religiosos, que me parecen más obscenos que la pornografía, y que además tienen el agravante de ser comúnmente inculcados en los niños. Hay padres que incluso siendo ateos o agnósticos apoyan a sus hijos en la querencia absurda de seguir un rito religioso por razones de "peso" como la tradición, especialmente en eso llamado comunión. "Estoy de acuerdo contigo, pero el niño quiere, y además la van a hacer todos sus amiguitos", suelen reponderme los padres del futuro fanático cuando les hago ver lo grave de iniciar a un niño en una secta. Pero da igual lo que yo pueda decir, porque pensar no es bueno, en cambio perpetuar ideas mitológicas es genial.

Y con eso se acaba la parte de ateísmo ilustrativo de este escrito. Vayamos ahora a otras consideraciones más literarias.

Si os gustó El Conde de Montecristo (Alejandro Dumas [padre], 1844) y os va la ciencia ficción no os podéis perder la novela de Bester. Imaginad a Edmond Dantés en versión futurista, allá por el siglo XXV, cobrándose implacable su venganza, en un mundo constituido por varios planetas y satélites (e incluso un asteroide donde habita una peculiar colonia llamada Pueblo Científico, que paradójicamente ha convertido los recuerdos ancestrales de sus antepasados científicos en una suerte de religión). Las similitudes entre la novela de Bester y la de Dumas son tantas que no cabe más que pensar que son totalmente intencionadas. Un homenaje, supongo. (Nota para los lectores perezosos: la historia de Foyle se desarrolla en unas mil páginas menos que la de Dantés, así que no os lo penséis).

viernes, 16 de abril de 2010

Invitación


La unidad militar donde tengo el honor de ganarme el pan, el Regimiento de Artillería de Costa número 4 (RACTA-4), cumple dentro de unos días 300 años de Historia, siendo el regimiento de artillería más antiguo de España y el único con aptitud artillera de costa. Con motivo de su tricentenario se está llevando a cabo una serie de actos en colaboración con la ciudad que nos acoge, San Fernando, entre los cuales se encuentra una jornada de puertas abiertas en el acuartelamiento de Camposoto precisamente mañana sábado día 17. Desde las diez y media de la mañana hasta las seis y media de la tarde todos seréis bienvenidos.

Mis compañeros de las baterías de armas expondrán sus obuses de 155/52 mm. y harán durante el día varias exhibiciones de entrada en posición de fuego. Yo no participo en nada de eso, pero una amiga civil con ardor guerrero se ha empeñado en que le haga de cicerone.

Así que ya sabéis, chorlitianos lectores, si estáis cerca y sentís curiosidad por lo que hacemos los militares en nuestro trabajo mañana es un buen día para descubrirlo. Yo estaré encantado de veros por Camposoto.

Actualización (17-04-10, a las 20:57): El evento fue suspendido a las cuatro de la tarde por unas gotas de lluvia. Me gustaría decir lo que opino de eso, pero la disciplina militar me lo impide. Lo que deseo es tener la suficiente memoria para no volver a anunciar en esta bitácora nada relacionado con unos militares que tienen tan poca palabra. Me siento avergonzado, con esa vergüenza ajena de la que no eres culpable pero sí víctima. Los mismos que han decidido suspender las exhibiciones por unas gotas de lluvia son quienes me mandan a mojarme durante semanas enteras de maniobras mientras ellos están en sus casas o alojados en una residencia. No sigo hablando porque cualquier cosa que diga podría ser considerada constitutiva de falta disciplinaria. Mierda, cada día me cuesta más sentirme orgulloso de ser militar.

jueves, 15 de abril de 2010

¡Ey, picha! Permíteme decirte...


Más de cinco años después he vuelto a verte. En este tiempo me he preguntado qué sería de tu vida muchas veces, pero no tantas como debiera. Has engordado y envejecido demasiado. Pero estás vivo, cabronazo, estás vivo y eso me alegra porque, ¿sabes?, te quiero un huevo.

No te hubiera reconocido si no fuera por esos inconfundibles ojos azules en los que se concentra toda la expresividad que no puedes manifestar de ninguna otra manera; en los que hay tanta vida; en los que bullen mil historias que -¡no!- nunca podrás contar. Tú, claro, no me reconociste a mí.

Llegaste y esperaste, sin decir nada. Te reconocí y te di las buenas tardes mientras sentía que algo se me retorcía por dentro. Tú, por supuesto, no respondiste. Edu, que te conoce, te sirvió un café con leche y sumergió en él una pajita. Tío, creo que eres la única persona que conozco que se toma el café con pajita.

Cuando acabaste con el café te marchaste sin ninguna despedida. Algo seguía retorciéndoseme por dentro.

"Edu, ponme otra cerveza. Quiero celebrar un encuentro", dije.

Después, demasiado tarde como siempre, me di cuenta de que lo que se retorcía en mi interior eran las ganas de abrazarte, amigo. Y una vez más otro abrazo se fue adonde van los abrazos que no supimos dar a tiempo.

miércoles, 14 de abril de 2010

Pesadilla órtica


Advertencia: Lo que viene a continuación no es apto para menores, adultos sensibles o personas aquejadas de hemorroides. Que no se diga luego que no avisé.


Estaba yo hace unos días informándome sobre prácticas sexuales en diferentes culturas con motivo de un estudio antropológico que estoy llevando a cabo... Vale, esto no se lo va a creer nadie. Empiezo de nuevo:

Estaba yo hace unos días mirando pornografía y matándome a pajas cuando descubrí algo que no soy capaz de describir. Andaba muy feliz, con una mano en el ratón y la otra en el chóped y entonces vi aquello. "No, soldadito, no puede ser. Pero... pero... ¿PERO QUÉ COJONES ES ESTO? ¡POR LAS BARBAS DEL PROFETA! ¿Esa mujer está expulsando un alien, maldita sea? ¡ARRRGGG! ¡DIOS MÍO, QUE ALGUIEN DETENGA ESTA PESADILLA!", me decía a mí mismo, paralizado por el terror e incapaz de interrumpir el vídeo que estaba viendo.

Oh, queridos y chorlitianos lectores, bien sabéis que os amo, y por eso mismo comprenderéis que desee compartir con vosotros el documento gráfico que ha cambiado mis hábitos de sueño, trastornándolos más de lo que ya estaban.

Dado que sé que el amor que os profeso es justamente correspondido no me cabe duda de que veréis el vídeo que tan generosamente os presento. Muchas gracias por compartir mi carga. (Haciendo clic en la imagen seréis enviados a una web de vicio y perdición bajo vuestra responsabilidad. Lo bueno empieza en el minuto 4:15, pero es en el minuto 5:25 cuando la cosa se pone dantesca):



Quienes se hayan atrevido a ver esto estarán de acuerdo conmigo en que la expresión "darse la vuelta como un calcetín" cobra un nuevo sentido, un significado así como más visceral...

lunes, 12 de abril de 2010

Al principio de todo


Era el verano de 1988. Por entonces el pequeño Soldadito de Plomo tenía trece años y ya había leído dos o tres novelas de las de adultos. Ahora no puede estar seguro pero cree que fueron: Embajador en el infierno, de Torcuato Luca de Tena; La noche de los generales, de Hans Hellmut Kirst; y Valle del Jarama, de Enrique Barco Teruel. Como correspondía a un joven soldadito las tres novelas trataban temas bélicos, aunque la segunda era más bien policíaca. Las tres novelas las sustrajo el Soldadito de Plomo de la biblioteca de su tío Antonio.

Había nacido un lector.

Hoy en día, tanto tiempo después, el Soldadito de Plomo acaba de comprobar que las tres novelas que robó hace más de veinte años a su tío Antonio -ya desencuadernadas y apolilladas- están presentes en su pequeña biblioteca. El Soldadito de Plomo se ha complacido por ello. Pero volvamos al año 1988: el Soldadito de Plomo pasaba el verano de aquel año entre Torrevieja, donde veraneaba con sus padres, y La Torre de la Horadada, donde compartía el resto del verano con sus tíos y sus primos. En ese último lugar nuestro pequeño soldadito de trece años estaba enamoriscado de una niña de la misma edad llamada María Jesús, que era de Santa Pola pero que también pasaba los veranos en la Horadada. Aquella niña se iba a sitios oscuros por las noches, en la playa, para fumar, y se llevaba con ella al joven soldadito. El soldadito se dejaba hacer y para complacer a su amada empezó a fumar.

Había nacido un fumador.

En una de aquellas noches del verano de 1988 la niña besó, casi por la fuerza, al inocente soldadito. Era la primera vez que el Soldadito de Plomo sentía una lengua enrollándose a la suya, y la verdad es que se asustó un poco cuando notó la mano de la niña sobarle la entrepierna. El soldadito adolescente, paralizado por la emoción que sentía, no se atrevió a corresponder a las caricias de su amada. De aquella noche el Soldadito de Plomo recuerda el sabor a tabaco en la boca de María Jesús, el olor del mar y el ruido de las olas.

Había nacido un enamorado.

Días más tarde nuestro soldadito volvió a Murcia. Se había acabado el verano mágico del año 1988, y con él se acabó la infancia del soldadito. Cuando llegó a Murcia sentía que su experiencia con la niña María Jesús no podía caer en el olvido; era algo demasiado grande para eso. Por aquel año 1988 al soldadito le hubiera sonado a chino que le hablaran de internet, y los blogs ni existían. Encontró un viejo cuaderno y un bolígrafo, y se puso a escribir contando lo maravillosa que era María Jesús y lo feliz y a la vez desgraciado que se sentía él.

Había nacido un bloguero, aunque por entonces no pudiera saberlo.

Hoy, casi veintidós años después, el Soldadito de Plomo sigue leyendo (otras cosas), sigue fumando (la misma marca de veneno), y sigue amando (a otra mujer).

Pero, en esencia, sigo siendo el mismo soldadito inocente que una vez se asustó, hace más de veinte años, cuando inesperadamente la mujer-niña que amaba me acarició.

domingo, 11 de abril de 2010

24 servilletas. (Cuento de pájaros, de un gato y de un siniestro personaje)

Leónidas Kowalski de Arimatea entra en la tienda de animales +Kotas. Es un hombre moreno de unos treinta y tantos años con canas en la cabeza y en la perilla. Sus ojos son negros. Calza zapatos negros, viste vaqueros negros, jersey negro de cuello vuelto y cazadora de piel negra. Tiene también el alma negra, pero eso aún no puede saberlo Eli.

Eli, la dependienta, es una chica rubia de unos veinte años a la que Leónidas le suena vagamente. "Ajá, comida para gatos", recuerda Eli. Se sorprende cuando esta vez el hombre pide otra cosa.

-Buenas tardes, señorita. Quisiera pájaros. Dos.

-Hola. ¿Pájaros cómo?

-Pájaros. Dos. Como sean.

-Pero vamos a ver, ¿agapornis, periquitos, canarios...?

Leónidas duda. No había pensado en la marca.

-Pues... no sé. ¿Son caros?

-Depende.

-¿De qué?

-Del pájaro que quieras.

A Leónidas le da mucho por el saco que lo tuteen los desconocidos, pero como se trata de una chica guapa decide no dar importancia al detalle.

-Quiero pájaros baratos. Dos.

-Tenemos una oferta de tres canarios al precio de dos. A lo mejor te interesa.

-Sí. Póngame tres canarios al precio de dos canarios. ¿Gritan mucho esos pájaros?

Eli se ríe.

-Hombre, más que gritar cantan.

-¿En español? -pregunta muy seriamente Leónidas.

-No, en canario -responde Eli entre risas.

-El acento canario es como el andaluz, pero más dulce -comenta el hombre como si pensara en voz alta -. Me gusta. Quiero esos tres pájaros al precio de dos pájaros.

A la chica hay algo que no le cuadra. Ese cliente está diciendo unas cosas muy raras y las dice muy serio. Al principio Eli ha pensado que el hombre estaba de guasa, pero ya no sabe qué pensar.

-A ver, mira, que si lo que quieres es un pájaro que hable te recomiendo que compres un loro.

-¿Tres loros al precio de dos loros?

A su pesar Eli vuelve a reírse.

-¡No, hombre! Un loro al precio de un loro, porque además solo tenemos uno. Y es caro, te advierto.

-¿Cuánto de caro?

-400 euros.

-No me interesa. Quiero pájaros baratos. Dos. O tres al precio de dos. Y que griten.

-Bueno, querrás decir que trinen: pío, pío, pío.

-¿Y no pueden gritar?

Eli empieza a mosquearse.

-Pues no, no pueden. Los pájaros no gritan.

-Pero usted dijo que el loro habla. Un loro al precio de un loro. Y habla. Lo dijo usted.

-Ya, pero los otros ni hablan, ni gritan, ni cantan, ni nada de nada. Solo dicen pío pío pío.

-¿Pío pío pío? -pregunta incrédulo Leónidas.

-Sí, eso justamente. A ver, ¿tú para qué quieres un pájaro?

-No quiero un pájaro. Quiero dos. O tres al precio de dos.

-Los que sean. ¿Para qué los quieres?

-No son para mí. Son para Gusifluky.

-¿Y ese quién es? -pregunta Eli, que ya está perdiendo la paciencia.

-Es el gato. Aquí he comprado pienso para el gato, comedero para el gato, transportador para el gato, collar antipulgas para el gato, y ahora quiero comprar dos pájaros para el gato. O tres pájaros al precio de dos pájaros. Para el gato, señorita.

Eli mira a Leónidas de arriba a abajo y empieza a tomar conciencia de que algo no va bien en la cabeza de ese cliente. Sigue intentando comprender de qué va todo esto:

-Yo es que no te entiendo, eh, perdóname. Para el gato, ¿pero para qué?

-Para lo que el gato quiera.

Eli se pone melodramática.

-¡El gato los va a matar!

-Sí. Tres al precio de dos. ¿Gritarán?

-¡Que no gritan! ¡Y que no te vendo pájaros para que un gato los mate sin ningún motivo!

-Quizá también se los coma. A los dos. O a los tres al precio de dos.

-No se los va a comer, solo los va a matar. Los gatos domésticos no se comen lo que cazan -explica Eli muy didáctica.

-De acuerdo. Tres al precio de dos -insiste Leónidas, a quien se la trae floja que Gusifluky se coma o se deje de comer a los pájaros.

Eli no dice nada. Tiene los brazos en jarras y mira desafiante a Leónidas. Leónidas se limita a sostenerle la mirada, impertérrito, sin emoción alguna en su rostro, sin parpadear. Eli se pone muy nerviosa, pero dice con tono severo:

-Lo siento, señor, pero no le puedo vender pájaros.

-¿Por qué ahora me llama de usted? Creía que éramos amigos -dice Leónidas sin el menor rastro de emociones.

-Joder, tío, esto no es normal. Mira, paso. Que no te vendo pájaros y ya está. No hay más que hablar.

Pero Leónidas es de la opinión de que aún tienen mucho de lo que hablar.

-Olvidemos la oferta de tres pájaros al precio de dos. Puedo pagar dos pájaros al precio de dos pájaros.

-A ver si lo entiendes: NO TE VEN-DO NIN-GÚN PÁ-JA-RO.

-¿Ni un solitario pájaro al precio de un solo pájaro?

-No, nada de nada. Cero pájaros al precio de cero pájaros.

-Bien. ¿Tiene ratones?

-¡TAMPOCO VOY A VENDERTE RATONES!

-Pues véndame hamsters. Veo que tiene muchísimos. ¿Veinte al precio de quince, quizás?

-Tú estás enfermo, colega. No te vendo nada. ¡Fuera de aquí!

Leónidas permanece varios segundos mirando a la dependienta. Después, lentamente, da la espalda a Eli y se dirige a la puerta, pero cuando está a punto de salir se gira de nuevo y dice:

-¿Me vendería peces? Dos o tres peces al precio de dos peces, como prefiera.

-¿Para el gato?

-Sí.

-Pues no, tampoco te vendo peces.

-Señorita, ¿tiene algo contra el pequeño Gusifluky?

-No señor. A mí me gustan todos los animales, y su gato que coma pienso.

-Gusifluky come pienso. Lo compro aquí. Usted lo sabe. "Marchando un kilito de pienso para el gatito del caballero". Eso lo dice usted siempre.

-Pues ya ves, hoy no te voy a decir "marchando dos pajaritos para el gatito".

-Pero usted debe entender que Gusifluky necesita matar algo. Al pienso no se le puede matar porque no está vivo.

-Pues así están las cosas. Aquí no vas a encontrar lo que tu gato necesita.

Leónidas reflexiona unos segundos sobre la vida, la muerte, los gatos y las dependientas obtusas.

-Vale -dice Leónidas-. Ahora quisiera comprar dos bombillas de sesenta watios. ¿Tiene una oferta de tres bombillas al precio de dos bombillas?

-¡ESTO ES UNA TIENDA DE ANIMALES! -dice Eli ya totalmente fuera de sí.

-Pues no se nota, señorita, no se nota -responde el hombre con una sonrisa casi imperceptible, aunque sus ojos están tan fríos como siempre.

Eli pierde la diplomacia.

-¡FUERA DE AQUÍ, LOCO! -grita esgrimiendo hacia Leónidas una cadena para perros grandes.

Leónidas se marcha parsimoniosamente. Quince segundos más tarde vuelve a entrar en la tienda.

-Buenas tardes, señorita. ¿Tiene gusanos?

Eli no puede dar crédito a lo que está pasando.

-¿Gusanos? ¿Para el gato también? -pregunta con voz cansada.

-No. Para pescar. Para pescar peces para el gato.

-¡Que te largues, sádico! ¡Enfermo, que eres un enfermo!

Pero Leónidas Kowalski de Arimatea es un hombre de recursos y decide emplear una nueva táctica:

-Tiene razón, amable señorita. No quería decírselo porque me da vergüenza, pero la verdad es que estoy mal de la cabeza y el psiquiatra me ha prescrito contemplar pájaros y regocijarme con sus bellos y relajantes trinos: pío pío pío y todo eso, ya sabe. ¿Me puede vender dos pájaros, o tres pájaros al precio de dos pájaros?

A Eli ya le tiemblan las rodillas. Lo del psiquiatra, a la vista está, tiene mucho sentido, pero ella no se fía de ese tipo tan raro.

-Oye, te lo digo muy en serio, o te vas o llamo a la policía.

Eso no gusta nada al hombre. Le parece insultante que lo tachen de delincuente por querer hacer feliz a su lindo gatito inocente.

-Si usted llama a la policía yo mañana volveré aquí. Volveré aquí con Gusifluky y todo esto -dice Leónidas señalando con un gesto amplio la tienda -será un jodido bufet libre para el pequeño Gusi. Pío pío pío y ñam ñam ñam...

A Eli no parece impresionarle la amenaza y descuelga el teléfono mascullando insultos. Marca un número de tres dígitos y Leónidas la oye decir al aparato:

-¿Policía? Llamo desde la tienda de animales +Kotas. Hay aquí un loco amenzándome y...

Leónidas se marcha frustrado. No entiende por qué todo el mundo parece estar en contra de su gato. Mientras camina hacia su casa arrastrando los pies piensa que el mundo es muy injusto. Aquella chica tenía un montón de pájaros (tres al precio de dos) y no ha querido que el pobre Gusi tenga ninguno. Es una iniquidad que Leónidas se resiste a aceptar, y va pensando en ello, encolerizado, cuando llega al bloque de pisos donde ocupa un ático junto a su gato Gusifluky, y antes de entrar al edificio mira hacia el balcón del segundo A. Allí hay varios pájaros enjaulados -canarios, jilgueros, verderones...-, y Leo vuelve a pensar en lo mal repartido que está el mundo. Llega a su hogar con una abominable sensación de fracaso. Gusifluky va a recibirlo en cuanto oye que la llave se inserta en la cerradura. Leónidas toma en brazos a su gato y le moja el pelo de la cabeza con lágrimas de insoportable rabia.

Unos minutos después Diego Liébana, el vecino del segundo A, abre la puerta de su casa ante la insistencia de alguien que llama incansablemente al timbre. Ante él se encuentra Leónidas Kowalski de Arimatea.

-Quiero pájaros. Dos, tres, ocho. Todos los que tenga -dice el siniestro vecino del ático, quien en un brazo acuna a un enorme gato negro y blanco y en la otra mano sostiene un objeto cromado que contrasta con la negrura de su indumentaria.

Cri-clic, hace el arma cuando Leónidas la amartilla. Ese ruido, y el ronroneo de Gusifluky, es lo último que Diego Liébana oye en su vida.

viernes, 9 de abril de 2010

Querida Bibi, contento me tienes


Querida Bibi:

Ya no sé qué pensar de ti, la verdad. Eres un personaje desconcertante. Al principio, cuando supe de la creación de ese absurdo Ministerio que diriges con tanto salero, creía que serías una aprovechada del perverso feminismo radical y segregacionista como tantas otras zorras feministoides.

Luego, cuando el aburrimiento de tu innecesario Ministerio te empujó a decir sandeces y a inventar payasadas, pensé que eras tonta de remate.

Ahora, querida Bibi, gracias a tu última ocurrencia ( lo de los horrendos y machistas cuentos clásicos que deben ser defenestrados) ya no pienso que seas tonta, porque no quiero aceptar que una persona tan zote y fanática forme parte del Gobierno de mi país. Estoy lamentablemente acostumbrado a los chorizos y a los corruptos (¡aunque no resignado, hijos de puta!), pero la majadería extrema que tú exhibes no la puedo asimilar. Tú, querida Bibi, estás en otra onda.

¿Pero si no eres rematadamente idiota qué demonios eres tú, amiga Bibi? Empiezo a pensar que eres una humorista, una cómica con cartera ministerial, la Groucho Marx del Gobierno.

Tal vez, querida Bibi, la razón de tu cargo no sea otra que la de dar ocasionales motivos de risa al pobre españolito (y también a la pobre españolita, aclaremos ese matiz sexual no sea que te ofusques, Bibi). Lo que pasa es que estamos tan habituados a las gilipolleces que también a ti te hemos tomado por gilipollas. Pero no, lo tuyo es otra cosa. Los gilipollas somos los demás, porque no hemos sabido ver el talento que tienes como humorista.

Ay, guasona, que eres una guasona. Gaditana tenías que ser. Ofú, shosho, qué bastinazo.

jueves, 8 de abril de 2010

Los diversos suicidios del teniente Núñez. (XVII, ¡y último!)


Aquella noche Silvia y yo cenamos en El Fogón de Mariana (carne para mí, pescado para ella) y tras un breve paseo por la ciudad nos alojamos en el hotel Sal y Mar (cama de matrimonio para los dos). Follamos como descosidos y Silvia, ya fuera por el alcohol o porque de natural es así, se portó como una amante desinhibida y bastante golfa. En una escala de cero a diez se merecía un ocho, lo que no está nada mal porque yo soy muy tacaño puntuando.

A la mañana siguiente llegamos juntos al cuartel. Silvia arrastraba pesadamente su resaca como un fantasma sus cadenas.

-Ufff, Leo, cómo me duele la cab... -estaba diciendo Silvia cuando vio a Calahorro venir sonriente a nuestro encuentro.

Calahorro, que es un caballero, me pagó la apuesta ("cincuenta euros si te tiras a la nueva entre hoy y mañana; si es que no, me los pagas tú") .

Como es de esperar en estos casos Silvia Contreras se hizo la ofendida con gran vehemencia y con profusión de improperios dirigidos a mi inocente persona. En algún momento llegué a pensar que de verdad estaba enojada. Las mujeres son así de histéricas, qué le vamos a hacer.

Hace un mes de todo esto, y hoy he sabido que Silvia está embarazada. Me lo ha contado ella misma. Ya se le ha pasado el cabreo y está haciendo planes de boda conmigo. Quiere que siga contándole historias, la muy masoquista.

No sé cómo decirle que estoy casado.

FIN

miércoles, 7 de abril de 2010

Los diversos suicidios del teniente Núñez. (XVI)


-Joder, Leo, empiezo a estar hasta el coño de toda esta mierda -dijo Silvia Contreras.

-¡Niña, no hables así!

-¡Pero es que es verdad! ¿Por qué nunca pasa nada bueno?

Me encogí de hombros. "¿Por qué nunca pasa nada bueno?" Excelente pregunta. Pensé en ello mirando alternativamente mi vaso y el escote de Silvia. Volví a encogerme de hombros sin responder a mi compañera, hasta que pasado un rato de incómodo silencio dije:

-Pasó el tiempo. Sanz me llamaba todas las semanas y me decía: "Sin novedad, mi primero. Mande saludos a Gil y al cabo Calahorro". Gil también me llamaba y me contaba cosas como que la boina negra le daba un toque muy atractivo, o que se había echado una novia ecuatoriana que era madre de tres hijos y que por fin se sentía plenamente aceptado, o que le encantaban los Light Gun de 105 milímetros, o que ya había hecho el curso de paraca y que tenía no sé cuántos saltos, o que estaba haciendo el curso de cabo, o...

En este punto de la narración me disculpé y fui a esconderme en el meódromo. Me había emocionado y no quería que Silvia Contreras me viera llorar. Cuando volví a nuestra mesa Silvia estaba impaciente.

-¿Y qué más te contó Gil?

-Me dijo que allí, en la brigada paraca, nadie lo llamaba Gil y Pollas. Me lo dijo con mucha naturalidad, y a mí eso me impresionó, porque yo no sabía que Gil sabía que aquí lo llamaban así. Me lo contó como si para él hubiera sido normal ser conocido como el "Gil y Pollas", y dando por hecho que todos, incluido yo, lo sabíamos. Silvia, te prometo que yo jamás lo llamé así, pero es verdad que tampoco hice nada para que otros dejaran de hacerlo.

Me quedé callado mirando a Silvia. Ella tampoco decía nada, y entre sorbo y sorbo me miraba con la cara vacía, bella e intrigante de una muñeca de porcelana. Luego me guiñó un ojo y pronunció con voz casi inaudible: "Sigue". Y yo, claro, seguí.

-Sanz vivía su año como agente en prácticas tras salir de la academia de Baeza. Estaba destinado en un pueblo de Lérida, no recuerdo el nombre, y andaba de patrulla con su compañero Ortega cuando se detuvo para ayudar a un conductor que se las veía y se las deseaba para cambiar una rueda pinchada. En ello estaban cuando, según Ortega, Sanz se puso en medio de la carretera justo un instante antes de que un camión con matrícula francesa lo despedazara. Dice el guardia Ortega que Sanz se estaba partiendo de risa cuando aquel camión se le echaba encima. He hablado con Ortega y así me lo ha contado. Por cierto, Ortega está de baja psiquiátrica desde entonces, y dice que fue algo espeluznante. Fue el 29 de octubre de 2009.

-Bueno, Leo -dijo con tristeza Silvia -, ya solo quedabais Gil, Calahorro y tú. A ti te tengo delante, y lo de Calahorro ha sido esta misma tarde... Así que, en fin, acabemos ya esta historia: ¿qué pasó con Gil?

-¿Te enteraste de lo del cabo de Afganistán, la semana pasada? -pregunté a Contreras.

-Mmm, pues no, lo siento.

-Un cabo se puso delante de la ametralladora de un RG-31 cuando la estaban probando. Supe que se trataba de Gil en cuanto vi aquellas iniciales en las primeras noticias que llegaron a España: "A. G. P." El cabo Antonio Gil Pumar había abandonado el Club de los Probables Suicidas para asociarse al Club de los Suicidas Efectivos descuartizado por una ráfaga de 12´70. Me pregunto si vio al fantasma del teniente Núñez, con sus medias de seda y sus bragas de encaje, inmediatamente antes de escabecharse.

-Vaya, pues no me he enterado del suceso, aunque con esto del cambio de destino he estado muy liada últimamente y no he prestado atención a las noticias.

-Ya, Silvia, ya imagino. Además no se le ha dado mucha publicidad a la muerte de Gil, porque una cosa es que los malvados talibán te pongan una traca en el camino y otra cosa muy distinta es que un militar enloquezca y se coma a bocajarro el fuego de una ametralladora pesada.

-¿Y ahora qué, Leo? -inquirió Silvia tras un par de minutos de silencio.

-Ahora nos vamos a cenar, mi nueva compañera, y luego ya veremos.

-Después nos vamos a tu casa -dijo Silvia decididamente.

-Mejor a un hotel, que Gusifluky es muy arisco con los desconocidos -afirmé categórico.


(UNA ENTRADA MÁS Y HABREMOS ACABADO. ¿NO ESTÁIS EMOCIONADOS POR EL INMINENTE DESENLACE, TRES LECTORES DE MI ALMA?)

lunes, 5 de abril de 2010

Los diversos suicidios del teniente Núñez. (XV)


-Ya, ya. Lo entiendo -dijo Silvia -. Sospechar próxima la propia muerte debe de ser un buen incentivo para arreglar asuntos pendientes.

-Sí, Silvita, sí. ¿Puedes creerte que lo tengo todo atado y bien atado para que cuando llegue el momento una residencia de animales se encargue de Gusifluky? Al menos durante un año, mientras le buscan amo. No quiero pensar en lo que pasará después si no le encuentran dueño; no pude pagar para más tiempo.

-Claro que me lo puedo creer, y te diré otra cosa: si te pasa algo yo me encargaré de Gusi. Ya puedes rescindir el contrato con la residencia de animales -prometió Silvia muy seriamente cogiéndome una mano.

-¿Lo dices de verdad, compañera? Para mí es muy importante contar con eso.

-Claro, tonto. Pero no te va a pasar nada, tú confía en mí.

-Confío en ti, pero... Silvia, en aquella maldita guardia con el teniente Núñez pasó algo. Yo no sé lo que es ese algo, y ya te dije que no creo en magias; pero algo extraño pasó, algo muy raro que no podemos entender.

-¡Tú no vas a suicidarte, Alburquerque! ¡Por mis muertos que tú no...! Oye, a todo esto, ¿cómo te llamas? Te conozco solamente por Alburquerque, y creo que después de todo lo que me has contado me merezco llamarte como te llamen los íntimos.

-Mi nombre completo es Leónidas Alburquerque Kowalski. Sí, no pongas esa cara; mi abuelo materno era polaco. Llámame Leo y en paz.

-De acuerdo, Leo. ¿Qué pasó con los demás? Sigue contándome.

-Bien. Recordarás que solo quedábamos Sanz, Gil, Calahorro y yo. Sanz y Gil sostenían la idea de que el fantasma de Núñez nos rondaba, y que su influjo maligno se manifestaba sobre todo en el cuartel Cascaperales. No sé por qué habían llegado a esa conclusión, pues lo cierto es que la mayoría de los suicidios se produjeron fuera del acuartelamiento. De todos modos, independientemente del hipotético territorio de actuación, el mero hecho de suponer la existencia de un fantasma ya era lo bastante disparatado como para invalidar cualquier suposición derivada de tan absurda premisa. Fuera razonable o no lo fuera, Sanz y Gil pensaban que alejándose de Cascaperales conjurarían el peligro. ¿Y qué podía decirles yo? "Oh, muchachos, no me seáis magufos. La gente se suicida todos los días en todas partes, así que lo que está pasando es lo más normal del mundo". No, Contreras, eso tampoco podía convencer a nadie, ni siquiera a mí.

»En cualquier caso la serie de suicidios se interrumpió dándonos una larga tregua, suficiente para que en el verano de ese 2008 Sanz aprobara el ingreso en la Academia de la Guardia Civil y...

-¡Espera, espera! -interrumpió Silvia consultando la servilleta en la que yo mucho antes había escrito una reseña de los componentes de la guardia del 31 de diciembre de 2007 -A ver, a ver, un momento... ¿Sanz no era el que trapicheaba con droga? ¿Y se hizo picoleto?

-Claro, Silvia. Veo que estás atenta. Párate a pensarlo y te darás cuenta de que tiene su lógica; una lógica criminal pero lógica a fin de cuentas.

Silvia meditó sobre ello entre brumas etílicas. Tardó un poco en comprenderlo pero el resultado fue impecable.

-Ya entiendo, Leo. Ser conocedor del submundo de la drogodelincuencia podía serle muy ventajoso, tanto si decidía ser un eficaz servidor de la ley como si prefería ser un guardia civil corrupto.

-Exacto, Silvia. Hasta borracha sabes pensar.

-¡No estoy borracha, colega! -protestó mi compañera con un mohín -.Solamente estoy algo achispada, y un poco cachonda. ¡Olvida eso que acabo de decir! -corrigió inmediatamente -Vale, es verdad, estoy muy borracha. Sigue y no me hagas caso.

-Vale. Te decía que Sanz se fue a la Academia de Picolandia. Creo que ingresó en septiembre, y más o menos por aquellas fechas Gil se fue destinado al GACAPAC.

-Espera otra vez, Alburq... Leo. Es que me lío un poco con las siglas militares. Déjame hacer memoria.

-Ya lo sé, Silvia. Las siglas son una pesadilla. Ya lo dijo Dámaso Alonso tan graciosamente en aquel
Poemilla muy incompleto: "Vosotros erais suaves formas: INRI, de procedencia venerable, S.P.Q.R., de nuestra nobleza heredada. Vosotros nunca fuisteis invasión. Hable al ritmo de las viejas normas mi corazón, porque este gris ejército esquelético siempre avanza (PETANZA, KUTANZA, FRUTANZA); frenético con férreos garfios (TRACA, TRUCA, TROCA)..."

-¡Calla, calla, idiota, que me lío más todavía! -exclamó entre carcajadas mi amiga -. ¡Ya lo tengo! El puto GACAPAC ese es el Grupo de Artillería de Campaña de la Brigada Paracaidista. Los artilleros brillantinas, vamos.

-Muy bien, pequeña artillera. Pues eso, Sanz por un lado y Gil por otro pensaron que yéndose lejos del cuartel Cascaperales y de esta ciudad estarían a salvo del fantasma del teniente Núñez, o de lo que fuera que estaba matándonos.

-¿Y qué ha sido de ellos dos? -preguntó Silvia con un deje de esperanza.

-Están muertos, como todos los demás y como yo mismo lo estaré dentro de poco tiempo -le respondí fríamente.


(FALTA POCO PARA ACABAR... CREO)