AVISO PARA LECTORES: Esto es un blog de desahogo personal y en ningún caso las opiniones aquí vertidas se corresponden con la postura oficial del Vaticano. Leónidas Kowalski de Arimatea es un personaje ficticio, y los gatos que escriben sus textos no comparten necesariamente su comida. Los autores no tienen nada contra las mujeres, y por lo que a ellos respecta pueden seguir constituyendo asociaciones feministas para dar pena y mendigar subvenciones.

jueves, 23 de diciembre de 2010

Que pisa, que pesa, que abraza, que abrasa... ¡Muera el amor!


Se pasa uno la puta vida escribiendo con pasión y poniendo el hígado entre sus torpes y trituradoras palabras como si su blog obedeciera a una receta de paté, y después de años descubre que una folclórica ha cantado lo que él nunca supo escribir.

Constantemente me pregunto de qué sirve escribir este blog o cualquier otra cosa, porque todo cuanto yo pueda teclear ya fue contado por gente más talentosa que yo. Cada tecla que pulso es superflua, cada letra que escribo sobra, cada vez que abro la boca violo un pasado ajeno ante el que mi presente debiera postrarse y rendir pleitesía. Es tan frustrante... ¿Para qué esforzarme en escribir aspirando a arañarle el corazoncito a alguien si a fin de cuentas todo cuanto yo pueda parir fue antes mil veces dicho, escrito y cantado? ¿Por qué intentar conmover al lector con las imprecisas palabras de un aprendiz de escribidor, con lo cómodo que sería citar alguna frase de Los Grandes y quedarme tan fresco? Solamente una respuesta se me ocurre: Algún día, cuando todo se vaya a tomar por saco -y antes o después, sea colectiva o individualmente, todos nos iremos a tomar viento fresco- yo me quiero ir adonde no se vuelve creyendo que puse algo de mi parte para hacer un mundo más heterogéneo y -permítaseme la falta de recato- más rico, por muy modesta que mi contribución fuera.

Se pasa uno la puta vida escribiendo con pasión y poniendo el hígado entre sus torpes y trituradoras palabras como si su blog obedeciera a una receta de paté, y después de años descubre que una folclórica ha cantado lo que él nunca supo escribir.

Olé por la Jurado y, sobre todo, por su anónimo letrista:

sábado, 18 de diciembre de 2010

Un seguro de vida para mi gato Gusifluky


Soy una mala persona, eso lo sabe todo el que tuvo la desdicha de cruzar su vida con la mía en algún momento; pero la sevicia que he perpetrado recientemente no tiene nombre. Durante la comisión del innombrable delito que cometí el último miércoles -sin pudor lo confieso- me llegué a sentir divinamente (nada de culpabilidad ni esas zarandajas de niño obligado a estudiar catequesis), pues pertenezco a esa deleznable clase de individuos que se regocijan causando destrucción y provocando dolor a su paso.

Sin embargo ahora, en el momento de narrar lo sucedido, quizá por un rastro atávico de humanidad que se mantiene presente en mí como si fuera un inútil apéndice que la evolución ha desechado, noto el opresivo peso de la culpa en mi regazo... Anda la hostia, ¡pero si no es la culpa; es Gusifluky! Jopetas, Gusi, vete a comer algo, o a cagar, o a alguna de esas otras interesantes actividades a las que tan apasionadamente te entregas cuando no duermes, ¿es que no ves que estoy escribiendo, tontín?

¿Por dónde íbamos? Bueno, da igual, el caso es que hice algo muy malo. Y encima ahora lo voy a cascar (porque las malas acciones si permanecen secretas no son malas del todo).

La mañana del pasado miércoles amaneció anunciando para mí un día presumiblemente ocioso. Otro miércoles cualquiera me habría levantado temprano para cumplir con mis obligaciones laborales, pero aquel miércoles no era un miércoles cualquiera, no; era un miércoles de semana sabática (porque yo lo valgo), conque estaba a eso de las once tumbado en mi cama, con mi pijama color corinto (como los zapatos de don Zana, la odiosa marioneta que aparece en Alfanhuí -¡larga vida a Sánchez Ferlosio!-), con mi edredón nórdico que lleva varios inviernos esperando que cumpla la promesa de lavarlo, con mi manta azul puesta sobre el edredón (a Gusi le encanta), con mi gato de siete kilos ronroneando sobre mis pies, con mi calefactor de aire caliente, con mis consecuentes sudores de la muerte, y con mi libro Canibalismo ocasional, de Shiguro Takada. Me encontraba, como digo, bien a gustito, absorto en la lectura de tan provechosa obra divulgativa, abstraído en las útiles recomendaciones de Takada y con un principio de erección (sí, siempre me pongo cachondo leyendo cosas así; ya me pasaba cuando leí Milagro en los Andes, y otra vez que leí Historia natural del canibalismo fue un no parar de hacerme gallardas), cuando sorpresivamente -¡oh, calamidad!, ¡oh, aciaga fortuna la mía!- sonó el teléfono con su horrísono
pitupuí pitupuí pitupuí.

Era Olga. Jamás este cabeza de chorlito hubiera podido esperar que precisamente fuera Olga -¡la gran Olga!- quien marcara su número, y es lógico suponerlo así porque hasta que me ha llamado no tenía ni idea de su existencia. La buena de Olga, ni más ni menos. La ingenua Olga, con su acento andaluz bajo y con su notable falta de experiencia. Pobre Olga, quien a pesar de la juventud que transmitía su voz hubo de marcar mi número de teléfono en funesta hora.

Me imagino a Olga madrugando en aquel aciago miércoles, poniéndose guapa para asistir -presumo que es muy coqueta- al que podría ser su primer día de trabajo. La veo frente al espejo, mirándose y remirándose en busca del menor defecto, ilusionada ante la expectativa de su flamante labor como vendedora de seguros por teléfono, y feliz, sobre todo feliz por tener la oportunidad de ganarse el pan en estos tiempos lóbregos de paro y controladores aéreos con muy poca vergüenza.

Pero oh, Olga, querida Olga, ingenua Olga, inocente Olga... ninguna señal del destino te advirtió contra mí; los hados se mostraron miserables y la columna de astrología que leíste en el periódico mientras bebías un café ardiente en ese bar de borrachos trasnochadores te mintió una vez más ("Hoy vas a conocer a alguien chuli, pero para chuli ya estás tú, que eres tan chuli que te crees estas pamplinas zodiacales", o algo así vaticinarían para tu signo). Qué bien empezaste la jornada, querida Olga, con cuánta confianza la desarrollabas, cara Olga... Hasta que el azar, cruel e ignominioso, te llevó a marcar mi número de teléfono. Y entonces se desató la ira de Leónidas Kowalski de Arimatea. (Y da gracias, bisoña Olguita, de haberme pillado sobrio, que si no...)

-¡Buenos días! ¿Es usted el señor de la casa? - La pregunta, además de parecerme sumamente machista, me sonó a grave intromisión en mis relaciones familiares, lo cual no me predispuso a favor de la personita que así se presentaba. Tentado estuve de responderle que en mi casa no hay más señor que mi gato Gusifluky, pero era pronto para tocarle los ovarios a esa chica y opté por darle un poco de carrete.

-Sí, dígame.

-Encantada de saludarlo -hay algunas que se encantan con muy poco-. Me llamo Olga. ¿Le interesaría un seguro de vida? Verá, en XXX tenemos un plan de seguros que...

Olga, la directa Olga, la dicharachera Olga, siguió hablando, pero yo no la escuchaba, dubitativo como estaba entre colgar el teléfono sin ceremonias o aprovechar la ocasión para pasar un rato divertido a su costa. Opté por lo segundo, y así es como Olga (y más tarde Mari Ángeles, pero no adelantemos acontecimientos) perdió parte de su tiempo por mi culpa, por mi culpa, por mi grandísima culpa. Y además me dio razones para escribir algo en esta bitácora, lo que no es poco en estos tiempos de controladores aéreos desvergonzados y de mujeres militares hipersensibles. (Mwajajajajaja... Ains, chiste interno).

-¿Hacen seguros de vida para gatos? -pregunté aparentando el mayor interés.

-¡Claro, claro, hacemos seguros de cualquier clase! -exclamó orgullosa la pequeña Olga, creo que sin acabar de entender mi pregunta.

-¡Cielos, es sorprendente! - respondí yo con auténtica sorpresa.

-Tenemos un seguro -continuó la encantadora Olga- que cubre todos los gastos en caso de que su gato ataque a alguien y haiga que hacer frente a...

-¡Que no, que yo no quiero eso, puñetas!- interrumpí a la iletrada Olga, algo molesto por la gratuita y absurda suposición de que Gusifluky pudiese atacar a alguien. ¿Por quién había tomado esa bruja a mi lindo e inofensivo gatito? ¿Acaso se creía que era un perro cualquiera?- Lo que yo quiero es un seguro de vida del gato, o sea, que si mi gato se muere yo tenga un sustento, porque yo vivo del gato, ¿sabe usted?

Transcurrieron largos segundos de silencio durante los cuales casi podía oír los pensamientos de Olga ("este tío está majareta") e incluso me parecía verla (bizqueando los ojos e intentando alcanzarse la punta de la nariz con la lengua).

-Perdón, es que no lo entiendo -dijo al fin la pájara.

-Pues está bien claro, señorita - añadí didáctico-. Igual que hay hombres, padres de familia con buenos ingresos, que se hacen seguros de vida para que no les falte nada a sus niños y a sus esposas en el caso de que ellos fallezcan, yo quiero que mi gato tenga un seguro para que cuando se muera a mí no me falte de nada.

De nuevo pasaron varios segundos de espeso silencio, pero esta vez no me imaginé a Olga; bastante esfuerzo me suponía aguantarme la ganas de soltar una carcajada. Finalmente volvió a hablar mi querida Olga:

-Tengo que consultarlo con mi jefa. Lo llamo en cuanto sepa algo.

-Oh, por favor, hágalo a la mayor brevedad posible -dije con tono de súplica.

-¿Su nombre, caballero?

-Leónidas.

Luego me fui a la piltra otra vez, dispuesto a echar mano de mi libro y constatando que ya nada sería lo mismo, porque Gusifluky estaba sobre la cómoda lamiéndose el pene, señal inequívoca de que su tiempo de estar ronroneando en la cama había concluido. Tampoco le di mucha importancia, porque lo que yo quería era leer esas cochinadas sobre canibalismo, y a ello me entregué, con mi pijama color corinto, etc... Mientras tanto perfeccioné detalles de mi fábula para el improbable caso de que me volvieran a llamar de XXX. En eso estaba cuando... pitipuí pitipuí pitipuí.

-¿Sí?

-Hola, soy la de XXX, mire, que...

-¡Olga, qué alegría escucharte! Dime, dime. Y tutéame, anda, que ya somos como de la familia.

-Bueno. No hay problema. Verás, es que lo que tú necesitas es un seguro para animal de trabajo, y tenemos nuestros precios para eso que son muy ventajosos y...

-¡NOOO! -proferí furibundamente a matutina hora en la que no es sospechable encontrarse furibundeces ningunas-. Me parece muy despectivo eso de "animal de trabajo". Mi gato no es un jumento, ¿entiendes?

De nuevo el silencio, los ojos bizqueantes, las bocas abiertas y todas esas cosas que expresan sorpresa suprema o idiotez mediana.

-Espera, te paso con mi jefa -dijo Olga, la derrotada Olga, al cabo de un rato.

-Buenos días, don Leónidas. Soy Mari Ángeles.

-Hola, Mari Ángeles. Un placer -dije yo, más que nada porque cualquier otra cosa que hubiera dicho resultaría grosera.

-Me ha contado mi compañera que necesita un seguro para su gato. Pues bien, nosotras tenemos un cliente que tiene caballos, y los tiene asegurados porque...

-¡Mi caso es diferente! -me apresuré a aclarar- Yo dejé mi trabajo para vivir de la obra de mi gato, porque mi gato es artista, él pinta, ¿sabe? Y si él fallece yo me veo en la calle.

Otra vez el silencio espeso como natillas.

-Perdone, es que no lo he entendido- dijo Mari Ángeles.

-Pues que mi gato es artista. Yo le mojo las patas en pintura y luego lo hago andar sobre un lienzo. Todas sus obras pictóricas se llaman Zarpas, por razones obvias. Zarpas 1, Zarpas 2, Zarpas 3, y así sucesivamente.

-Ah, muy bien -decía aquella mala mujer a la que las posibilidades artísticas de Gusifluky le importaban un carajo y cuyo único fin vital era venderme un seguro -. Pues en XXX tenemos un plan de ahorro y seguro de vida que...

Bah, lo cierto es que los vendedores de seguros son muy aburridos. Y yo también.


martes, 14 de diciembre de 2010

El patio de MI casa es PARTICULAR... ¡chocolaaate, moliniiillo!


Efectuadas las correcciones que el autor de esta bitácora ha considerado oportunas, DCC emprende una nueva travesía en la que no se hablará de ciertas situaciones. Palabrita del Niño Jesús.

Y para celebrar este nuevo derrotero nada mejor que una canción infantil, tal como merecen algunos lectores accidentales y determinados chivatos vocacionales:



"...que si tú no me quieres, otra niña me querrá. ¡Chocolaaate, moliniiillo...!" Mwajajaja, me encanta.


miércoles, 1 de diciembre de 2010

Yo es que me indigno, me indigno...


Hoy me han pasado dos cosas curiosas en relación con esta bendita bitácora. De la primera cosita no hablaré por ahora porque estoy a la espera de una conversación con la parte ofendida -¿ofendida por qué?-; de la segunda sí que puedo hablar, y me van a permitir que lo haga desde mi inconmensurable indignación. Oh, amigos lectores, es que estoy tan indignado...

Aquí ya se ha hablado alguna vez de lo importante que es mantener el sentido del humor contra viento y marea, porque la vida, con sus jueguecitos tan tétricos a veces, ya se encarga de meternos cañas astilladas de bambú por salva sea la parte (por el culo, vamos), nos guste más o nos guste menos. Por eso es lamentable que muchas personas pongan el grito en el cielo, se rasguen las vestiduras y se mesen los cabellos por un quítame allá esas pajas, como si no tuvieran verdaderos problemas a los que enfrentarse. Quizá sea falta de comprensión lectora o sea falta de humor, pero manda huevos que haya quien se ofende por mis cuentos (¡y hasta por mis comentarios, como ha ocurrido recientemente en otro lugar!). Pero ahora hablemos de uno de mis cuentos, porque yo, como Umbral, ¡vengo aquí a hablar de mi libro!:

Hace dos años el mundo de las letras se enriquecía con un breve cuento titulado Amalia, la parapléjica que me dio pena. Cuando vomité semejante astracanada no esperaba hacer amigos, como sabrá cualquiera que haya leído el cuentecito de marras. Lo que tampoco podía esperarme entonces -¡por Belcebú que no me lo esperaba!- es que dos años más tarde un foro dedicado a la lesión de médula espinar me pusiera a parir. Lean, lean...

¿Y qué les digo yo ahora a estos seres rodantes? En realidad hay mucho que decir y es difícil hacerlo sin caer en sensiblerías o en la compasión. Podría hablarles de teclados mojados por lágrimas, de puñetazos rabiosos contra paredes, de mi amante con espina bífida, del pánico a estar como ellos, de fantasías suicidas al imaginarme en su situación... Podría hablarles de todo eso y sería verdad, pero también podría hablarles de humor irreverente, del gusto por escribir y de las perversas historias que sin quererlo salen cuando se escribe lleno de rabia, de ira y de injusticia, y también sería verdad cuanto pudiera decir sobre eso. Así que, ¿cómo responder a las duras palabras que han vertido contra este escribidor?

A mí lo que me hubiera gustado es que en lugar de centrarse en ese cruel cuento hubieran visto esto otro: Gracias, picha, y ¡Ey, picha! Permíteme decirte... Quizá entonces no estarían pidiendo mi cabeza en una pica.

Estoy tan indignado por culpa de ese Leónidas no sé qué... Ainsss, qué disgusto tan gordo.